11 d’abr. 2021
Artes de ser maduro
8 d’abr. 2021
Juan Belmonte y la muerte
Mi madre murió cuatro años después de que muriese mi padre. Se apagó. La causa de la muerte de mi madre fue incierta: diríase que fue la suma muy grande de muchos factores pequeños. No digo que mi madre desease morir, pero era evidente que había perdido el interés por vivir. Tal como yo lo veo, mi madre, simplemente, dejó de desear vivir. Hasta que la vida la dejó a ella, una tarde domingo, en un invierno de hace...
Mi madre aborrecía los toros, y se molestaría conmigo si le contase que, hace poco, la comparé al matador de toros sevillano Juan Belmonte. Belmonte quiso morir en la arena y, cuando se dio cuenta de que eso ya no sería posible, llamó a la muerte por otros caminos y se citó con ella en otra plaza. La historia dice que Juan Belmonte se suicidó, y la historia va bastante acertada: Juan se descerrajó un tiro en la cabeza un 8 de abril del año...
En España se habla de eutanasia y algunos se ponen malos cuando sale el tema. La muerte no es tema fácil ni plato de buen gusto, claro. Es curioso que se crispen tanto ante la eutanasia, derecho que no obliga a nadie a morir ni permite el asesinato. Y es curioso que, entre los que más se crispan con la eutanasia, estén los que desearían reincorporar la pena de muerte en el código penal. ¿La muerte de los demás es cosa pública?. Por cierto: a Juan Belmonte le permitieron ser enterrado en un cementerio católico, algo que muchas veces se niega a los suicidas.
Por todo eso comparo a mi madre con Juan Belmonte. Mi madre pasó los últimos diez años de su vida cuidando al gran dependiente en que se convirtió su marido (mi padre), mayor que ella, víctima de una enfermedad lenta pero inexorable, terrible. Mi madre lidió en esa arena sin espectadores ni aplausos y, cuando la función terminó, no supo qué más podía hacer con su vida. Las luces se habían apagado, la banda de músicos se había ido a otra parte. Tras la misa de difuntos solo había la nada.
Fue en vano contarle, con sonrisa boba y confianza inútil, que la vida le ofrecería otros placeres a partir de la viudez recién inaugurada, otros estímulos, que la vida le depararía sorpresas bellas e inesperadas. Mi madre no se creía nada. Mi madre no era el diablo, simplemente era vieja. Y sabía que tras la función no hay nada. Salvo el silencio de la alcoba solitaria, la radio repitiendo sandeces, el calendario de la cocina con quince citas mensuales para acudir a ambulatorios, a hospitales y a especialistas de la artrosis, más la mañanita en La Caixa para ver como hacemos la declaración de la renta o donde ponemos sus ahorrillos, ya lo sabes, ahora hay grandes oportunidades para invertir tus veinte mil euritos en los mercados emergentes.
Cuando tuve que vaciar el piso de mi madre encontré sus últimos cuadernos. Ella, que antaño había escrito largas frases sobre pintura, libros y recuerdos antiguos, se limitó a anotar la hora y el minuto en que salía el sol, la hora y el minuto en que el sol se ocultaba en sus últimas semanas. La última anotación solo reporta el alba. Con una letra temblorosa, aunque quizás es temblorosa solo porqué le importaba un pimiento incluso eso, lo más pequeño y a la vez lo más grande.
7 d’abr. 2021
Una de muertitas en Semana Santa
3 d’abr. 2021
La vulgaridad en Cataluña
Sostenía, el discurso nacionalista catalán clásico, algo sobre la superioridad moral de los catalanes. Cuando yo era chico, me contaban que los catalanes éramos lo más parecido a los europeos del norte: los más limpios, educados y cultos al sur de los Pirineos. Durante la etapa pujolista ese discurso se hizo institucional y hegemónico, como el tumor que se instala en el organismo que lo acoge y no despierta a los anticuerpos. Sin evidencia científica alguna, la superioridad de los catalanes se presentaba como una obviedad. A nadie le molestó esa idea: a nadie le molesta que le tilden de superior y cualquier mentira es eficaz en tanto y cuanto dé satisfacción al que la escucha.
Es más: en mi primera visita a Madrid, siendo yo muy joven, intenté ver suciedad e incultura en la ciudad de la Meseta a pesar de que, empíricamente, la veía mucho más limpia y educada que Barcelona. Me dije a mi mismo que había visto un Madrid parcial o quizás sesgado, que quizás no había estado en los lugares oportunos, aquéllos que me iban a desvelar la ciudad miserable que me habían vaticinado. Tardé décadas en aceptar lo evidente: Madrid es más cosmopolita, culta y limpia que Barcelona. Y no pasa nada. También París es más interesante que Lyon o Marsella, Londres mejor que Manchester o Liverpool, Berlín que Hamburgo. (Quizás Lisboa no sea mejor que Porto, pero eso es otro asunto).
Una amiga me contó, cuando yo era un jovenzuelo imberbe, pazguato y atónito, que su hermano había hecho la mili en la división Brunete y que allí había descubierto la cocina mesetaria, que me describió como una cocina de platos densos, áridos, adustos e indigeribles. Me dijo ella: su mentalidad es como su cocina. No es como la nuestra, que es abierta y ligera. La verdad es esa: yo me creí aquella definición y sus consecuencias.
Muchos años más tarde llegaron los magrebíes, los africanos subsaharianos, los americanos latinos, los asiáticos. El discurso de la superioridad catalana se desbordó por todas partes. Y el servicio militar obligatorio se terminó. España adquirió otro aspecto, la democracia y la Constitución se afianzaron, ingresamos en Europa y en la Otan, el estado de las autonomías avanzó a grandes zancadas y los españoles nos convertimos en el país más descentralizado de Europa, en el país en donde las autonomías disponen de mayor autogobierno. Uno como yo, que trabaja en educación, sabe de lo que habla.
Tras mucho autogobierno y mucha autonomía, la impresión general es que Cataluña ha optado por la vulgaridad y, lo que es peor, por un nacionalismo excluyente con tintes supremacistas (absurdos a todas luces) y por un tono agresivo que la equipara a las peores opciones de la Europa xenófoba, antifeminista y clasista. Cataluña ha optado por la vulgaridad protofascista, una vez caída hacia la parte del populismo nacionalista más soez. Esa no es es la Cataluña que quiere la mayoría.
Cataluña es de todos, para todos. No hay otra opción. Y la mayoría desea una Cataluña que priorice la educación inclusiva, la sanidad universal, la equidad y la igualdad de oportunidades y de resultados, la justicia. El nacionalismo ya no sirve para nada. La mayoría de los catalanes hemos optado por una Cataluña plural, abierta y empática. Todo lo demás es vulgaridad tribal, y nadie en Cataluña quiere ser equiparado a los más oscuros reductos de la Europa feudalista que se extingue entre estertores melancólicos. Queremos dejar de ser vulgares y queremos ser abiertos, multilingües, pluriculturales, cosmopolitas. Debemos decirles a nuestros representantes políticos que preferimos ser como Nueva York y no queremos ser como Amer.
1 d’abr. 2021
La república intermitente
Deberían incluir, propongo, en los programas de estudio así como en los de la televisión, algo que se titulase "valores republicanos", o cualquier cosa por el estilo. La Ilustración de Diderot y sus colegas, así, con mayúscula en la I, se dedicó a ello y no les fue nada mal. Aquellos valores de hace algo más de doscientos años, son los que nos orientan y, con más o menos intensidad o fortuna, rigen nuestro país, nuestras leyes y nuestra jurisprudencia. Casi todo lo que somos y lo que tenemos quienes no disponemos de hacienda o de apellido ilustre, valga la ironía, emana de esos valores paridos en la Francia del XVIII pero amamantados en medio mundo.
Deberían explicar que el republicanismo no consiste en cortarle la cabeza a un rey, del mismo modo que quienes creemos que la Tierra es esférica no proponemos, como argumento ni como estrategia, la decapitación de los terraplanistas. La palabra república está aquejada del mismo mal que lo está la palabra democracia y, en cierto sentido, las palabras fascismo o comunismo.
Demasiadas conversaciones terminan con la reductio at fascium, cuya expresión anterior era la reductio ad hitlerum. Si no estás a favor de los míos eres un facha, y discusión zanjada. Lo he visto (lo he vivido) demasiadas veces. Es un recurso infantil y torpe, pero muy eficaz: en cuanto me llaman facha se que la charla ha terminado, que no puede haber más diálogo y que será mucho más productivo que me ponga a regar las plantas de mi balcón.
Otra palabra severamente enferma es libertad, que cayó en manos de los liberales por razones obvias y semánticas, pero es un tema más complejo y hoy no tengo el cuerpo para eso.
En Cataluña llevamos muchos años metidos en un laberinto, quizás sin salida, cuyos muros son el palabrerío vaciado de sentido, y en ese vericueto imposible andamos cada día un poco más perdidos, más extraviados, más perplejos. Y quizás más tristes, más apesadumbrados. Quienes creemos en los valores republicanos debemos ver como unos que reivindican una república reniegan de todos los valores republicanos para imponernos la dictadura de la masa, generalmente enfurecida. La masa, el pueblo, el pueblo verdadero. ¡Claro! La palabra verdad no podía faltar en la lista de las palabras malitas. Aunque hay que ser honestos: verdad lleva muchísimos años enferma. Y, por lo visto, las palabras enfermas se han agrupado y las han confinado, bajo llave, y la llave se la tragó el dueño del sanatorio.
Hay, en Cataluña, una república intermitente que viene y va por los meandros de los discursos, las declaraciones solemnes, los atletas de la democracia, los héroes/víctimas de las esencias. A veces aparece la democracia, a veces se va: es imposible discernir qué hay de democrático en el Consell de la República que se ha pergeñado un señor en Waterloo, imposible encontrar indicios de republicanismo en sus textos repletos de épica, de drama, de comedia y de mala uva. Y de una visión, medio eufórica medio naif, sobre el mundo en el que vivimos. No encuentro rastro de aquella mirada, quizás también demasiado optimista, que creó una cultura europea, una democracia europea medio imperfecta pero que, al fin y al cabo, es el mejor de los mundos dentro del mundo. Me refiero al mundo real: el de los sueños me encanta, pero uno debe acordarse del principio de realidad, tan grave y tan pesado como la gravedad que tanto nos pesa. Al igual que la gravedad, que nos mantiene unidos a la tierra, la realidad nos mantiene unidos entre nosotros en la necesidad, única e imperiosa, de comprender que el planeta es para todos y que solo el diálogo, el pacto y el acuerdo entre los distintos es el único valor a tener en cuenta. Y es un valor republicano.
[Ahora, si lo desean, llámenme facha o botifler por haber escrito en favor del diálogo. Las plantitas de mi balcón necesitan un poco de agua, eso traslúcido y bueno que nos mantiene con vida].



