Hoy he entregado las memorias del abuelo Miquel al Archivo de Poblet porqué parece el sitio más apropiado. Desde luego, mucho más que mi estantería de Meccano. El edificio, al lado del monasterio, es sobrio y majestuoso, y dispone de la clara austeridad que el buen sentido y estos tiempos recomiendan. Aquí dentro se guardan decenas, quizás centenares de otros documentos, cartas y fotografías en donde está el abuelo Miquel Albert. Y además lo frecuentan estudiosos e historiadores, alguno de los cuales ya ha hablado de él. El abuelo es de la historia.
Si eso fuese una novela policíaca y yo el comisario que ha resuelto la intriga, diría ¡caso cerrado!, y me iría satisfecho de vuelta a casa. Descorcharía una botella de buen blanco y me comería una paella como Dios manda, arrullado por la calidez del deber cumplido.
Pero no es así. Siento algo raro todavía, una opresión en el estómago. El abuelo Miquel murió en el exilio en 1941 y lo sepultaron bajo la tierra francesa y húmeda de Montpéllier. En 2010 lo que quedaba de su cuerpo se exhumó y fue enterrado de nuevo en el cementerio barcelonés de Les Corts junto a su esposa. Hoy siento algo así como si le hubiese enterrado por tercera vez.
Aunque eso no es del todo cierto. El gesto de llevar sus memorias al Archivo tiene la intención de devolverle algo de la dignidad que le negaron. Eso debería ser el fin -por ahora- del drama personal y familiar, dentro de la tragedia colectiva de España, dentro de la atroz comedia humana.
Y sin embargo no. Siento algo raro todavía. Porqué eso sigue siendo, setenta años después de su primer entierro, la macabra estepa polvorienta por donde cabalga el Quijote. Tragicómica, con gigantes espectrales como molinos, sacristías y señoritos.
-No quiero caer en la trampa, y no me atrevo a decir que todos los políticos son iguales. Aunque sí son parecidos. Sin embargo, antaño fueron diferentes. Miquel Albert defendió sus ideas hasta perder la guerra y la vida. Por las ideas tomó el camino de la lucha, el exilio y la muerte. (A uno le llevaría un forzudo trabajo de imaginación pensar que eso mismo lo harían nuestros políticos, los de hoy).
Esa idea de los dos (o tres) entierros tiene algo de escena mejicana en un relato de Juan Rulfo o de Carlos Fuentes. Tiene gracia que se me ocurra pensar en México.
Porqué:
En 1940, Josep Tarradellas le propuso a Miquel Albert marcharse juntos a México, pero él rechazó la idea. Tenía la mujer y los tres hijos en España, tras la frontera cerrada con espinos y fusiles. Por eso dijo:
-No, yo me quedo aquí.


