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17 de juny 2012

Señoritos de mierda



¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?
Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.
Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa 

"Manolo levanta la persiana y los párpados al mismo tiempo, y se sonríe para sí, pensando en como crujen y rechinan y gimen esos párpados por la mañana, hay que ver, qué barbaridad. Debería llevar una vida más ordenada, más saludable. Pasados los cincuenta, uno debería hacer algo. Escucha el ruido atroz de una motocicleta ascendiendo por la calle, debajo del balcón entreabierto por donde entra, también, el vago olor de los jazmines. La calle empinada y torcida sigue ahí, piensa, eso es bueno saberlo...
El hombrecito detiene el rasgar de la plumilla sobre el papel, le pone el capuchón y cierra con un golpe brusco la libreta, como si quisiera castigar a los papeles por alguna culpa imprecisa pero grave, aunque sea del que escribe y no del lugar en que lo hace. En verdad, piensa, ponerse a imaginar como es la vida del Pijoaparte a los cincuenta y tres (la edad que le ha elegido para el imposible relato) es una auténtica gilipollez. No sólo porqué el personaje se lo encontró en un libro ajeno -no es ni tan sólo equiparable a un hijo adoptivo-, sinó porqué la narración de su vida está completa en aquél libro, publicado en el lejano 1966. El hombrecito tenía dos añitos en el 66, y probar a escribir la continuación, ahora se da cuenta, es de una arrogancia insoportable.


El hombrecito se pregunta porqué empezó con esto: porqué escribió la cita del libro, porqué la copió con letra tan redonda y casta, tan pretendidamente bella. Lo hizo con esmero, como quién pretende componer un hermoso cuadro de flores pulcras metidas en un jarrón vagamente oriental. Cree que, desde que le enseñaron caligrafía siendo un mocoso, jamás había vuelto a practicar ese esfuerzo. Como para agradar a alguien y recibir una recompensa. Los niños pobres siempre esperan con ansia -por más años que cumplan-, recibir un pellizco del premio que tan ancho y ostentoso les ha sido regalado a los niños ricos aunque sean lerdos, babosos, llorones o repelentes.

Siendo niño, el hombrecito adquirió una digna destreza caligráfica que todavía conserva y ahora observa fascinado. Aunque hace ya algún tiempo que sabe lo otro: que también adquirió un sordo resentimiento del cual jamás se ha despojado. Y no sabe si le llegará la redención. Es el viejo resentimiento de clase baja, unido a una sensación de desclasado, de apátrida en todas las patrias visitadas hasta hoy.

El hombre que escribió el texto de arriba le ayudó un poco. Sus libros actuaron como un vendaje o un analgésico contra el dolor antiguo: el alma de aquél escritor tenía algo de la suya -pensaba. pero eso no lo sabía, es tan sólo una suposición: uno siempre busca a los suyos.

El hombrecito piensa que con Juan Marsé podría hermanarle la zona oscura, donde anida la mala leche y el miedo a no encajar bien, el asco, todas esas cosas. El hombrecito se mira en el espejo y encuentra un brillo sutil en la mirada que identifica al perro apaleado pero tenazmente amaestrado y que sin embargo muerde de vez en cuando. Aunque también el aliento gozoso de la rebeldía y el impulso de nombrar el nombre del cerdo, para nombrárselo en su cara bonita de niño guapo por rico, que no guapo por naturaleza.

A lo mejor estaría bien preguntarle algún día por todo eso al creador del Cardenal y la Jeringa. Por lo menos -pensó mientras leía las aventuras del Pijoaparte o de Rosita, la chiquilla de Ronda del Guinardó- algo me reconcilia con mis compadres y encuentro -¡por fin!- a un autor que no es un señorito mimado y malcriado. Porqué alguna vez, años atrás, el hombrecito pensó que la providencia le había dejado caer en un país lamentable y mezquino, sólo poblado (superpoblado) por cretinos ricos, lustrosos y cultivados, con abono en el Liceo y dignísimos bienhechores de Cáritas diocesana, o muy discretamente simpatizantes de Esquerra Republicana de Cataluña. Todas los prohombres de ese país le parecían eso mismo: señoritos y señoritas de mierda.



Carles Riba, Joan Maragall, Josep Carner, Salvador Espriu, Baltasar Porcel, Isabel-Clara Simó, Maria de la Pau Janer, Salvador Sostres, Joan Margarit, Antoni Vives, Lluís Llach y un largo etcétera que abarcaba celebridades o simples lacayos de la oligarquía, aunque todos laureados pero al fin y al cabo todos señoritos de mierda (*). Cuando escarbas un poco siempre llegas al mismo lugar: el gran poeta es un hijo de papá a quien todo le fue fácil y regalado. Le llevó un tiempo encontrar a Joan Sales, a Joan Brossa, Maria-Mercè Marçal, a José María Fonollosa, a Jesús Moncada, Vicent Andrés Estellés o Miquel Bauçà. Y al autor de las aventuras de Rosita en el Guinardó.

(El herido no encuentra jamás el láudano justo a la vuelta de la esquina. Hay que salir a buscarlo y suele estar lejos. Te puede llevar media vida si tienes mucha suerte).

Bueno, hay que joderse, se dice a veces el hombrecito cuando siente los tambores tocando a rendición incondicional ante el avance vigoroso del ejército robusto de la Realidad, camuflado de incuestionable bosque como en el final de Macbeth. Eso es lo que te han dado -se dice-, y deberías dar gracias por estar vivo, aunque herido. Mejor herido que muerto, o que no haber nacido. Aunque a veces piense que, en Cataluña, si no has nacido en una casa burguesa más te valdría no haber nacido. Pero tampoco hay que negarlo: a los demás se nos ofrece una cierta imagen de la dignidad que no es completamente inalcanzable.

Y entonces el hombrecito se sienta, abre de nuevo su libretita azul, le quita el capuchón a la pluma. Si vence al resentimiento o por lo menos lo domestica un poco, incluso podría llegar a escribir de verdad.


_______________________
Con este texto se cierra (provisionalmente, claro), la breve serie dedicada al escritor de Barcelona.

(*) La lista de los señoritos de mierda en mi país es tan enorme, tan descomunal, que uno se siente pequeño y minoritario, decididamente excluído. Quizás Cataluña sea un jardín de señoritos, y yo su jardinero, junto a otros desposeídos en general. Mientras elaboraba el texto me hice una lista, cansina y fatigosa como todas las listas. Intenté limitarme a los señoritos de la cultura impresa, pero se me desbordaba hacia otros ámbitos: el político, el científico, el periodístico, el funcionarial, el artístico, el musical. Incluso el de algunos autores de blogs. No invito a nadie a escribir listas feas. Sólo a que lo piense.


14 de juny 2012

Aparición de la Virgen, Monte Carmelo, 1983

[Me siento cansado de escuchar sólo, una y otra vez, la misma miseria: gente contando dinero. El dinero que le falta, el dinero que le restan, el dinero que debería tener y no tiene. Mi sueldo, mis ahorros, mis inversiones, mis ahorros, mis deberes hechos, mi prima de riesgo, mis inversiones preferentes, mis pensiones, mis dineritos de mierda. Alguien -muy oscuro pero también muy adentro de mi- quiere que mi vida dé vueltas sobre esa estupidez sublime. No. No -me digo-, no más. Me doy la vuelta. Y entonces agarro mi libreta de papel rayado y mi pluma barata, una pobre inoxcrom de supermercado. Me siento feliz leyendo y escribiendo. Y hago lo que pocas veces hago: retomar un texto de hace unos días, ponerle el número 2 atrás y enfrentarme a redactar eso, el capítulo 2. Hoy es 12 de junio, me digo, sobresaltado: tal día como hoy, la virgen se le apareció a un chaval de diecisiete años en la cima del Monte Carmelo.]




El Cristo del Monte Carmelo, capítulo 2






7 de mayo de 1978

La mañana nació enturbiada por unas nubes delgadas de amarillo cardo y abajo en la calle Mülberg por el humo del motor asmático y diésel del autobús, que había dejado una estela hedionda y parda como una mancha de café en el aire.

(Cuando la mancha se disuelve un poco se ven al fondo los tres chiquillos).

Los tres chiquillos que ascendían escuálidos y silenciosos, en disciplinada fila índia, tal como finalmente habían aprendido a ir gracias a las vejaciones, pellizcos y capones del señor Masllorenç. Posiblemente -pensaba uno de esos tres chiquillos, Miquel Ángel, el primero de la fila- no todos los catalanes sean unos hijos de la gran puta. Pero los cuatro catalanes que habían llegado hasta su vida eran un verdadero incordio y sugerían que la raza catalana podría muy bien ser una mala raza. Gente mala y rara, como unos niñatos encanecidos, pero niños abusones, engreídos, habitantes de casas lejanas y suculentas.

Cerca de la esquina, y enfrente de la oficina de La Caixa, distinguieron los colores del coche de la guardia urbana. El instinto era natural, y la respuesta aprendida de las pelis de la tele, de las pelis de indios: se agacharon al unísono, todavía ordenados. Pegaron el culo al suelo y la espalda contra las puertas de un coche viejo, pero deportivo y rojo. El metal guardaba el fresco de la noche y resultaba agradable en el piel sudada y nerviosa. Miguel Ángel le dio a su compañero con el codo en las costillas.
-Sácalo, Juli, vamos.

El niño Juli hurgó en el bolsillo trasero del pantalón baldío y acartonado. Le tendió la bolsita del súper anudada como un moño de niña pija. Miguel Ángel la desenroscó con prisa y sumergió en ella el rostro. Unos segundos más tarde sacó fuera los ojos, irritados y lacrimosos. El olor agudo del disolvente ascendió y se extendió por su cuerpecito. Relajó los tejidos y los nervios, se mezcló con la saliva de la lengua, obró cambios en sus mucosas y alargó los huesos. Subió deprisa hacia su cabeza, llenándola como si fuese una campana vacía ansiosa por renellarse.



Miguel Ángel dirigió los ojos espesos al cielo. A su manera de niño de doce años, comprendió que en el interior de la bolsita arrugada, manoseada, respirada cien veces había un trocito del buen Dios. Pensó eso para sí mismo, pero no dijo ni una palabra porqué era demasiado feliz para buscar las palabras que sirven para contar eso. Se lo guardó para sí mismo durante exactamente cinco años. Hasta el día doce de junio de mil novecientos ochenta y tres, cuando, bajando del mismo Monte Carmelo, le contó a todo el mundo que allá arriba se le había aparecido la Virgen.

*          *         *


12 de junio de 1983

El detective Juan Ramon Cifuentes no fue nunca detective, sólo obrero de la fábrica de sanitarios Roca. Durante cuarenta y seis años de la vida se había trasladado cada día desde la calle Mülberg hasta Gavà, donde estaba la factoría de Can Roca, tal como la llamaba con cierta sorna. Cuando se jubiló empezó a hacerse llamar detective Cifuentes, posiblemente porqué ejercía esporádicamente de confidente policial con las cosas de los camellos del barrio.

Cuando supo que al chaval Poblete (recién cumplidos los diecisiete) se le había aparecido la Virgen allí mismo, decidió levantarse del sofá. Porqué lo sabía: sabía que algún día iba a suceder algo importante y maravilloso en esas calles sucias y tristes, i que él iba a estar allí. Porqué aunque fuesen menos sucias y menos tristes que antaño todavía guardaban bien la vieja tristeza y la suciedad abismal. El eco del relámpago negro permanecía petrificado en su memoria.

El detective Cifuentes se levantó dispuesto a hacer algo. Sabía que en esa película él tenía un papel, que allí dentro había algo escrito a su nombre. Dudaba entre ofrecerse al chaval Poblete como su primer adepto, el apóstol número uno o bien destinarse a desenmascarar al farsante. Puso una cafetera en el fogón y relegó la decisión mientras el agua no empujase hacia arriba el líquido negro. En algún momento intuyó la decisión, como entre la niebla: era rocambolesco e imposible, aventurero, sublime. Decidió ser las dos cosas a la vez, ya veremos cómo.

Se le pasó por la cabeza el nombre de aquél Judas antiguo y olvidado: los detalles de la vida de Jesucristo no los había retenido nunca, siempre le habían parecido una complicada superchería para beatas idiotas y frígidas, para las señoras enfermizas de allá abajo, de la ciudad de los señoritos y los restaurantes. El detective Cifuentes había retenido lo fundamental: la imagen de una madre virgen y amorosa junto al cuerpo casi desnudo de un mesías vencido, azorado y sudoroso, tendido lánguidamente en su regazo, abandonado a la sensualidad.

Posiblemente el detective había intuido algo de Jesucristo en el cuerpo del chaval Poblete, un tiempo atrás. Aunque descreído, el detective sabía como todos saben que algo hay en la historia del Jesús, aunque sólo sea algo pequeño, oculto, mínimo.
-Qué dulce cuerpo tienes, Miguelito, tan blanco y delgadito como un Cristo, dime ¿quién va a cuidar de ti? -le había dicho.

8 de juny 2012

El Cristo del Monte Carmelo

a Juan Marsé



Alguien va a contar mi vida

El Cristo del Monte Carmelo se sentó en el portal de un caserón con pretensiones modernistas. Las florituras y líneas curvas del edificio eran mareantes, de ensoñamiento turbio, y quizás el adjetivo modernista le venía grande a un chalecito del Monte Carmelo, pero a fin de cuentas la mayor parte de las obras modernistas no son más que eso, sólo que engrandecido por funcionarios aduladores a sueldo de guías turísticos. Miró sin interés alguno la ciudad que aparecía bajo sus pies. La silueta ridícula de la torre Agbar con esas lucecitas marianas, como el mantito de una virgen de Lurdes fabricada en Corea para ser vendida en los bazares españoles a un euro (con pilas, dos). Las hipodérmicas agujas de la Sagrada Familia, el colmillo de tiburón del hotel Vela, la bruma de marrón mierda que cubre el horizonte, impasible.

Apoyó la espalda contra la madera vieja, donde la podredumbre había añadido más modernismo catalán a los relieves de un artesano casi seguro que muerto, merecidamente, muchos años atrás. La casa estaba abandonada, de eso sí estaba seguro. Olía a gato carcomido y a agua cenagal, a cucaracha católica, a chusco de pan enmohecido. Bueno, es el olor de Barcelona, se dijo, quizás sólo es que se me ha abierto la segunda nariz igual como a algunos se les abre el tercer ojo.

Pero pasaba algo más malo que eso, algo iba mal de veras.

Sentía un dolor pétreo en el bazo, la vista no se le aclaraba y tenía la cabeza comprimida por algo impreciso pero asfixiante, como un bochorno de agua turbia con bolsas de plástico flotando en torbellino espiral. A lo mejor se había pasado con el trago, y las cuatro botellas de vino rojo se mostraban descaradamente infranqueables para una sola tarde de verano. Cuatro botellas rojas, murmuró para adentro, como la banderita oval que lucía el señor archiobispo en la solapa cuando le regañaba, tiempo atrás. Me la impuso el President -dijo entonces el monseñor, para responder a la mirada circunspecta del Cristo del Monte Carmelo.

Se levantó cuando sintió que algo andaba realmente del revés y que aquéllo llevaba muy mala pinta. En ese paisaje desconocido del dolor visceral aullaba un bebé terrorífico. La respiración inició un jadeo de perro asmático que no fue capaz de detener con la voluntad. Pronto llegó a la conclusión de que la vida quería abandonarle, y en un intento desesperado quiso abandonarla él primero, por orgullo y por despecho. Pero cuando se acercaba al borde del terraplén que tenía a veinte pasos -para saltar cuánto antes al párking de quince metros más abajo en línea vertical, encima de un cochambroso Seat Supermirafiori agitanado-, las piernas se le doblaron y quedó tendido en la calle. Lo último que escuchó con nitidez fué el frenazo del Bús del Barrio, el 119.

Quizás no sea completamente la muerte, acertó a pensar todavía, tendido bajo los faros. Recordó fugazmente su antiguo diagnóstico de catalepsia, aunque no podía precisar si eso de la catalepsia era otro más de sus inventos y fantasías para ganar audiencia o si era exacto, real, dictado por algún matasanos de verdad. Por suerte, se dijo, había explicado a sus discípulos que si un mal día lo encontraban con apariencia de muerto no dieran crédito a sus ojos y le pincharan con algo. Quizás no esté completamente muerto, les había explicado en una prédica, quizás sólo lo parezca: ya sabéis que tanto el Señor de los Cielos como el Señor de las Moscas disfrutan de lo lindo jugando a las apariencias, los espejos y los enigmas. Si me veis como muerto (y levantó el tono de voz y la ceja derecha al pronunciar la palabra como), comprobadlo por medios infalibles. No os olvidéis del método científico en ese lance, puesto que si ese método existe es porqué Nuestro Señor Jesucristo quiere que exista, como las flores o los dolores del parto.

Sin embargo, el Cristo del Monte Carmelo murió de verdad y definitivamente esa noche, la noche del veintisiete de septiembre de dos mil ocho. Una discípula le cortó con un cutter de la papelería Las Delicias en las venas de la muñeca izquierda y comprobó que la sangre se caía, pero no manaba a borbotones. Era el indudable goteo del líquido estanco, como el de los pollos sacrificados a la navidad.

Murió a escasos cien metros del sitio en donde veinte años atrás se le apareció la Virgen. Donde la Madre de Dios le había cegado con luz azulada para ordenarle formar una congregación de penitentes, levantar un templo y dedicarle su vida en cuerpo y alma. Cosa que el Cristo del Monte Carmelo hizo sin remilgos ni reparos durante años hasta que un buen día se hartó de la Virgen sin avisar, se lanzó a la embriaguez y se cambió de sexo para encarnarse en Karole Romanoff, linda y virgen, descendiente del zar de todas las rusias.

Algo inclina al observador a pensar en que, sin embargo, Miguel Ángel Poblete (que era su nombre de bautizo) nunca debió de aborrecer por completo a la virgen que se le apareció en 1980. Porqué cuando se presentó de nuevo en sociedad bajo apariencia femenina y rusa, dijo que no era obra de bisturíes ni de hormonas, sino el simple deseo divino, el aliento de la madre del Dios, la solemne y caprichosa voluntad de Nuestro Señor.

Alguien va a contar mi vida, había dicho muchos años atrás, en una noche de euforia con vino y mujeres, cola de esnifar, estrellas fugaces y guitarras. Y acto seguido, un jilipollas medio oculto por las sombras de la taberna y soñoliento, disipado en brumas -aunque yo le vi muy bien-, se burló de él con grosería, con arrogancia y con imbecilidad. Y el Cristo del Monte Carmelo le lanzó una maldición. Vete tu a saber si con la borrachera no fuese que lanzó el mal de ojo con puntería muy torpe, porqué el imbécil sigue vivo y jodiendo, y arreándole a su mujer cuando llega morao a la casa. Pero el Cristo y Karole están muertos. Y yo estoy contando su vida.

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La literatura está ahí. Sólo tienes que agacharte a recogerla.


5 de juny 2012

Juan Marsé en el merendero de Les Planes


Domingo, la una y pico del mediodía. El aire se calienta bajo los nubarrones, entre las nubes y el suelo cansado y polvoriento. Juan Marsé llega al calor sofocante el merendero metido en el maletero de un coche y luego lo deposito con más o menos cuidado encima de una mesa de hormigón, pintada de verde césped. A escasos metros, las barbacoas arden. Churrasco, costillas, matambre, llonganissa, pollo, conejo, pinchos morunos: la carne se cuece deprisa, en pequeños infiernos de alquiler por horas y llena el aire de olor acre, de humo blanco que se pega a la ropa y al pelo.

Hay griterío, botellas de champán barato que estallan, latas de cerveza del Lidl rodando por el suelo. Mocosos que celebran su tercer cumpleaños vestidos con camisetas de futboleros de hace cuatro años. Aquí, un poco más abajo, suena el cd de un Volkswagen Golf con las puertas abiertas, que se confunde con el rumor de la radio en el chiringuito de los helados. El encargado se afana en recoger parrillas, pasarles un cepillo de púas metálicas y alquilarlo de nuevo: parrilla más leña más alquiler de la mesa son quince euros y la tarde es tuya, de arriba a abajo. Creo que aún no lo había dicho: Juan Marsé y yo estamos en el merendero de Les Planes.


Contemplo a Juan Marsé tumbado encima de la mesa, justo al lado de la botella de vino. Las imágenes a veces se mezclan en el sopor, la luz excesiva de junio, el rumor de las cigarras. Mi madre nos traía, a mi hermano y a mi, de pequeños. Creo que era por las tardes, seguramente los sábados o cualquier día de la semana, si era verano. Me pregunto por dónde andaría mi padre. ¿Trabajando? Me sucede a menudo: tengo muchos recuerdos en que estamos los tres, y él no está. La verdad es que en el recuerdo no consta que le echara de menos. Ni yo ni mi hermano, aunque no sé qué pensaría ella. Bueno, todo eso ya pasó.


Sentado en Les Planes me doy cuenta de que ese hombre me explica muy bien qué demonios es Barcelona, y que sin él la imagen sería incompleta. Me refiero a sus libros, claro está. Y lo que me gusta, sobretodo, es esa mala leche literaturizada que desprende. La mirada sobre la ciudad desde la altura del Monte Carmelo en Últimas tardes con Teresa es oscura, desarraigada. La ciudad está cerca pero lejos. Los señoritos se fueron de sus casitas con jardín en cuánto vieron acercarse las oleadas de barracas que estropeaban sus tardes de veraneo.

Me divierto enormemente con esa novela, y con sus rincones discretamente ocultos. La descripción de Oriol Serrat, el padre de Teresa es apabullante:
guardaba todavía restos de una belleza viril que estuvo de moda en los años treinta, una especie de versión catalana y débil de Warner Baxter. Un aire incierto de alférez provisional flotaba a veces en su rostro y le incluía por méritos estrictamente estéticos en este benemérito montón de pulcros y anónimos maduros, todos iguales, que se diría han querido eternizar su juvenil adhesión a la victoria con el fino, coqueto, bien cuidado y curiosamente recortado bigote ibérico.
-Juan, Juan... -le murmuro- A ti no te odian los catalanitos por escribir en castellano. No te tragan porqué les pusiste un espejo ante su cara y les dijiste lo que son: señoritos ridículos y encima eso: adheridos a la victoria de su caudillo.

Juan no responde. Un hilo de aire, cargado de olores cárnicos y de fuego, le levanta la portada y pasa una páginas dulcemente.
Cuando ya subían por la carretera del Carmelo, Teresa miró la mano vendada del chico y volvió a preguntar:
-¿Te duele?
Estas vez, el Pijoaparte no pudo contenerse:
-Sí, ahora empieza.
Me acuerdo de una frase de Juan en un texto en donde se describe a sí mismo. También como si no pudiera contenerse muestra un rastro de dolor antiguo.
Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón y en la memoria.
Ahora, a lo mejor, me pondría a divagar sobre el dolor y las letras, sobre si es posible escribir sin haber sufrido y todas esas cosas. Me tumbo en la banqueta de piedra del merendero y miro las nubes grises que desfilan atropelladas y refulgentes, cargadas de agua turbia y electricidad. Me gustaría no haber nacido en Cataluña, me viene a la mente.


Me siento bien aquí, sintiendo esa tristeza enorme y también esa feliz levedad. Sin hacer nada, malgastando todo ese enjambre de vísceras y neuronas, sinapsis, azares, casualidades, errores y aciertos de pura churra que me han traído hasta aquí. Pienso en los miles de millones años de evolución de la vida en la tierra, de evolución de la especie humana. Todo para llegar a un tipo tumbado en un merendero, contemplando el paso de las nubes. Creo que quién fuese nos puso aquí sólo para contarlo. De modo que, a fin de cuentas, quizás soy el hombre más feliz y más completo del planeta: yacente y con un libro al lado. 

1 de juny 2012

Leonel Messi, de obrero en paro a mito anarquista

dedicado a Manolo Vázquez, Jaume Perich y Juan Marsé por su época de redactores de la revista Por Favor

Leonel Messi, fotografiado en el bar Delicias (Hospitalet de Llobregat). Se infiere su futuro carácter anarquista del acto de fumar en fecha posterior a la prohibición de hacerlo en lugares públicos.

Leonel Messi llegó al mundo en Hospitalet de Llobregat a mediados de los años sesenta. El azar -o acaso la videncia paranormal de su madre- quisieron que, cuándo ya contaba cuarenta años, apareciese un futbolero con su mismo nombre y apellido, y eso terminó por cambiar su vida. Obrero metalúrgico en paro desde las reformas laborales de un gobernante perdido en las brumas del olvido, Messi sólo era capaz de dar tumbos por el barrio de Bellvitge. De tasca en tasca y de botellín en botellín, vaciaba su vida hastiada por esas calles fatigadas en donde Manolo Vázquez Montalbán situó Los Mares del Sur.

Messi no era hombre de libros, pero conocía lo de Montalbán por una casualidad: el dueño del Bar Delicias (Rambla de la Marina con Avenida de América) se llamaba precisamente Manolo Vázquez, y encima de la cafetera lucía una foto del escritor custodiada por dos ejemplares de Los Mares del Sur, uno más viejo que el otro (el viejo rodeado por la fajita que lo proclama Premio Planeta, 1979).

Bautizo de Messi, en la parroquia de Santa María del Gornal.

Cuando el futbolero llegó a la cima de la fama, nuestro Leonel Messi se anegaba en lo más hondo de la vergüenza, el alcoholismo y la calvície.
-Peor sería llamarse Arturo Mas, le consolaba un parroquiano del bar El Pirata -a cien metros de Las Delicias.
-O Barack Obama, que encima es negro ¿no te jode?
Sin embargo, algo sucedió una tarde. La tarde en la que su vida dió un vuelco. En televisión, y mientras celebraban el nuevo pichichi de la liga española, anunciaron que el joven astro del balón estaba pronto a ser padre. El comentario, que pasó desapercibido para la mayoría de los parroquianos, causó una enorme impresión en Leonel Messi. Se sintió dolido, como si una lanza de fuego hubiese penetrado por el estómago, hubiese atravesado la columna vertebral y asomara la punta por la espalda. Soltó el vaso de caña, se sentó en el suelo lleno de cáscaras de pipas y de gambas y puso los ojos en blanco.

Comprendió que no podía seguir así. De ninguna forma: la muerte lo estaba alcanzando, y hallarían un cadáver triste, deshauciado, ridículo. Su vida sería incapaz de justificar el árbol talado para imprimir su certificado de defunción.

Desapareció del barrio. Todo lo que sucedió luego luego es pasto de la leyenda y el mito, la confusión, el cuchicheo y la envidia. Unos dicen que -no se sabe cómo- descubrió un libro sobre el anarcosindicalismo y decidió imitar al joven Durruti: se metió a atracador de bancos. El primero que cayó fué la oficina de la Caixa (Rambla de la Marina, 264). Se llevó más de cuarenta mil euros, le pegó un tiro en la rodilla del delegado -cojo de por vida- y otro en la mano al apoderado (manco de la derecha, y desde entonces le llamaron Félix el Manirroto).

Leonel M., leyendo las memorias de Federica Montseny.

Parece que huyó a Francia pasando por Bielsa, y de allí a Portugal. Luego vinieron el Caribe y los Mares del Sur. Es plausible imaginar una sonrisa torcida en su boca cuando llegó a esos mares, puesto que sin duda se acordó de las novelas de Manolo. Causó el pánico en el sector financiero de los paraísos fiscales, y dicen que fue el responsable del corralito que arruinó para siempre a Goldman Sachs y la división pirata del Santander. Parece ser que fué el mismo Leonel Messi quién se llevó el depósito que, a nombre de su perro Barretina, tenía Pep Guardiola en las Islas Caimán. Casualidad o diabólica venganza, ese fué el golpe que le llevó a creer en la divina providencia. Parece que, cuando uno ha cambiado de vida una vez, es mucho más fácil volver a hacerlo.

El atracador tumbado en una playa, posiblemente de las Islas Seychelles. El botín de su último atraco está bajo la toalla. Nótese su expresión, sin sombra de remordimiento.

Leonel Messi ingresó como fraile en el monasterio griego del Monte Athos. Fué allí donde le alcanzó un comando de sicarios pagados a medias por el Gobierno de España, Bancaixa y la Fundación del Futbol Club Barcelona. La acción justiciera fué retransmitida por las cadenas de televisión de todo el mundo: el conseller de Interior catalán, Felipe Puig, cedió gustoso a un mercenario un gorro dotado de cámara de video.

Se cerraba así un círculo casi metafísico.

Leonel Messi en su época de fraile. Poco antes de su muerte desarrolló un amor franciscano por los grandes árboles que crecen en el jardín del monasterio.

29 de maig 2012

Piso Barcelona (relectura de Juan Marsé)



Esta es, creo yo, la mejor adaptación de Juan Marsé al cine


Desde que me marché a vivir fuera de Barcelona, cada día amo menos a la ciudad donde nací. El desarraigo, la levedad. Al principio sentía pereza cuando debía ir. Cuidar o visitar enfermos, atender tristes quehaceres, trámites, papeles.
Ahora siento asco por ella. La veo grotesca, contrahecha, maloliente, chocha. Ando por las calles como pisándole la espalda, con fatiga y con desprecio. La gente me resulta ridícula, con eso de cómico y de patético que tiene lo provinciano cuando se disfraza de algo, cuando se emperifolla. La impostura necia de los adornos monstruosos -esos edificios de una grandeza crepuscular-, las ruinas de la época del diseño, aquél timo de la posmodernidad.

Cuando mi madre agonizaba en el Hospital de Sant Pau, muchas tardes a la caída del sol me iba a contemplar el ocaso desde los ventanales que dan al sureste.
Al fondo, bajo brumas y rumores sordos asoman las botellas grises de la Sagrada Familia y más lejos las negras agujas de la Catedral, el casco antiguo: un coágulo de sombras. El puerto y el horizonte del mar cierran el borroso panorama, y las torres metálicas del transbordador, la silueta agresiva de Montjuic.


Atardecer en Barcelona, vista desde una sala de espera del Hospital de Sant Pau. El sol baja entre las torres mientras los otros se mueren. La foto se hizo en mayo de 2010 y hoy sería imposible. Para dar confianza a los mercados, el Govern de la Generalitat ordenó el cierre de esta planta, entre otras. 

He terminado la relectura de Últimas tardes con Teresa veinte años más tarde, que no es nada. Lo he aprovechado para volver a pisar la ciudad pero con otro motivo, para buscarme, para probar con otra actitud. He recordado que entonces leí muchas páginas al aire libre, sentado en muchas terrazas y algunos parques, como solía hacer en aquélla edad. He recordado que enseguida sentí una tremenda simpatía por el autor. Simpatía auspiciada y promovida porqué yo ya sabía cómo le trataban los zafios miopes de la cultureta, los eternos gilipollas de la caseta i l'hortet.

No puedo dejar de pensar en las cosas vencidas, las perdidas, las dejadas atrás con indolencia arrogante, las olvidadas en esos veinte años que median entre la lectura y la relectura. Tanto es así que -pienso, de repente- yo ya no debo ser quién leyó la novela por las terrazas. Era uno parecido a mi en cierto modo, como se parecen los hermanos cuando ya son muy mayores.

Meditaciones sobre el paso de la vida aparte, siento que algo me revuelve las tripas. Uno de aquéllos tontos que tanto daño nos hicieron ahora es el alcalde de Barcelona. Barcelona ha tenido poca suerte con sus alcaldes en general, pero ese es como la idiotez quintaesenciada, un destilado de señorito memo, consentido y vacuo. Enano y tomado por unos rampantes defectos de dicción que delatan al niño malcriado que fue. Y que es todavía, bajo su piel apergaminada.

La novela sigue ahí. Vigorosa, ágil. Creada sobre un álbum de imágenes poderosas y eficaces. Cinematográfica, aunque el autor lamenta a menudo su poca suerte con las adaptaciones al cine. Quizá le habría ido mejor con un buen ilustrador fotógrafo que con un peliculero, no lo se. En la (re)lectura a mi se me sugerían grandes diapositivas proyectadas sobre las fachadas y las nubes. O más bien sobre las paredes blancas y desnudas del piso: esta vez, la lectura ha sido más de interior.


Finalmente me marcho. Devuelvo el Pijoaparte a las sombras cuando concluyo esa segunda lectura que nada le debe a la primera, puesto que no recuerdo bien como era el lector que se quedó ahí, veinte años atrás. Debo decir que no me ha hecho sentir nada nuevo por la ciudad cansada y grotesca, llena de gentes más bien feas y envejecidas. Sin embargo, he vivido con enorme placer entre las páginas de la mejor novela sobre esa ciudad. Eso mismo debí decirlo entonces, aunque no me acuerde (a lo mejor ¿no habré cambiado tanto?).

Mientras me iba me he preguntado donde estará el Pijoaparte de 2012. Ya se que es una pregunta retórica e innecesaria, pero me he entretenido un rato. Pues posiblemente ya no andará entre los charnegos, sinó entre los magrebíes o los senegaleses, tan apuestos, descarados y arrogantes en su juventud insultante. Pronto caerán las últimas torres con jardín de esa ciudad.

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En sueños me deslizo con una Ossa robada, precipitándome por las laderas del Monte Carmelo. Llevo bajo el brazo mi libro preferido de poesía urbana. Si Juan Marsé me escucha hablando así de su relato seguro que me arrea un mamporrazo con sus obras completas (¡poesía urbana...!) en esa calvita de fraile que ahora tengo y no tenía entonces, cuando me lo leí entre cañas de cerveza, en el tórrido verano de 1991.

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Nota: en el texto se ha incluido un párrafo procedente de Últimas tardes con Teresa, página 27 en la 5a reedición de Seix Barral, de 1979.