Corrían los vientos salvajes del liberalismo y se levantaban nubarrones de deudas, primas, periodistas y políticos a sueldo de bancos. Sin embargo, la vida del Cojo Tabernas transcurría como siempre.
Aunque tenía nombre y apellidos (de padre y madre españoles católicos) hacía tanto tiempo que en el barrio le llamaban Cojo Tabernas que ya nadie se acordaba de su filiación oficial. Ni tan sólo él. Hombre taciturno y de costumbres fijas, desde que obtuvo la categoría de pensionista su vida era muy sencilla. Se levantaba a las once y pico, se iba para el bar de la esquina y se desayunaba con dos carajillos. Luego, sobre las tres pasaba por el Eroski, se compraba algún plato semicocinado y se lo digería en casa. Por la tarde se volvía al bar (futbol y domino) y por la noche un poco de televisión.
-Es que tu llevas una vida muy zen -le soltaba su sobrino con estudios.
-Y tu eres un imbécil -respondía el Cojo Tabernas-Y un maricón. No comprendía el significado de zen y preventivamente le arreaba, por si acaso fuese un sarcasmo sobre su estilo de vida.
El asunto es que un día, al Cojo Tabernas le tocaron doscientos mil euros de los ciegos. Un caso de suerte atroz, porqué en toda su vida sólo había comprado tres boletos de la ONCE. Así fue como una tarde, a eso de las cinco, el director de la oficina de La Caixa más cercana fue a buscarle al bar de la esquina. El tipo entró con su traje gris y su maletín de Mandarina Duck, pidió un café ristretto para él y un chupito de orujo para mi cliente, según le espetó al pobre Lin Pao, que apenas comprendía la jerga tabernaria española.
-No quiero hablar con cuervos ni con carroñeros, hijo de puta -se anticipó el Cojo. Y le vertió el orujo encima de la corbata al pobre banquero- Lárgate de aquí antes de que te arranque los huevos y te los meta por este trasero gordo y fofo.
El empleado de banca pensó que había sido un acierto pedir un chupito y no un vaso de tubo, porqué el estropicio habría sido terrible. Aún admitiendo la derrota, el hombre pensaba todavía en la comisión que podría ganarse si conseguía que el destartalado ingresara los dineros en su oficina. Así que des de la distancia prudente de la puerta del establcimiento, aún le soltó:
-Cuando le vaya bien, pásese usted por la oficina y hablamos. Tenemos un montón de productos que le pueden interesar.
Nuestro director de agencia de barrio se quedó asombrado cuando, tres días más tarde, vio aparecer al Cojo Tabernas en la puerta de la oficina.
-Venía a ver esos productos de que me habló.
-Bien, claro... tenemos fondos de inversión en las Caimán, bonos griegos, participaciones en Goldman Sachs y acciones de la catalanísima Spanair.
-Yo preferiría aquel producto de allí -el Cojo levantó su brazo y señaló a Yolanda, la cajera.
-La señorita Gámez no es un producto financiero... -balbuceó nuestro audaz banquero.
-Pues entonces nada. Me llevo los doscientos mil leuros al Popular.
-¡Espere un momento! Todo se puede hablar... ya sabe que en La Caixa estamos para hablar.
Yolanda Gámez sintió un escalofrío en la espalda y el pájaro de los malos presentimientos agitó las suaves plumas encima de su cabeza. Que se confirmaron cuando, tres días más tarde, recibió una carta del Presidente de La Caixa:
Apreciada empleada y mejor patriota,
Es usted una persona inteligente e informada, y sin duda está al corriente de la gravedad de la situación por la que atraviesan España, La Caixa y Cataluña. El desplome de los activos, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la mala gestión de los gobiernos de izquierdas nos han llevado a una situación realmente excepcional.
Sólo podemos hacer frente a esta excepcionalidad con medidas imaginativas e igualmente excepcionales. Aunque temporales, claro está: en cuanto la situación financiera mejore, todo volverá a ser como siempre. Pero por ahora tenemos que estar dispuestos a enormes esfuerzos y sacrificios.
Por todo esto, y atendiendo a la solicitud que me ha presentado el director de su oficina, he acordado cederla a usted a nuestro nuevo cliente, el señor conocido como Cojo Tabernas. En este momento es uno de nuestros mejores clientes, y merece una atención preferente. Sé que usted es una persona comprometida con nuestra causa y nuestra empresa, y que procederá con la ilusión debida. Así, en el momento en que reciba esta carta, deberá usted presentarse en el domicilio del Cojo Tabernas.
Atentamente,Yolanda Gámez se levantó de su butaca, se puso el abrigo y se colgó el bolso de Vuitton al hombro. Alzó el mentón con dignidad e intentó emular la altivez de Artur Mas. Sabía que si Cataluña y La Caixa salen adelante será por gestos así, de una gran responsabilidad.
Isidro Fainé
En su casa, el Cojo Tabernas se enfundó unos calzoncillos nuevos de Massimo Dutti y se restregó las axilas y los genitales con un viejo desodorante de su difunta madre. Así, bien pertrechado, penetró en la nueva Cataluña neoliberal.


