La idea del Dios estuvo bien. Sirvió para limar un poco la sensación de soledad. El desamparo del hombrecito cuando se quedaba absorto mirando a la nada, al cielo estrellado de la larga noche. Lo malo es que esa idea lleva otra pegada a sus talones, su sombra: la idea del abandono del Dios. Cuando uno ve la sombra todo empieza a tambalearse.
Luego, en una época feliz, supieron resolver el problema: tan sólo había que creer en el hombre. Es decir en sus capacidades, potencias, recursos. En su bondad. Lo malo de esa segunda idea es que se agota pronto. Llega el más necio y te la desmonta. Tan sólo tienes que encontrarte al primer cretino con dinero o con poder para saber que no se puede confiar mucho en el hombre.
Uno podría refugiarse todavía en otra parte: en uno mismo. Creer que su deseo y su voluntad son buenos y transformadores. Pero es complicado. Hoy me he levantado con dolor en una pierna, torpe, dubitativo. Resulta difícil proyectar la fe sobre el propio cuerpo, cuando es algo tan netamente caducible, vago.
De los tres hijos, los dos niños se hicieron curas y la niña, monja. Él no lo comprende bien. Le parece excesivo ese impuesto a Dios. Ella sólo piensa que no tendrá nietos. Que será una viejecita rica y con hacienda, pero sin nietos. Él recuerda como, cuando era un padre joven con hijos chicos, les acostumbró a darle gracias al Dios. Al Dios que les hizo nacer en una casa poderosa, bonita, enorme. Con jardín infinito y con pérgolas, flores, abetos, dos cedros. Era la casa más grande y más bonita de todo el pueblo. Y eso, en el Ampurdán, es mucho.
A veces me pregunto porqué tantas mujeres torturan sus cuerpos con esos tacones. Por la mañana, yendo al trabajo, trastabillean por las aceras, con riesgo evidente de joderse el tobillo. Me pregunto porqué. ¿De veras el macho merece que se le ofrezcan tributos de dolor y sumisión?
También por las mañanas, y también camino del trabajo, hoy me he cruzado con una joven embarazada. Diría que de unos cinco meses. Iba triste, como apesadumbrada por algo indefinible. Eso decía su mirada cansada mientras andaba, sola, con el sol a su espalda. Mantenía la mano izquierda bajo el vientre en donde una futura vida humana lucha por crecer y afianzarse. Pero en su mirada había fatiga.
Deberíamos volver a empezar, pero por las cosas pequeñas. Cositas de verdad. Creer en la luz de la tarde, los caminos que suben a las montañas, la mano que acoge la tuya. Y luego las nubes en primavera, los recuerdos, la melancolía, el café de la mañana.
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Nota: En el fragmento de Andrei Rubliev, Cristo avanza con la cruz a cuestas sobre la tierra helada . El crítico hace notar que bajo sus pies la tierra se muestra como una herida abierta y sangrante (minuto 7:10 del fragmento enlazado).

