Nasreen tiene dieciséis. El azar nos ha puesto de nuevo a ambos en el mismo sitio, pero en otra parte.
La conocí cuando ella tenía 8 y era una niña de segundo de primaria, alegre y algo alocada. Siempre estaba contenta y solo quería cantar y bailar. Entonces nos encontramos en un colegio en donde pasé algunos años de maestro. El barrio es muy pobre, de muros desconchados y ascensores añadidos por la parte de la calle, coches quemados, paro y trapicheos. A veces aparecía la policía, cerraban las salidas del barrio y organizaban una exhibición de fuerza y poder que duraba un par de horas, dos horas de miedo para el vecindario. Luego se largaban hasta dentro de dos meses, en que representaban su función otra vez.
Pasaron ocho años y coincidimos de nuevo. Durante este tiempo yo abandoné la primaria y pasé a la secundaria. Ahora nos encontramos en un Instituto de otro barrio, al otro lado de la misma ciudad, en la periferia opuesta. Los mismos bloques, los mismos ascensores, paro y trapicheo. Y luces azules de vez en cuando, para escenificar por un breve rato quien manda aquí.Ahora Nasreen, sentada ante mi, me mira con sus ojos azabache y me dice esto, con un tono cansado y monótono:
-No pensaba que la vida fuese así.
Poco antes del confinamiento, su madre se sintió incapaz de mantener a las tres hijas. El padre las había abandonado y ella no dispone de recursos conocidos. Mandó a Nasreen con unos primos del Pakistán. Llegó la pandemia y Nasreen se vio encerrada con unos familiares lejanos. A los trece años, los primos vieron en ella a una mujer terminada y lista para el uso. Nasreen es menuda y la huella de la desnutrición y el desastre está en cada centímetro de su piel, y en esas cicatrices del antebrazo.
Miro sus ojos. Pero solo veo una sombra. No hay rastro alguno de la niña sonriente que cantaba y bailaba. La niña que cantaba y bailaba fue abolida. Quizás solo sea un recuerdo falso en mi mente.-No entiendo que es lo que he hecho mal, yo pensaba que lo hacía todo bien. Pero todo ha salido mal.
Nasreen piensa que ha fracasado. Todavía no sabe que es el mundo quien ha fracasado.
Luego, por la noche, cuando regreso a casa, su voz vuelve a mi como en un ensueño, y resuena dentro del coche que me lleva a través de las luces led de los semáforos, los escaparates, las pizzerías de donde parten motos cargadas de comida, los anuncios, las gasolineras con sus carteles informando del precio con dos o tres decimales, los patinetes con batería, señores que pasean perros, grupos de jóvenes a la búsqueda del viernes noche. La civilización. No pensaba que la vida fuese así.




