29 d’oct. 2021

El retorno del Sindicato Vertical

Uno tiende a reproducir lo que ha vivido. Aunque luego haya leído mucho, estudiado mucho, intentado deconstruirse mucho: uno termina por repetir los viejos esquemas anclados en el pasado. Lo he visto infinidad de veces en docentes con amplia formación en psicopedagogía, psicología del aprendizaje, métodos avanzados e innovadores de pedagogía... un día entras en el aula y descubres que señala con el dedo acusador al alumno que trabaja poco o se mueve mucho. Un día entras en el aula del profesor avanzado y descubres que impone castigos como de tiempos de la postguerra y, en ese instante, crees que el chico era más de Vox que de izquierdas, aunque suela anunciar a los cuatro vientos y sin que nadie se lo haya preguntado: soy de izquierdas, innovador y muy moderno.

Ese fenómeno debe explicar que muchos de los líderes del procés catalán repitan, en cuanto se despistan, mecanismos autoritarios, cerriles, abusones y predemocráticos: ahí tienen a la señora Borràs, atrapada en el instante de blindarse para evadir la acción de la justicia. Blindada como un Panzer alemán, Borràs pretende usar mecanismos de una ética democrática igual a cero. Para mantenerse en el poder a toda costa, caiga quien caiga. Ahí tienen al señor Puigdemont, perdido y solo en la niebla de Waterloo, maquinando un Consell de la República que él elige a su antojo entre los más fieles, al margen de cualquier democracia homologable. Con el propósito explícito de crearse una ensoñación de poder (quizás una ensoñación de su existencia) y el menos explícito de asegurarse una fuente de ingresos más que dudosa, ya que su pseudodemocracia es de pago, y antes de votar se debe pasar por caja.

Que la inmensa mayoría de esos líderes vivieran su infancia en el franquismo no debe ser una coincidencia, un simple azar: como el maestro supuestamente deconstruído que vuelve a los métodos de cuando era niño e iba al cole, el líder nacionalista recupera el pensamiento del dictador: usar la democracia para cargársela, abandonar la razón para tirar de emociones primarias (una, grande y libre = països catalans lliures i independents) y colonizar todo el cuerpo social.

Ahí está ese sindicato con todo el aspecto del Sindicato vertical: la Intersindical-Confederació Sindical Catalana (Intersindical-CSC), que ha conseguido grandiosos éxitos en las elecciones sindicales del sector público y en concreto en la educación. Ese extraño sindicato, liderado por un hombre de pasado turbio y que se presenta tal como así, se lo juro:

Per a la Intersindical-CSC és bàsic que els Països Catalans siguin reconeguts no només de fet, sinó també de dret, com a estat plenament sobirà i com a marc de relacions laborals. Cal que aquestes relacions (convenis, lleis, pactes laborals, formació, seguretat social…) es decideixin i negociïn a partir de les característiques i necessitats reals del poble treballador català.
Ahí lo tienen: quien tuvo, retuvo, y el eco del sindicato franquista resuena en cada palabra de un párrafo tan corto, tan lleno de tópicos sin contenido alguno. Si el franquismo era un intento de regresar a las esencias patrias de los siglos tenebrosos, la Intersindical catalana es, sencillamente, un proyecto de emular al sindicato falangista: dirigido des del poder y pensado para diluir las reivindicaciones laborales en el marasmo tenebroso de la cosa nacional. Llevar al trabajador hacia la tiniebla medieval, licuarlo en ella, disolverlo en el sueño del señorito feudal con las cuatro barras de sangre.

En resumen, y para hacerlo breve: el nacionalismo no es progresista ni lo ha sido nunca. El nacionalismo solo nos lleva a la guerra, y la guerra solo es muerte. El nacionalismo es la antesala de la muerte.

28 d’oct. 2021

BENDITO RAYO, VALLECANO


Aunque a mi el fútbol me interesa algo menos que la oscilación del precio del centollo en la Lonja de Palafrugell, les confieso que tengo una alegría cuando el Barça pierde ante un equipo pequeño. Es decir, pobre. La deriva del Barça, en crisis de dineritos y de resultados, compensa esas décadas ominosas de Messi/Guardiola en las que todo lo ganaba y que tanto influyó en la cosa del "procés".

La relación entre aquel Barça y el procesismo es obvia, tal como lo expresaba Arcadi Espada en el postfacio de 2018 a su imprescindible "Contra Catalunya."

No es casual que la desinflamación del procés suceda en paralelo a la caída del Barça, superado por un club tan simpático como el Rayo Vallecano, por el que siempre manifesté mis preferencias futbolísticas, aunque solo fuese por llevar la contraria y ejemplarizar mi preferencia por los pequeños. Y les repito: el fútbol me interesa algo menos que el régimen de borrascas en Burkina Fasso.
 
Las derrotas sucesivas del Barça de ahora son violines a los oídos de los catalanes que no somos procesistas ni nacionalistas: nos auguran un tiempo de reflexión y de calma: si tenemos en cuenta la relación entre Barça y procés, podemos afirmar que los nacionalistas están en declive, por fin. Y que dure. Es muy importante que el Barça pierda contra equipos como el Rayo, ya que eso es, por fin, el baño de realidad que el catalán procesista pide como agua de mayo. Tras las ilusiones, las ficciones nacionales y toda la demás irracionalidad postmoderna del independentismo catalán, perder contra el Rayo implica un reencuentro con la realidad.

Bendito rayo que nos cayó del cielo.


27 d’oct. 2021

Nuria toma el sol

A las cinco de la tarde me avisan: una alumna se ha desmayado en clase.

El aula está en silencio. La chica, tumbada en el suelo. Un compañero le levanta los pies y las demás, a su alrededor, forman un coro mudo. Observan. En las paredes, la decoración de Halloween le da a la escena un aire como de comedia barata, con ínfulas de terror serie B. Sin embargo, la chica está mal.

Le tiembla la mandíbula, balbucea palabras incomprensibles. Una mano araña a la otra, como si ambas manos se odiasen mutuamente y sin perdón. Cuando compruebo que me escucha y puede hablar le pido que se levante y, con la ayuda de dos compañeras de clase la llevamos al patio. En el patio pasa un aire fresco de tarde de otoño, los árboles solo han empezado a amarillear y la hierba está fresca, reluciente: llovió hace pocos días. Al fondo, una urraca y dos cotorras verdes brincan entre las hojas.

Nuria cuenta que lleva muchas horas sin comer y entonces me doy cuenta de que está muy delgada, muy pálida. Los labios de un rosa demasiado claro, las mejillas blancas, las manos escuetas y exangües, las uñas rotas.

El sol de repente, sale de atrás de un olmo y le da en la cara a Núria, que parpadea perpleja ante el disco de fuego pálido, como si recordase que vive en la Tierra. Tiene los ojos tristes, con lágrimas. Y mocos en la nariz.

Una luces naranjas asoman tras la puerta. Sí, he llamado a la ambulancia, le digo. Tienen que atenderte las profesionales, yo solo soy un docente. Nuria tiembla como la oscuridad ante la llegada del alba. O como la luz en el atardecer de octubre. Yo iba a las visitas de la psiquiatra, me cuenta camino de la ambulancia amarilla. Pero la psiquiatra se puso de baja y no hay suplente, añade luego, cuando entra en el vehículo y se sienta en la sillita de plástico azul. La atiende una médico musulmana, que le cuenta lo que debe saber con una delicadeza y una ciencia que me emocionan. La sanitaria lleva un velo azul marino profundo que le cubre la cabeza y le habla con dulzura y con seguridad.

Me quedo en la calle mirando a la ambulancia que se aleja, en silencio. Las luces naranjas doblan la esquina y luego nada.

Este relato solo pretendía tratar de colores: rosa, verde, blanco, azul, amarillo, naranja. Se me olvidaba el gris de la sudadera de Nuria.

26 d’oct. 2021

Juan Nubes

Juan deambula por los pasillos del instituto. Nadie se explica como se las apaña para salir de clase sin que nadie se de cuenta, pero claro, Juan es silencioso, discreto, se diría que flota a unos centímetros del suelo de forma que sus pies no pisan ni hacen ruido.

A veces le veo, al fondo, bajo las luces de los viejos fluorescentes. Veo antes que nada sus grandes ojos, ampliados por esas gafas de miope intenso. Su mirada nunca mira al frente: mira al techo o hacia adentro, o a ambos lugares a la vez.

Le pregunto adonde va y él sonríe un poco. No hace falta hablar mucho. Dócil, da media vuelta y vuelve a clase, no pretende discutir ni tan solo poner excusas. Hay veces en las que me temo que se disolverá en el aire, suavemente, como una brizna de niebla. Me pregunté quien era Juan y de donde salía. Me contaron una historia larga, de dramas superpuestos que el conlleva así, con ese aire tenue de su presencia vaporizada. En clase, por lo visto, suele despistarse.

-¡Siempre está en las nubes! resume su profesor, como si eso fuese un defecto, algo que se debe corregir a fuerza de partes de incidencia.

Juan se sienta solo y en primera fila. Debe ser consciente de que los demás deben verle para asegurarse a sí mismo que existe. La mirada de los demás lo afianza y le certifica en el mundo. De lo contrario, piensa él, es posible que desaparezca como el olor de una flor cuando sopla la brisa.

Juan piensa que le es indiferente al mundo y, en correspondencia, a él le resulta indiferente el mundo. Ayer se le olvidó la contraseña del ordenador y estuve un rato con él, a ver si le regresaba la memoria. La contraseña, al fin, constaba de tres nombres: las tres personas más importante en su vida. Me alegré de eso, indicaba un cierto apego y, de nuevo, son los demás quienes le convierten en un ser.

A muchos profesores Juan les pone nerviosos, con su mirada ausente y esa media sonrisa escasa que le sonríe a algo o a alguien que no está, o que solo él tiene la suerte de poder ver. Algunos dicen que Juan es un mueble en la clase, alguien que no aprovecha el tiempo, que no atiende, que solo calienta la silla.

Yo veo en él a una nube que se humanizó. Bueno, se humanizó un poco. No me puedo imaginar un cielo sin nubes.

24 d’oct. 2021

En la trinchera con el general Rojo

La última batalla parece algo ineludible, siempre está por llegar. Algo que no llega nunca. Algo detenido en el tiempo, como si el descenso del ave rapaz en el aire se detuviera congelado, convertido en instantánea. Pienso en eso, en si el general pensaba cosas como ésta mientras contemplaba los meandros del río Ebro, allá abajo y al fondo, en el puesto de observación avanzado de La Figuera por donde voy dando saltitos como de petirrojo brincando entre las zanjas de la trinchera de hormigón des de la que Vicente Rojo dirigió la batalla. Quizás el general hizo gestos parecidos a los míos, entonces, y en cosas así ando pensando. La espera de la batalla debe de ser larga, una eternidad aguda, punzante, y con ese olor a chaqueta de cuero, los prismáticos golpeando en el esternón a cada paso, las gafas que se te resbalan por la nariz.


Al general Vicente Rojo se le ve marcial, sobrio y algo desmejorado en las fotos de los días previos a la batalla. El gesto serio y la actitud del que se ha comprometido a cumplir con su cometido, como el trabajador que acude al trabajo. Rojo se consideraba a si mismo un hombre católico, pero dio palabra de defender a España, a quien le dio su juramento. En aquellos tiempos había un sentido de la lealtad y de la ley, y de la palabra dada que hoy nos resultan extemporáneos, habituados como estamos a ver a pequeños aficionados al discurso facilón, a la épica barata de las emociones y las medias mentiras, al uso de los conceptos ñoños y la bufandita amarilla en el cuello de señoras y señores bien. Estamos habituados a las expresiones "tengo derecho a ser libre de tomarme una caña en donde me apetezca".

Vicente Rojo es el general de la República Española por excelencia: buen estratega, planificador, el tipo que volvió loco a Franco aún disponiendo de un ejército menor y peor provisto. Los movimientos del general Rojo en la batalla del Ebro se estudiaron en las academias militares durante años, y un historiador militar lo nombra "el general que humilló a Franco", aunque Franco, al final, le arrolló. El general rifeño, el sedicioso, tuvo que usar a los bombarderos italianos para derrotar a Rojo.

Vicente Rojo se fue a Francia tras la guerra. Tras el fin de la batalla, vinieron las guerras personales, la supervivencia, la tristeza, la distancia, la nostalgia del país perdido. Vio el hacinamiento de los presos republicanos y protestó airadamente ante Negrín, que no supo darle respuesta. Luego emigró a la Argentina, en el mismo barco en el que iba José Ortega y Gasset. El exilio de Vicente Rojo es difícil: al gobierno argentino no le apetecía acoger a refugiados españoles y no le dio ayuda alguna. Rojo malvivió escribiendo artículos en la prensa y para publicaciones militares. Llegó a escribir una novela, unas memorias y un libro de pensamientos y aforismos que se perdió, y del que se sabe que lleva el título tan sugerente de "Platillos volantes".

Así pues me imagino como andaría Vicente Rojo por el refugio observatorio de la Figuera por el que me paseo ahora, 80 años después, intentando pensar las cosas que pensaba el general pero sabiendo lo que él, entonces, no sabía: lo del exilio, su vida como escritor en otro continente, y por fin el regreso humillante a su país, el país al que sirvió en nombre del juramento dado a la legalidad, a la defensa de la legalidad.

Vicente Rojo tuvo un sobrino que se llamó como el, Vicente Rojo, que vivió en México y allí desarrolló una carrera como artista gráfico, campo en el que fué un referente todavía imprescindible. Cuando el general andaba por el cerro de La Figuera no sabía nada del sobrino que se iba a llamar como él. Ante sus ojos los suaves meandros del río, allá abajo y al fondo, entre la neblina azulada, al fondo, entre los olivos y las vides. La inminencia de la batalla, el viento frío que azota la ermita de la Virgen del Molar, tan sola y tan austera, testigo del desastre final.

Encontré el libro: "El hombre que se creía Vicente Rojo", de una escritora catalana que se llama Sonia Hernández. Ejemplo de novela breve, inteligente, de estilo sobrio, profunda, algo oscura, reflexión sobre el arte y sobre el papel de la literatura en esos tiempos. Hernández no habla del general si no de su sobrino, el artista, del que ahora contemplo fotos de su obra y me parece tan equilibrada, tan luminosa, tomada por un sentido del orden gravitacional, tan gráfica, tan filosófica. Hay una divertida anécdota que aúna al pintor Rojo con Max Aub y con otro pintor muy raro, Josep Torres Campalans, que ahora no voy a contar pero que me remite de nuevo a una época antigua y mucho más interesante, con pintores que leían filosofía y tratados de arte y escritores que fueron generales, generales que perdieron una guerra y lo hicieron con dignidad, sin lamentos.

Un viento frío arrulla el cerro de La Figuera mientras doy tumbos por las ruinas del observatorio del general, mientras intento sentir algo de lo que él sentía cuando miraba hacia abajo esperando la última batalla, inminente, ahora ya inaplazable, y aunque yo se cosas que el no sabía, él si sabía que esa sería la última, y lo que decidió fue eso: que la batalla le encontrara lo mejor preparado posible para afrontarla, bien situado, seguro de si mismo, dispuesto a la derrota, sin lamentos, los dos pies en la tierra y la mirada perdida hacia el fondo, el río, la neblina azul que reverbera encima del paisaje como si la banda azul del arco iris se hubiera desprendido del arco, ese cielo tan enorme y tan terrible que cubre el tramo bajo del Ebro. La guerra dice quienes son los hombres, de qué está hecho cada uno. Por eso se debe escribir sobre la guerra. Y sobre el amor, y sobre la miseria y el olvido. Y sobre el arte.