31 de maig 2020

Yo acuso (al Grupo Koiné)

Grup Koiné (@GrupKoine) | Twitter

El grupo Koiné quizás existe o quizás no existió jamás. Chesterton escribió en "El hombre que fue jueves" sobre la posibilidad de un grupo terrorista que es y no es a la vez. El grupo Koiné tiene un cuñado institucional subvenciado que se llama Plataforma per la Llengua, y otro cuñado, súcubo, oficial: la Oficina pels drets Lingüístics: una caterva de funcionarios de la cosa nacionalista en versión oficial. Hubo un "Manifiesto Koiné", hace un tiempo, y hubo un grupo de personas firmantes de un manifiesto que abogaba por implementar una sola lengua oficial en Cataluña y prohibir las demás. Lo más relevante de aquél manifiesto era su prólogo, en donde contaba que el idioma castellano es extranjero en Cataluña (contra todas las evidencias científicas), y que el castellano en Cataluña se debe a la colonización orquestada por el régimen franquista. La argumentación del Manifiesto Koiné era ridícula y malintencionada, propia de personas que mezclan la ignorancia con la mala fe. En términos vulgares: en la gilipollez.

El manifiesto del Grupo Koiné, más allá de la ignorancia y de la mala fe, caló hondo en algunos sectores de la sociedad catalana y alentó el odio en una sociedad nacionalista aburrida y exhausta que deseaba encontrarle un sentido "nacional" a su vida, tras haber crecido y prosperado en el franquismo. Hubo un presidente del gobierno regional catalán que se apuntó al discurso de este grupo, y afirmó que los castellanohablantes parecen bestias más que personas. Personas que escriben pseudoliteratura en catalán se sumaron a este discurso. Quizás para defender su negocio: vender libros escritos (mal escritos) en una lengua en fase terminal.

El catalanismo (una ideología estrictamente burguesa y tradicionalista) prosperó en el franquismo pero no contra el franquismo: el catalanismo burgués vivió en una rara esquizofrenia durante la España de Franco. A Franco le agradecían que les hubiese liberado de las hordas obreras, anarquistas y comunistas, y a la vez le reprochaban la prohibición, más o menos formal, del catalán. Òmnium Cultural nació para demostrarle al líder español que el idioma catalán no era incompatible con el fascismo, y la historiografía demuestra que la génesis de Òmnium Cultural es gestionar el interés del fascismo catalán: controlar la producción cultural en catalán para que sea afín al régimen.

El Grupo Koiné y sus ancestros son culpables desde hace muchas décadas. Culpables de ensombrecer y de empobrecer la cultura catalana, ya sea producida en catalán o en castellano, de intentar enfrentar a comunidades lingüísticas que habíamos convivido sin problemas o con pocos problemas, de empeorar la convivencia, la sociedad. ¿Querían convertir la convivencia de lenguas en un conflicto? Lo han logrado. Querían hacer de Cataluña un lugar difícil y oscuro y lo han logrado. Vaya logro. En un mundo que se globaliza, ellos quieren dificultar la convivencia y enfrentarnos. Quieren una sociedad jodida, que no solo se exprese en una sola lengua (residual y extinguible) si no una sociedad que piense de una sola forma, y que se pelee. Sobretodo eso, que se pelee. Quieren lucha aún sabiendo que su lucha está perdida de antemano, quieren contenedores ardiendo en las calles, aún sabiendo que en los contenedores solo hay basura catalana. Quieren engrandecer la figura de la diputada Laura Borràs. Borràs nos llena de vergüenza a muchos catalanes, no solo por sus indicios de corrupción delincuente al frente de la Institució de les Lletres Catalanes si no por su gestión tan deficiente de la cultura.

Laura Borràs nos demuestra que la cultura catalana no existe, que solo hubo la cultureta lamentable, la que excluye a la mayoría y solo incluye a sus amiguitos y amiguitas. La cultura y la lengua catalana morirán muy pronto a manos de las personas como Laura Borràs. Borràs y Pau Vidal y el grupo Koiné son una imagen renovada de las huestes de los hunos: tras su paso por la tierra la hierba no crecerá jamás. Podrán jactarse de eso. Y que les aproveche su jactancia onanística.

Acuso al grupo de los firmantes de Koiné de haber arruinado los restos de una cultura que pudo haber sido y no fue, de haber destruído la posibilidad de una cultura. Y de la lengua catalana, que fue mi lengua materna, la lengua de mi madre. A día de hoy, gentes como las del grupo Koiné liquidaron mi lengua materna y la hicieron antipática, borde, imposible.

Acuso al grupo Koiné de haber asesinado la lengua de mi madre cuando querían exterminar la lengua de mi vecino. Vaya cagada, grupo Koiné. Cuánta ignorancia en vuestra supremacía, cuánta estupidez en vuestra alma resentida, Vidal y Borràs, cuánta insensatez. No supisteis ver nada. Solo fuisteis una cagarada. La caca de la vaca, la caca de un mamut. Unos mierdas, unos nacionalistas. Vosotros os cargaisteis la lengua de mi madre y no contentos con eso emponzoñaisteis la vida en Cataluña. He aquí vuestros méritos.

29 de maig 2020

Sor Juana Dolores en las Nubes


En las personas muy ideológicas hay una rara voluntad de santidad. Lo he visto en los creyentes de cualquier religión, de cualquier creencia esotérica, de cualquier fe en lo sublime más allá del mundo material. Incluso en los bebedores compulsivos. Pero también en las personas muy politizadas. Algún autor dice justamente eso, que el mayor drama del ser humano es no poder alcanzar la santidad. Se trata de un autor existencialista, claro. Diría que tanto en el comunismo como en falangismo, por poner dos ejemplos, hubo grandes ejemplos de ese deseo. (Y también los hubo de todo lo contrario, por supuesto).

El deseo de pureza nos ataca siempre y a todos. A unos les dura más tiempo, otros se vacunan enseguida y lo viven como un achaque pasajero y otros soslayan el asunto desde el principio: a veces es el deseo quien se interpone, otras la codicia, otras la pereza. Mi padre vivió una etapa muy politizada en su juventud. Tanto fue así que una vez se le acercó una mujer con intenciones eróticas y él la apartó de su vida con ese argumento: estoy enamorado de mi causa, y mi causa me exige fidelidad y entrega. No voy a revelar cuál era su causa en aquélla época, eso qué más da: mi padre murió hace quince años y su causa se la apropiaron otros. No queda nada. Todo se lo llevó el tiempo en sucesivas oleadas de nada y de dolor, de olvido, de lluvia.

El otro día reviví esos asuntos leyendo la entrevista a una joven poeta nacida hace 28 años en el Prat de Llobregat, provincia de Barcelona. La entrevista se publicó en un medio digital que se titula "Núvol". Creo que pronto volverá a existir en papel, pero los papeles que se acumulan en mi piso me previenen. Papeles, polvo, esos insectos comedores de papel y de polvo que conocemos como "pececillos de plata" jamás han sido suficientes para terminar con eso. Compro libros, emborrono papeles, acumulo papeles. La poeta, cuyo nombre es un metafísico Juana Dolores, me llevó a vislumbrar ese deseo de pureza tan raro que une a los artistas locos con los derviches y los eremitas. Juana Dolores se pierde por argumentaciones políticas en donde aparecen, mezcladas, mujeres inmigrantes arrodilladas en el suelo limpiando casas de familias pudientes, patrias medievales y atormentadas, el oficio excelso de la poesía, el comunismo en sus distintas versiones (des del comunismo libertario hasta el pragmático). Hay un deje religioso que me conmueve. Me conmueve porqué lo siento como un sueño perdido, un ideal arcádico que alguna vez vi como en el duermevela. No sé como fue, pero mi mente me llevó a dos nombres: Tristan Tzara y Arthur Cravan. Pero, inesperadamente también, poco más tarde, a Rafael Sánchez Ferlosio y a Emmanuel Carrère. Poetas, locos, idealistas. Carrère busca a Dios, luego se aleja de él, luego intenta comprenderlo a través de los textos de los santos, transita por el misterio de la piedad y la oración. Se distancia, se acerca. Como las olas.

En Cataluña existe una agrupación política llamada "CUP" que se acerca al comunismo (a una cierta versión de él, de índole libertaria) pero también se acerca al nacionalismo (¡?) e intenta una síntesis tan extraña y tan rara que soy incapaz de seguir la huellas de sus argumentaciones, si las hay o si son racionales. Creo que Juana Dolores vive cerca de esas ideas y además escribe poesías, una combinación que se me aparece como algo a medias quijotesco y a medias de Teresa de Ávila. Sí, lo sé: es fácil burlarse de esas cosas en nombre de un realismo que parece reduccionista, que limita la vida algo muy pequeñito, de euros y de propiedades terrenales. Para los que llegamos a la socialdemocracia como yo, tras cruzar varios desiertos (como el de los tártaros) y alguna selva oscura, la opción de Juana Dolores se nos puede antojar como un dulce sueño de juventud, de juventud nebulosa. Como cuando me acuerdo de aquéllos veranos, saltar desnudos al agua fría del río sin pudor y sin miedo porqué nos sentíamos fuertes, intocables, invencibles. La CUP llegó a proclamar el eslógan: hagamos la independencia para cambiarlo todo (hay un hedor nacionalista en la frase, pero eso vamos a dejarlo para otro día), que era una forma de hablar del deseo de santidad, de pureza, de lo sublime. De la Arcadia.

De la Atlántida, en definitiva: el mito platónico de la Atlántida es poderoso porque nos cuenta que hubo una sociedad bella y perfecta que se hundió en el fondo del mar. Y eso sucedió en la primera juventud de la humanidad, es decir, en la primera juventud de cada hombre. O de cada mujer. Algo tienen en común las nubes y el fondo del mar. Expresiones del agua las dos.



27 de maig 2020

Aventuras de Terenci y Juana Dolores en Cataluña

Hoy se me ocurrió arrejuntar a una extraña pareja: Terenci Moix y Juana Dolores Romero. Él murió hace años y ella es insultantemente joven. Uno nació en el Barrio Chino, la otra en el Prat de Llobregat. Terenci escribió novela y teatro, Juana Dolores poesía y además es actriz. Terenci es uno de los más relevantes autores y practicó una escritura bilingüe, brillante en ambas lenguas. Juana Dolores tiene toda la vida por delante, para escribir o para hacer lo que le dé la gana. Los dos usan la lengua que mejor les conviene como mejor les conviene, y cuando escriben en catalán no lo hacen para salvar idiomas ni patrias: piensan en escribir bien. Como debe ser.



Para leer la entrevista de "Núvol" a Juana Dolores Romero, pinchar aquí.

26 de maig 2020

Me llamo Karles y soy nacionalhólico


Dijo Karles que, si obtenía el salvoconducto de diputado europeo, volvería a Cataluña. Tampoco lo hizo: se paró en Perpiñán, con la mediocre excusa de que Perpiñán es "Cataluña Norte" a pesar de que todo el mundo sabe que está en Francia. Su historia es eso, una persecución imposible, un eterno quiero pero no puedo. Algo muy humano y, por cierto, muy español. Muy ibérico.

Alguien me contó cómo deben leerse los dibujos animados del Correcaminos y el Coyote. Me dijo: esos dibujos de apariencia infantil, repetitiva y algo burda ejemplifican la imposibilidad humana para alcanzar a Dios. Desde el momento en que lo supe no he podido dejar de verlos según esta clave interpretativa, extasiado ante una metáfora tan brillante por lo simple y didáctica que es. Todos aspiramos a algo (sublime, perfecto, bonito, feliz), a algo bello. La notoriedad, el reconocimiento, el dinero, lo que sea. Cada uno se crea su dios para poder construirse su infierno -que es lo que de verdad importa. Por algo será que la única parte interesante de la Comedia del Dante es el Infierno (lo demás es un puro aburrimiento).

El señor Puigdemont se empecina en aparentar una cierta relevancia en su largo crepúsculo. Y pienso: hete aquí, Puigdemont es nuestro Coyote. El pobre tipo hace lo imposible por parecerse a un dirigente con ideas y proyectos. Puigdemont intenta parecerse a un político que persigue algo, pero solo quiere salvarse a sí mismo.

Puigdemont es "KRLS" en Tuiter y (dicen que) "Putxi" para los amigos. Dos denominaciones más propias de un jovenzuelo bravucón que de un político -de más de cincuenta años- que aspira a transformar una región autónoma en un estado (abracadabra, pata de cabra). Visto de cerca, el expresidente regional es todavía un chavalote de pueblo catapultado con nocturnidad a la presidencia catalana por un destino caprichoso y sarcástico, que lo metió en camisa de once varas (incluso el traje azul marino le va cómicamente holgado). Si cierro los ojos le imagino de joven, en el pueblo: vacilón, chuleta y ramplón pero amigote de sus amigotes, poco dotado para los estudios y bastante refractario a la cultura. Solo hay que leer sus tuits compulsivos y trumpianos para vislumbrar el rastro del adolescente que fué, en el pueblito.

Hay algo en Puigdemont que despierta una cierta compasión. Más allá de la discrepancia que siento por el político nacionalista-neoliberal, veo en KRLS al ser humano mediano y mediocre como yo mismo, enfrentado a su estupidez y su incompetencia, la de todos. Krls es un tipo digno de ser personaje de novela cómico-pesimista centroeuropea, el soldadito Schwejk versionado para el lector catalán en la pluma Josep Maria Espinàs y cantado en verso por Núria Feliu. Del mismo modo que yo no obtendré el Nobel de literatura, Putxi jamás logrará parecerse a un político digno de mención en los libros.

Putxi no debió cruzar jamás el Llobregat, como aquellos pistoleros de las películas de Sam Peckinpah, procaces e imprudentes, que cruzan el Mississipi para caer en manos de un sheriff rufián que les lleva al cadalso.

Cuando veo las fotos de la extraña pareja Putxi-Comín dando tumbos por Bélgica no pienso en cowboys existencialistas ni en centauros, si no en Abbott y Costello. Los periplos de la pareja por el mundo a la caza de adhesiones para su causa mística contienen un mensaje enternecedor. Son solo dos tipos -dos catalanets desorientados- perdidos en el Oeste que, queriendo emular a Perceval y Galahad en la búsqueda del Grial, se quedan en payasos tristes, de cine mudo en blanco y negro. Lo dicho: humano, terriblemente humano. Y tremendamente español: es cierto, el independentismo catalán es un fenómeno muy español lo mires por donde lo mires. Podría ser un capítulo de la segunda parte de El Quijote.

Vuelvo por fin al Coyote. Un "Coyote" es, en México, el tipo que, de estranjis y previo pago, te lleva a cruzar la frontera con Estados Unidos. Krls Putxi quiso hacer el Coyote catalán y levantar una nueva frontera para cruzarla él mismo, en una extraña versión del asunto. Finalmente hizo el Coyote, pero el de Looney Tunes: el pobre tipo al que todo le sale mal y sin embargo insiste, cual Sísifo de dibujos animados que, aún sabiendo que en su insistencia y su negativa a aceptar la evidencia del desastre está el ridículo más atroz, lo repite una y otra vez.

24 de maig 2020

El bisabuelo Ladrón de Guevara, en color sepia


«Supongo que ya lo sabes: la fotografía se inventó para obtener imágenes de fantasías, para asustar o para demostrar la existencia de los espectros y otros entes maravillosos, y con la intención de mostrar la forma de los ectoplasmas», me dijo el tío Alberto. Yo asentí con la cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Pensé que, aunque hubiese asentido con el gesto, mi silencio me concedía el derecho a rebatirle más tarde. Sin embargo, no pude hacerlo: mi tío Alberto murió antes de que pudiese encontrar una respuesta buena.

De mi familia conservo pocos enseres. Unos álbumes de fotos, algunos documentos, unos pocos libros y ninguna hacienda. La hacienda no la perdí ni la dilapidé: simplemente no hubo otra herencia que la memoria, los genes y esos trastos que guardo y que se van cubriendo de polvo en un cuarto poco ventilado de mi cuadra. Mi tío Alberto tenía un bisabuelo del que solo guardo una fotografía en sepia sobre un cartón recio. Me dijo: «Este hombre que ves en color sepia se llamaba José Coronado Ladrón de Guevara y nació en Cartagena de Murcia». Debió de ser tomada algo antes de 1890. Ahí está el bisabuelo sepia del tío Alberto, el hombre sepia que es mi tatarabuelo sepia, sentado en una silla humilde, con el codo derecho apoyado en una mesita de líneas austeras sin marqueterías ni bajorrelieves, ni jarrones con flores encima de la base. El fondo es blanco, liso. Lo único que atrae la mirada es el uniforme militar del tatarabuelo, ese uniforme que es el tema y el argumento, el uniforme que atesora un montón de galones y medallas y condecoraciones metálicas orondas, grávidas, todas ellas arrebujadas sobre el lado izquierdo del pecho. Entre ellas se destacada la estrella de ocho puntas que le cubre la tetilla.

Le mostré la fotografía sepia a un amigo que entiende de las cosas militares. «¡Vaya!» me dijo, sorprendido: «Tu tatarabuelo fue teniente coronel del Ejército de Tierra de Ultramar, y una de las condecoraciones que lleva le premia por el gran número de bajas que le infligió al enemigo. Esa condecoración no se la dieron a muchos, créeme». De mi tatarabuelo, la familia solo me contó tres cosas: que era muy buena persona, que estuvo destinado en las Filipinas y que los criados nativos le querían muchísimo, le adoraban. Y tanto fue así que le lloraron amargamente cuando les abandonó para regresar a España, mucho antes de la debacle.

Cuando todos mis ancestros hubieron muerto y yo me vi en el último tercio de la vida, se me ocurrió investigar sobre el tatarabuelo en sepia. Investigué en los archivos militares, en las bibliotecas, en las hemerotecas. La tarea no resultó fácil. Tuve que pasar por varios y pequeños viacrucis burocráticos, por detectores de metales, por peajes de varias clases. Al fin, un día di con el expediente militar y la fotografía del militar José Coronado, nacido en Cartagena de Murcia y mandado a las Filipinas cuando era solo un cabo de segunda. José Coronado ladrón de Guevara pertenecía, en 1863, a un regimiento de infantería acuartelado en Guadalajara, y embarcó hacia la colonia oriental en el puerto de Santander el día 5 de octubre de aquel año por orden del general Ros de Olano, marqués de Guad-el-Jelú. Contemplé su foto. Me quedé pasmado. Mi José Coronado ancestro no era aquel José Coronado de los archivos militares y fiables. Ni su aspecto ni su edad ni nada de nada coincidían con la foto heredada. Si el José Coronado de los archivos militares era el verdadero, cosa que resulta difícil de dudar o de rebatir, la foto de mi tatarabuelo, ese teniente coronel sepia y tan condecorado, solo podía ser la foto de un suplantador, de un bromista o de un farsante.

Entonces, perplejo y desconcertado, recordé que entre los trastos heredados, disponía de otra foto familiar, la de un pariente desconocido que emulaba a Fu Manchú en los primeros años de la posguerra de Franco, y que daba funciones privadas de magia de tres al cuarto en su domicilio del barrio barcelonés y pobre de la Ribera, funciones que, según me había contado mi tío Alberto, siempre terminaban recitando versos del poeta americano Edgar Allan, algo que desconcertaba pero a la vez encandilaba al respetable. «Tu pariente, el falso Fu Manchú, y Allan Poe solo tenían en común la dipsomanía», susurró mi tío. Las funciones de magia y prestidigitación terminaban en un aquelarre dionisíaco. Y tras una pausa añadió: «Cuando seas más mayor te contaré lo del dionisíaco».

Hace poco tiempo descubrí, pasmado, que la mirada del tatarabuelo en sepia es idéntica a la mía.