29 d’abr. 2020

El catalán y la nostalgia de Andalucía


Alguien, a quien no conozco de nada, comparte el mensaje siguiente (cito de memoria): "Llevo 30 días como un andaluz, sin pegar golpe". Se refiere al confinamiento, por supuesto: el virus le habrá dejado en el paro o teletrabajando, infiero. Creo que eso apareció en Twitter, plataforma que se presta como ninguna a la ocurrencia insultante o al exabrupto. Sobra decir que el mensaje se escribió en la lengua de Espriu.

Por el efecto multiplicador (vírico o viral) de las redes, este mensaje lo leo en Facebook, reproducido por otro alguien, a quien tan solo conozco por esta última red "social". De modo que la estupidez original genera una enormidad de lecturas y, por supuesto, de comentarios. Aunque no dispongo de datos, es probable que el confinamiento haya aumentado el uso de las redes, de modo que el infeliz habrá conseguido llegar a multitud de hogares.

Hay algo gratuito y estúpido en la ocurrencia, algo que ni tan siquiera vale la pena comentar. A mi me interesa comprender qué medio ambiente facilita la aparición de semejantes frases. Me parece increíble que en 2020 siga funcionando un tópico tan burdo (los andaluces son perezosos) que no se soporta con argumentos ni con datos. Basta un solo detalle: según un estudio del empresariado, en Andalucía se produce menos absentismo laboral que en Cataluña. Aunque en realidad este tipo de afirmaciones no deben rebatirse, pues parten de una idea que no merece atención alguna. Pero volvamos a la pregunta ¿qué entorno mental favorece este tipo de ideas? ¿qué permite que estas ideas se divulguen?.

Sin embargo, uno, que es aficionado a hacerse preguntas, enseguida encontró otra pregunta: ¿no será que el subconsciente de este señor está expresando su deseo de ser andaluz?. Es la misma pregunta a la que llegué tras leer, atónito, un párrafo del señor Torra en el que, para referirse a los castellanohablantes, les llama "bestias humanas". En aquel momento me di cuenta de que el señor Torra estaba expresando, posiblemente, otro mecanismo subconsciente: su deseo de conectar con la "bestia" que lleva dentro, este ser impulsivo, irracional y presa del deseo que llevamos metido bajo capas de aculturación, escolaridad y corrección política. Viendo a Torra, su trayectoria personal y laboral, su beatería, su sensibilidad reprimida y pequeñoburguesa, más bien tiendo a creer que Torra siente nostalgia de la bestia humana que reprime desde la tierna juventud, cuando empezó su historial de catequesis, nacionalismo y misa joven. Y lo mismo opino del señor que escribió sobre sentirse como un andaluz tras 30 días confinado: lo que le gustaría, secretamente, es ser andaluz en vez de catalán. Algo que comprendo perfectamente. A mi se me ocurre Cádiz, en donde sin duda sería bastante más feliz que en Barcelona.

Hace muchos años, el poeta Gabriel Ferrater habló de su deseo de ser "como" un charnego. Ignoro a qué se refería en concreto con esa nostalgia de lo que no fue, pero lo puedo intuir. Ferrater hablaba, posiblemente, de conectar con su lado intuitivo, pasional, con su deseo. Eso debía pensar de los charnegos: que eran más libres, más sueltos y, en definitiva, más felices. Aunque resulta muy intrigante la formulación de la frase: este "como" un charnego que permite la especulación.

Oscar Wilde lo escribió de otra forma, hace muchos años: me arrepiento de lo que no he hecho. Es decir, me arrepiento de lo que no soy.

También Albert Boadella dejó algo relevante al respecto. No hace mucho, el dramaturgo dijo que el catalán (la lengua catalana) produce infelicidad en sus hablantes. Para comprender eso no hace falta darle muchas vueltas, puesto que es una obviedad. El catalanohablante pasará toda su vida lamentando, protestando, quejándose una y otra vez. Hablar una lengua minoritaria le llevará a la paranoia catalana, a sentirse pequeño y oprimido por monstruos imperialistas, a tomarse el hecho de hablar como un acto no ya de comunicación entre personas sino como una reivindicación permanente, una tarea fatigosa y cansina, una lucha inútil y perdida. Aunque la vida misma sea solo eso, una lucha perdida de antemano y además inútil --por usar la expresión de Sartre--, el catalanohablante solo será capaz de ver la versión catalana de la pasión inútil, la versión comarcal, pequeña y pueblerina. Es inevitable que, en el rincón oscuro del nacionalista catalán habite la nostalgia de haber nacido andaluz. Eso explica muchos fenómenos.

Eso debe explicar, también, la cantidad creciente de catalanes que, en estos tiempos, nos planteamos emigrar a Andalucía. Ya son varios los compañeros de trabajo que he tenido, nacidos en Cataluña que, tras jubilarse, agarran sus cosas y se compran un pisito en Granada, en Cádiz, en el Guadalquivir, en Grazalema. Quienes disponen de raíces o ancestros en otras partes regresan a ellas. Quienes, como yo, no disponen de eso, solo esperamos llegar a un lugar que sea, por fin, el lugar en donde vivir mejor, lejos de nacionalistas, de vigilantes de la lengua que hablamos, de prescriptores de la correcta nacionalidad, de guardianes de las esencias patrias, de paranoicos auspiciados por un poder enfermo que alienta su trastorno narcisista.

Muchos queremos regresar por fin al hogar en el que nunca estuvimos, y del que lo único que sabemos es que no está en Cataluña.

28 d’abr. 2020

Amalia Domingo y los espiritistas

Por primera vez en este colección de reseñas, hoy les hablo de una escritora y no de un escritor. La autora escogida es Amalia Domingo Soler, que conocerán pocos. Nacida en Sevilla en 1835, es una de las referencias fundamentales de la literatura espiritista española. Desarrolló su obra en Barcelona y luego se la tragó el olvido y las sombras. Por eso me parece sugerente rescatarla. Es cierto que el espiritismo trata de la muerte y vamos sobrados de muerte en estos días, pero también es cierto que el espiritismo y el más allá tratan de esperanza.

26 d’abr. 2020

"Tot anirà bé", dijo Míster Torra

foto de Manel Concernau Robles.
Todo irá bien. La frase ha aparecido en muchas ventanas catalanas. Está escrita con letras azules debajo de un gran arcoiris. Algunos le añaden sus detalles personales: unos pájaros volando, unas flores primaverales y muy coloridas, una mariquita, rostros sonrientes. Es obra de niños, a juzgar por su factura. El cartel está pegado mirando hacia la calle, para mandar el mensaje a los escasos transeúntes, camino de la tienda de comestibles o en su errático discurrir tras el perro que les permite el paseo. O para el vecino de enfrente, encerrado detrás del cristal, convertido en voyeur involuntario.

Todo saldrá bien, que es equivalente a "Todo terminará bien". Por supuesto: todo tiene un final y este, sea el que sea, siempre es el mejor en tanto que es el posible, el único. "Todo irá bien" es lo que le dijo el espermatozoide ganador al óvulo, sin mirar atrás y sin pararse a pensar en los millones de congéneres que morirían poco después.

Más allá de este optimismo pueril y de apariencia escolar, de escuela de primaria, la frase y sus colores parecen sugerir algo relativo a lo colectivo, a la esperanza común y, en cierto sentido (o al menos así lo veo yo) a la solidaridad, lo colectivo. Sería absurdo imaginar que el mensaje solo desea un final feliz a quien lo escribió, o exclusivamente a los habitantes que están tras esa ventana.

Otras frases que hacen fortuna: la oficial "Este virus lo paramos unidos" y la espontánea "De esta saldremos mejores". En ambos casos, el mensaje habla de lo colectivo, o eso creía yo. Sin embargo, en el caso de la segunda, parece ser que en Cataluña sufre de una interpretación espuria: algunas autoridades autonómicas le han añadido algo: "mejores que tu". Es decir: los catalanes somos mejores que los españoles. Es casi impensable por lo atroz, pero ahí está. Lo ha dicho con todas sus letras una vicepresidenta regional y subyace bajo cada declaración de consejeros varios e, inevitablemente, del presidente de la cosa autonómica. El gobierno regional no pierde la ocasión, y eso es casi una patología, una manía que distorsiona su pensamiento y embota las ideas. Luego se extrañan (o niegan) que la imagen del catalán, en España y en el resto, sea la de una persona egoísta y antipática.

Ayer, camino del Mercadona, hice algunas fotos de la calle. La basura se acumula al lado de los contenedores. El confinamiento nos produce efectos variados y, por lo visto, a muchos les da por tirar trastos viejos, cambiar el colchón y deshacerse de la butaca carcomida. Sospecho que es una actitud masculina, de hombre que pasaba poco tiempo en casa y ahora, dueño y señor del espacio doméstico, actúa al dictado del reyezuelo que le habita. Otros detalles: la cantidad de guantes de látex tirados por las aceras dibujan recorridos que se pierden, como las piedrecitas que soltaba Pulgarcito. Más: los paseadores de perros han olvidado, mayormente, recoger las cacas de sus canes. Al fin y al cabo no hay nadie en las calles y nadie les ve. Nada nos indica que los catalanes seamos mejores que nadie. Podríamos ser mejores personas, mejores versiones de nosotros mismos, pero esto tampoco sucede. Parece más bien, en definitiva, que el egoísmo funciona.

Siendo así ¿a qué obedece el mensaje de superioridad cultural (o incluso étnica) que promueve el gobierno regional?. Su actitud no solo es egoísta y antipática, también es profundamente desleal con el resto del país. Siendo esos valores tan negativos, ¿cómo es posible que se arriesguen a promover un discurso autista y sin rastro de empatía?. ¿Cómo se explica que ese discurso cuaje en muchos ciudadanos?

Para llegar aquí hacían falta alforjas, y esas alforjas se han rellenado a conciencia durante décadas. Casi imposible saber cuándo empezó todo, y cada uno tiene sus hipótesis: el carlismo, el nacionalismo del XIX, Jordi Pujol, etc. La solución del enigma, como siempre, es la más compleja: es la suma de todo. Pero sin duda los gobiernos autonómicos a partir de la Transición no han dudado nunca en ahondar en la diferencia. ¿Cuántas campañas identitarias recuerdan ustedes? Yo, muchas. Algunas más sutiles que otras. Y luego está la Tv3, convertida en órgano de propaganda indisimulado y cada vez más osado, más desafiante. Yo crecí en este caldo de cultivo nacionalista y a veces no me explico cómo salí inmune puesto que yo, con apellidos catalanes y familia de tradición catalanista, tenía enormes posibilidades de caer enfermo de nacionalismo y de odio. Lo combatí siendo crítico y, sobretodo, denunciándolo. Quizás denunciándomelo a mi mismo por algo así como un imperativo moral. Llevo casi diez años en ello.

Para llegar aquí hacía falta un largo trayecto previo, y asimismo un largo historial de dejadez y permisividad por parte del Estado. Parece que ahora sea tarde, pero si nos atenemos al "Tot anirà bé" quizás no lo sea. Aunque se debe actuar, por supuesto. El nacionalismo catalán aprovecha la situación para profundizar en su mensaje de odio y de diferencia, y del mismo modo el Estado debería aprovechar el momento para profundizar en la solidaridad, la unidad y lo común. En la lealtad que nos permite avanzar, encontrar caminos. El momento es favorable a las dos opciones, pero se debe actuar para que prospere la ilustrada, la democrática, la empática.

De lo contrario se les regala el triunfo a la grosería permanente del señor Torra y a la vulgaridad ofensiva de la señora Budó.
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La ilustración de la cabecera es de Manuel Concernau, a quien le agradezco la idea y su realización



24 d’abr. 2020

Durruti y Arnal, una historia española

Esto trata de un cura que fue amigo de Buenaventura Durruti, de la "memoria histórica", de la guerra de nuestros abuelos, de dos libros y de más cosas. Entre ellas, el país de Bélgica, en donde pasó un tiempo Durruti, otro ilustre español que vivió allí, como el señorito Puigdemont.

22 d’abr. 2020

Juan Marsé y los señoritos de mierda

"Ronda del Guinardó" fue mi puerta de entrada a la obra de Juan Marsé, aunque algunos años antes de escribir la Ronda del Guinardó había definido a los "señoritos de mierda", una especie que se renueva en cada generación. La puerta de salida no la he encontrado, ni falta que me hace.