26 de nov. 2018

Ulises cuando era niño

Resultat d'imatges de la odisea para niños

Llegó un niño nuevo a la escuela, en mitad del curso. Tiene ocho años. Vamos a suponer que se llama Khalid. Estamos en la isla de Chipre, esa que tiene forma de gota de agua que lleva el viento del noreste. O de lágrima que desciende en diagonal por una mejilla recostada y azul, azul como la mano del grumete.

La familia de Khalid apareció una mañana en la playa. Atrás dejaron una barca hecha añicos pero que, a pesar de todo, les había conducido hasta la costa de Chipre, en el lado griego. Atrás dejaron, también, una vida: su casa, su tierra, sus ovejas, sus amigos, su calle en donde jugaba, el balón con los colores de la Juve, los juguetes, los libros, la tacita en donde Khalid se tomaba su leche por la mañana. Todo eso quedó atrás, a unas millas marinas de distancia. A años luz de distancia. Khalid vivió, hasta ese día que amaneció en una playa como un delfín varado, como una ostra que la marea trajo, en un país en donde hay una guerra entre musulmanes a la cual acuden a bombardear unos cristianos.

Las autoridades griegas de Chipre se hicieron cargo de Khalid y lo escolarizaron. En una escuela en donde se habla en griego. En esta escuela, los niños de su clase leían un libro que se titula La Odisea, y Khalid, con la ayuda de sus compañeros y sus maestros, también lo leía. En esta escuela, cada niño tiene su ejemplar de "La Odisea" y lo leen en casa, para poderlo comentar al día siguiente en lo que llaman la tertulia dialógica. Khalid sintió enseguida que ese libro le emocionaba, que ese libro griego y muy antiguo le hablaba.

Pasaron los meses y luego los años, unos pocos años. Los caprichos de la guerra en su país hicieron que, en su ciudad, la guerra se apartase y se fuese para otra parte, como lo hacen las tormentas, las epidemias y las empresas extractoras: una vez han  devastado algo, se largan a un nuevo territorio. Su región había reencontrado la paz. Los musulmanes ya no luchaban allí por la mañana y los cristianos ya no les bombardeaban por la noche. Así que sus padres se propusieron volver.

De modo que, un día, Khalid se despidió de sus compañeros y de sus maestros y les contó, radiante de felicidad y de alegría, que regresaba a su casa y a sus ovejas, a su calle, a su balón de la Juve. Nadie sabía qué se iban a encontrar, que quizás la casa estaba medio quemada, que quizás había aparecido en su fachada una gran ventana nueva y ovalada, la que abrió un obús cristiano durante una noche. Pero estuviese como fuera, esa era su casa.

La familia de Khalid se estaba preparando para partir cuando el niño pensó que quería llevarse algo de su vida en Chipre y salió zumbando para la escuela antes de subirse al barco que le llevaría de vuelta a casa.

Llegó sudoroso a la puerta de la escuela y, sin resuello, preguntó por su maestra. Le pidió que le dejase llevar su libro preferido, "La Odisea". Quería el ejemplar que leyó. Ese libro griego y antiguo que él sintió que le hablaba, y del que llegó a pensar que ese libro había viajado a través de miles de años para que el, Khalid el extranjero que llegó en una barca, fuese su lector. Pensó que ese autor griego, antiguo y ciego, lo escribió pensando en un niño lector que lo leería miles de años más tarde en una islita que tiene forma de lágrima.

La secretaria de la escuela le preguntó a la maestra: ¿Y... como sabremos cual es el ejemplar que leía Khalid?. No te preocupes, le respondió la maestra, no hay posibilidad de equivocarse. A lo largo del curso en que Khalid leía "La Odisea", subrayó todas las palabras griegas que significan "hogar". Solo tengo que buscar ese libro.

22 de nov. 2018

El 20N con el Tercio de Montserrat

La escultura del monaguillo (memoria escultórica de una historia muy triste) que recauda donativos está a pocos metros de la bandera del Tercio de Montserrat, que la milicia falangista catalana donó a la Abadía de Montserrat tras ganar la guerra. Y ambos al lado de la imagen de la Moreneta.
¿Qué se venera en Montserrat?


El mismísimo martes 20 de noviembre nos fuimos de excursión escolar a visitar la montaña y la basílica de Montserrat con los niños y las niñas, todos de familia musulmana. Del mismo modo que visitamos la mezquita en septiembre, o museos y parques varios. Y otras instalaciones del bendito país. La educación consiste, entre otras cuestiones, en ampliar las miras, conocer lo lejano e interactuar con ello. A la excursión a Montserrat se apuntaron algunas madres y un hermano mayor. Ellas con el velo y sus abrigos largos, él con sus rasgos y su gesto. El día fue gris y aciago, y la montaña se encontraba sumida bajo un manto de niebla que la dejaba ensimismada y cabizbaja.

Había algo irreal en manejarse por este paisaje brumoso, como estar flotando en medio de una nube que impedía la visión a pocos metros. Las siluetas de las esculturas (santos, monjes, monjas, reyezuelos) mostraban su perfil más siniestro, como fantasmones procedentes de una dimensión paralela y más atroz. Alegorías de la muerte, de la pederastia, de la tristeza. Una de las madres musulmanas, viendo la representación del Cristo agónico, me dijo: "Pero... ¿qué le hicisteis a vuestro profeta?". Lo dijo con cierto estupor, quizás amedrentada en exceso por la presencia, glacial y turbia, de esa niebla blanca, pegajosa, esa extraña argucia de Dios para confundir o asustar a creyentes, infieles, descreídos con flojera y ciudadanos en general. Ni un comunista ateo de toda la vida sería insensible a la niebla que envuelve los lugares sagrados.

Nos pusimos en la cola para visitar a la virgen. Unos ciento cuarenta niños musulmanes en medio de un sinfín de japoneses, centenares de japoneses, incontables japoneses (la niebla sumía en la tiniebla blanca a la hilera de personas, la convertía en infinita). Me pregunté qué podría provocar en la mente de la madre musulmana que se sorprendió ante el profeta torturado esa manifestación japonesa tan masiva. La cola para visitar el cambril de la Moreneta avanza muy despacio. Uno se va fijando en las pinturas y los esgrafiados, en donde aparecen personajes con turbante, al fondo y a la izquierda, cayendo muertos ante unas murallas, y ante el embite de un rey cristiano de cuyo nombre no me acuerdo. Se me ocurrió rezar para que los niños no viesen a los moros muertos en una pintura que decora un templo, y mi plegaria fue atendida por Dios.

A veces funciona.

Ascendimos por las escaleras que llevan ante la imagen. La luz es cada vez más mortecina y el pasillo más estrecho. En el último rellano, a muy pocos metros ya de la Moreneta, hay una gran vitrina. dentro de la cual, la bandera del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, que le fue ofrendada al abat tras la guerra y el abat, displicente, la situó cerca de la Virgen Santa. Salve Regina, Virolai Vivent. Ahí está.

Para que luego digan sobre el franquismo y Cataluña y España y blablablá, que todos los españoles eran franquistas y todos los catalanes, buenos, democráticos y blablablá. Se debe recordar que el franquismo lo sufrimos todos los españoles, no solo los catalanes. ¿Se debe recordar eso? Quizás se debería recordar que no todos los catalanes sufrieron el franquismo, ya que algunos lo pasaron muy bien durante la dictadura. (Y algunos de esos algunos están en el partido del Sr. Torra, o en el del beato Junqueras).  Pero volvamos al asunto: la virgen está encerrada dentro de una urna. No una urna para depositar votos ni una urna para guardar cenizas de muertos: un cristal la protege, como a los votos, como a todo lo que es sagrado en Cataluña. Hacía décadas que no estaba allí y no recordaba la urna de cristal que protege a la estatuilla. Una estatuilla que, por cierto, vi algo desmejorada y (aleluya) sin ese lazo amarillo que dicen que le puso alguien tiempo atrás en el dedito de la diestra, la que sostiene el orbe. Vaya ahí el dato: los monjes de Montserrat no deben tolerar los lazos, porqué no vi ni uno solo en todo el recinto.

A veces pasa.

Pero... (¡Ay, ahí esté el "pero" ineludible). Pero una de las niñas me cuenta que, en el interior del templo, al pasar ante una feligresa, ha escuchado como esa le espetaba: "No me gusta que vengan aquí los musulmanes". Yo le respondo algo sobre la ignorancia y su pequeñez, sobre la nula importancia de una opinión individual. Creo que la niña entiende mi respuesta. A sus once años -pero también antes- uno debe estar preparado para afrontar la estupidez que campa por el mundo y que puede albergarse en un templo, de la religión que sea: hay una tremenda igualdad entre los dioses, así como entre los hombres: la insensatez es muy democrática. A la vuelta, me abstengo de comentar la anécdota de la bandera del Tercio de Montserrat entre mis colegas. ¿Para qué mencionarla? ¿Con qué objetivo? ¿Con qué pretensión de validez? Tengo la suerte inmensa de vivir en un ecosistema laboral en el que hemos consensuado -sin debates- soslayar el asunto nacional y nacionalista, lo cual es casi casi casi... Casi un milagro.

A veces suceden.

18 de nov. 2018

En el Purgatorio se habla catalán

Resultat d'imatges de purgatorio

De repente, se me vino a la mente aquella frase que no recuerdo quien diablos dijo: "Hay un cielo, y está en la Tierra". La verdad, no se en qué lugar de la Tierra podría situar el Cielo: ¿en un paraíso fiscal? ¿En Dinamarca? (No lo creo, hace mucho frío, un factor que contrapesa la tanta política socialdemócrata). Andorra es poco celestial, aunque a la família Pujol se lo pareciese. Se me ocurrió la réplica: "Hay un purgatorio en la Tierra, y se llama Cataluña".

Decir que Cataluña es el Infierno sería una exageración desmedida, como decir que los políticos nacionalistas de acá son nazis: a lo sumo, son aprendices, nada más que becarios. El infierno quizás está en el Yemen bombardeado por los amigos árabes, en el Afganistán en guerra permanente, en la Libia, en la Palestina. Eso se parece más al infierno. Cataluña, sin embargo, se parece más al Purgatorio, que es lugar de penitencia, contrición y suplicio suave, con mesura. Como todo lo catalán: con mesura, sin pasarse. La propia sardana tiene algo de baile penitencial, ridículo, con las pertenencias amontonadas cual pequeño vertedero de residuos enmedio del círculo. Como la barretina, que es el gorro más ridículo jamás pergeñado por la mente de un diseñador de gorros. Como la literatura catalana en catalán, pobre y anémica, caricatura de la literatura universal.

El otro día vi al presidente cantando, en sede palaciega, "L'hora dels adéus", enlazando sus manos con otros. Un ejercicio de nostalgia vacía, rememorando cuando era un chavalillo con pantalones cortos y de pana, cuando ya tiene la frente arrugadita, como la pana. Solo en el Purgatorio es posible un presidente así. Hace un tiempo, el dramaturgo Albert Boadella dijo que la lengua catalana crea infelicidad. Fué una de sus boutades, una provocación. Pero quizás solo fue una boutade aparente, quizás no era una provocación. Puede que sea así, y eso reforzaría la hipótesis purgatorial. Me gustaría recibir testimonios de eso para reforzar la formulación de la hipótesis ¿es el catalán la lengua del Purgatorio?

Hace unos días, sentado en una mesa con siete alumnos de origen magrebí, debatíamos sobre cierta cuestión estética y buscábamos propuestas. Cuando se dirigen a mi lo hacen en catalán, y cuando se lo cuentan entre ellos, en otra lengua. ¿El árabe? ¿El amazig? No. El español. Entre ellos hablan en español. Esa es la lengua vehicular que funciona entre ellos, la lengua de encuentro, la compartida, la reconocible. La lengua común es el español. Creo que, cuando se dirigen a mi en catalán, lo hacen así porqué saben que esa es la lengua de la institución, la que toca. Pero no la que mejor les va. Si entre ellos hablasen en árabe pensaría que, como es muy natural, recurren a la lengua materna. Pero sin embargo no es así: recurren al español. Que cada uno piense lo que crea más oportuno, pero eso es una evidencia. Las cosas son así, no me invento nada. Lo que cuento es empírico. Creo que cuando se dirigen a mi, en catalán, saben que deben hacerlo así por la normativa vigente, la ley y todo eso. Porqué esa es la ley del Purgatorio. Sus padres eligieron (sin saberlo, me temo) emigrar al Purgatorio. Los niños y las niñas aceptan la realidad, renuncian: son estoicos en estado puro. Pero saben.

Que los niños y las niñas hablen español en el patio del cole es algo aceptado: hay un deje estoico, también, en los políticos del Purgatorio catalán. Que lo hagan en las aulas, cuando hablan entre ellos, es otro asunto. Es algo más profundo. Yo podría supervisar, prohibir, reprimir: pero ¿para qué? ¿Quién puede ponerle puertas al campo? Sin embargo cumplo con mi función: les recuerdo que la lengua de la escuela es la que es. Se lo repito. Ellos me miran, asienten. Obedecen. Obedecen durante diez o quince segundos. Luego vuelven a lo suyo. ¿Puertas al campo?

El otro día leí un artículo en El Periódico firmado por Jenn Díaz, diputada por ERC en el parlamento catalán. ("Jenn" es la apocopación de Jennifer, tal como usted suponía. Jennifer Díaz Ruiz). La diputada dice, en su artículo en la prensa, que en Cataluña hay una cultura que se expresa en idioma español, y que debe ser respetada. Lo dice en noviembre de 2018. ¡Bienvenida al mundo, Jenn! Más vale tarde que nunca, Jenn. Tu amiga Bel Olid no se ha enterado de nada todavía, ella vive en su Neverland cuya capital es, quizás, Waterloo, por lo menos. O algo peor. Celebro que Jenn haya descubierto un fenómeno llamado "realidad", que podríamos definir (aunque eso es muy difícil) como el conjunto de las evidencias empíricas y demostrables compartidas por la mayoría. Jenn ha descubierto que en Cataluña hay quien escribe en español. Quien canta en español. Creo que Jenn quería referirse a Rosalía, la cantante que ha dado al traste con la bromita indepe del pueblo imaginario de Sant Esteve de Les Roures, ya que la artista nació en Sant Esteve Sesrovires. Y no solo eso: Jenn también ha decidido que esa evidencia debe ser respetada. Creo que el descubrimiento de Jenn demuestra mi hipótesis: Cataluña es el Purgatorio. Quizás estaría bien que Jenn hablase con Laura Borràs, la consejera de cultureta. Por lo de las subvenciones a la cultura, que son pocas pero solo atañen a quienes se expresen en lengua catalana.

Bueno, sea lo que sea, creo que debemos ir recogiendo pruebas de que haber nacido en Cataluña es algo así como un castigo pero algo menos. El Purgatorio. Aunque no soy muy de misa, creo que eso del Purgatorio existe. Y tiene grados: en Gerona es más duro, más estricto. En Barcelona algo menos  severo y, en Tarragona, más dulce. En función de los pecados cometidos en la vida anterior, uno cae más al norte o más al sur del Purgatorio cuando, tras la muerte, nuestro Señor le sitúa en una latitud u otra del mapa purgatorial catalán. Hay un Purgatorio, sin duda alguna. Creo que yo pequé bastante. Pero no mucho: de haber sido mucho, habría nacido en la ciudad de las flores y las moscas de San Narciso, como el prófugo Karles.


14 de nov. 2018

Esperar al amanecer en Cataluña (del Diario de un unionista)

Resultat d'imatges de portal de llarena en sant cugat

Lo que se cuenta a continuación sucedió, hace dos días, en sede parlamentaria (o pseudo-parlamentaria, ya que sucedió en el Parlamentet regional catalán): la oposición pregunta:
-¿Cuántos menores inmigrantes durmieron la noche pasada en las comisarías de los Mozos de Escuadra por falta de plazas en los centros de menores?
Y el gobierno responde:
-Cero.
A lo que la oposición rebate:
-Según fuentes de los Mozos de Escuadra, ayer durmieron en dependencias policiales 15 niños.
Entonces, el gobierno lo niega, con el siguiente argumento:
-No es cierto: hubo 15 menores en sedes policiales, pero llegaron a las comisarías a partir de la una de la madrugada. De modo que no durmieron en las comisarías, solo esperaron al amanecer en comisaría, ya que cuando uno ingresa más tarde la una no duerme, solo espera el amanecer.

La respuesta es digna de Groucho, pero es la respuesta oficial de un conseller de la Generalitat. Este es el nivel que tenemos. De modo que ya lo sabe usted: si usted vive en cataluña y se acuesta más allá de la una de la madrugada, que sepa usted que no va a dormir, solo espera el amanecer. Yo mismo, por ejemplo, acabo de descubrir que muchas noches en las que me acosté tarde (por motivos de trabajo, de mal de amores, de inspiración literaria o incluso pictórica, de insomnio o incluso de jolgorio, muchos años atrás) resulta que no dormí, aunque esa era mi pretensión tardía. Solo esperaba el amanecer, que no es lo mismo que dormir.

Hace muchos muchos años, y en un país que era este pero parecía ser otro, me quedé ensimismado en un balcón del Pirineo contemplando las estrellas. Era la noche de San Lorenzo. La verdad es que vi apenas dos meteoros, pero mi fe me mantuvo allí, con los ojos como platos, hasta más allá de las tres. Me levanté a las ocho y dije: he dormido cinco horas. Ahora descubro que mi frase era incorrecta: debí decir "he esperado el amanecer durante cinco horas".

Con eso queda casi todo dicho sobre la sensibilidad de los políticos del gobierno catalán hacia los menores inmigrantes (casi todos marroquíes) que llegan a Cataluña, la tierra de acogida. Con eso queda todo dicho sobre el gobierno catalán. En su mundo de estrategias para alcanzar la república, ¡qué importan una quincena de chavalillos moros! Lo nuestro es mucho más importante. Muchísimo más. Como me dijo hace un tiempo una independentista de tomo y lomo: "tu no entiendes la verdadera dimensión de lo que está sucediendo, porqué es tan grande y tan importante que tu cabecita no lo puede comprender". Sin embargo, mi cabecita limitada, despacio y paso a paso, va comprendiendo la verdadera dimensión de lo que nos sucede.

¡Todo es tan confuso, tan raro, tan trágico, tan cómico a veces, tan grotesco...! Hoy he leído que los CDRs de Sant Cugat del Vallès han cubierto de pintura amarilla la entrada al bloque de pisos en donde reside el juez Llarena. En este bloque residen él, su familia, y unas cuantas familias más. Los CDRs han grabado su hazaña revolucionaria en un video y lo han colgado en las redes. Lo han difundido bajo el epígrafe "Tombem l'estat" (Derribemos al estado). No tengo noticias de que, a lo largo y ancho de la historia, se haya derribado a ningún estado con tres botes de pintura amarilla, pero eso debe ser por que soy un mal catalán y no me doy cuenta de la magnitud, de la trascendencia del acto de lanzar tres botes de pintura amarilla contra la puerta de un bloque de vecinos. Ya me perdonarán: ser un mal catalán conlleva déficits cognitivos como el mío.

La pintura amarilla en el portal de Sant Cugat, así como las tres latas que la contenían, serán retiradas por operarios u operarias (públicos o privados, chi lo sa) que no comprenderán nada del suceso, como yo. Serán personas con cero apellidos catalanes de pura cepa. Quizás inmigrantes, o currantes de los pueblos de al lado, todos ellos con sueldos ínfimos. Deberán esforzarse en limpiar la pintura de los jóvenes revolucionarios de la Cup local, y es probable que la tarea les impida acostarse antes de la una de la madrugada. Gracias a los revolucionarios de la Cup, es muy probable que, este noche, en vez de acostarse tarde, se tengan que limitar a esperar al amanecer. Eso les pasa por haber caído en Cataluña. Ya es mala suerte.

11 de nov. 2018

Javier Pérez Andújar y los quinquis


Uno de los libros más queridos que he leído es "Paseos con mi madre", un libro que me enseñó a amar la escritura de Javier Pérez Andújar. He leído otros debidos a su prosa, pero ninguno superó la emoción y el conocimiento que me proporcionó este. Seguí a Pérez Andújar por las crónicas parlamentarias de El País, y a día de hoy las columnas de El Periódico.

Debo decir que no todos los artículos del autor cumplen las expectativas que uno ha puesto en él, pero a veces pasa. El sábado 10 de noviembre publicó "Los quinquis" y se renovó el milagro. Ahí está de nuevo la magia, el verbo hecho carne, hecho verdad. "Verdad" es, quizás, la palabra que más me repito cuando intento hablar de Javier Pérez. Verdad y mala leche y algo de resentimiento. El resentimiento bien entendido es la semilla de la gran literatura. Pérez Andújar reivindica la cultura popular, los tebeos y los bolsilibros, pero su prosa es magnífica, de vuelo alto, de imagen sorprendente, de comparación sublime. Aunque debo decir más cosas: intuyo en Javier Pérez algo de una pereza que entiendo porqué la comparto. En "Los quinquis" se menciona el asunto: la concisión es un valor. Escribir poco y concentrado. A Marx y a Engels les bastó con un solo manifiesto. Moisés dijo todo lo que quería decir en diez frases (y algunos proponen quedarse solo con dos, en un ejercicio de concisión extrema). Javier no escribe mucho, pero quizás lo suficiente.

Escribo ese homenaje a Javier Pérez porqué tenía pensado escribir algo sobre los narcopisos, sobre el barrio chino de Barcelona. A tenor de las noticias que aparecen de repente, y que uno no sabe interpretar muy bien. ¿Es una maniobra de los de siempre contra la alcalde Colau? ¿Qué verdad hay cuando se habla sobre la "inseguridad" en el Raval? ¿A quién beneficia eso? Ahí: ¿quién sale ganando con eso?  Y ¿cuánto gana el que sale ganando? La lectura de "Los quinquis", en El Periódico del día 10 me ha hecho olvidar mi intención: yo jamás escribiría algo mejor, así que mi ejercicio de concisión es ese: no escribir sobre el asunto. O escribir una reseña sobre su artículo. Una reseña de un artículo en la prensa es un comentario prescindible, una anotación en un diario personal, privado: "Hoy leí lo que dice Javier Pérez de la lucha contra los narcopisos del barrio chino". Punto final. Javier Pérez reúne, en las pocas líneas de su columna, a Tolstoi, a sus recuerdos infantiles en San Adrián, a los ya citados Moisés y Marx, al evangelista Mateo. Inténtelo usted, en 50 líneas, y pretenda, además, contar la verdad. Es decir, su verdad. Lo que para usted es lo verdadero, que no es lo mismo que la verdad. Yo no puedo hacerlo, lo confieso. O por lo menos: no puedo hacerlo mejor que él. Insisto: Javier Pérez es el mejor escritor catalán del siglo. Digan lo que digan la consellera Borrás y sus amigos del grupo Koiné.

¿Qué está pasando en el barrio chino, ese barrio que ahora se llama "Raval"? Bueno, la respuesta es muy sencilla: cuando a uno le quitan las pocas certezas que tiene, las cosas empeoran. Aquí y en la Conchinchina. Si el trabajo disminuye y es más precario, si te pueden echar del piso en cuanto les de la gana a los señoritos, si las leyes no te protegen, si la cosa se pone muy fea... ¿tiene sentido preguntarse por qué vuelven los quinquis? Incluso preguntarse: ¿vuelven?

En los 80, esa época lejana que dicen que vuelve, los quinquis me quitaron el reloj una vez, y otra una calculadora que llevaba para un exámen de matemáticas. De mi casa al Insitituto San José de Calasanz (el que ahora se llama Moisès Broggi, porqué cambia de nombre quien puede, quien se lo puede pagar) había 200 metros. En esos 200 metros me mangaron la calculadora. Hicimos un trato, el quinqui que me atracaba y yo: te doy la calculadora (una Casio con funciones científicas comprada en Andorra) y me dejas que me vaya en paz, que casi llego tarde. Suspendí el examen pero no por la falta de la calculadora, si no porqué no sabía nada ni había estudiado y además no me podía concentrar en los problemas. Al Fabi, el quinqui que me mangó la calculadora sin necesidad de mostrarme la navaja que aseguraba llevar en el bolsillo derecho de su chupa de cuero falso, le encontraron muerto poco más tarde. Creo que se estampó, con el coche robado que conducía, contra un muro. O quizás se despeñó por un barranco. No lo recuerdo bien: se que murió en un coche robado cuando intentaba zafarse del coche de la policía que le perseguía. Lo cuenta así de bien y de conciso Javier Pérez: los quinquis lo pagaron muy caro.

Ahora lo pagarán muy caro otra vez. Quienes centrifugraon el dinero robado des del Palau de la Música envejecen, nobles y elegantes, en las pantallas. Están pulcros y aseados, con unas canas bien estudiadas en su testuz de ciervo adulto, veranean en la costa, declaran cosas, hablan de las razones, del pueblo, de la verdad. De la parte de verdad que hay en las mentiras. Hablan de naciones, de países, de democracia, de derechos, de mandatos democráticos, de libertad. El cuerpo de mi quinqui, aquel Fabi que murió en 1980, es un puñado de ceniza áspera y amarillenta en un nicho de vete a saber qué cementerio. Dicen que vuelve.