29 de maig 2018

Lo que perdimos en la playa

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Las playas son el lugar del amor raudo y, algunas veces, el del principio de un amor lento y duradero. Son el lugar de grandes desembarcos bélicos, de la piel quemada del turista incauto, de la melancolía mortal de Gustav von Aschenbach, de la pérdida del teléfono móvil, del dogging, de las medusas muertas; el primer lugar desde donde se intuyó que la Tierra era redonda, de los buscadores de monedas y donde se varan delfines y ballenas incautas, como los turistas sin ungüentos de protección solar.

La playa huele a crema solar con aroma a coco, a bocata recalentado al sol, a porro de maría, a arena hirviente, a agua salada, a gasoil de pescador, a sardina difunta, a crema solar disuelta en agua salada, a desparrame de cloaca alocada, a lodo de la lluvia de ayer, a sobaco de anteayer -si es verano-, al aceite de masaje de una masajista china que los ofrece a 5 eurillos, al cuero de las botas del policía municipal que persigue a la masajista china. Hay playas que huelen a todo eso a la vez y desafían al olfato de Jean Baptiste Grenouille. Hay playas, muy raras, a las que les llega un olor, diminuto y errático, a flor de jazmín.

En la playa se habla, se calla, se lee, se calla y se lee, se escucha al amigo o a Camela en el loro de los chavales del barrio, o al crío que berrea tres sombrillas más allá. Se escuchan mil y una lenguas y dos mil y uno silencios. En la playa se fornica, se merienda, se desayuna, se cena, se siestea, se hace la digestión, se piensa si uno ya puede bañarse sin temor al corte de la digestión, se pernocta -si no te pillan los pitufos.

En la playa se medita: sobre la amplitud del mundo, sobre los muertos, sobre los recuerdos de otra playa y otro tiempo, los amores perdidos. En la playa uno debate consigo mismo si será que el arte es muy largo y la vida breve o bien la vida muy larga para tan pocos instantes de arte. En las playas se contempla la lluvia de meteoros en la noche de san Lorenzo, la salida del sol o el ocaso, o ambos fenómenos, o los tres -si uno dispone de mucho tiempo y se encuentra a gusto.

En las playas hay quien se bebe una botella de vodka para olvidar lo que pudo haber sido y no fue y hay quien celebra el solsticio de verano con una botella de champán que recogerán, de madrugada, los brigadistas municipales, que para eso están. En las playas se roban carteras y se pierden monedas (las que luego encuentran los buscadores de monedas, provistos de esos detectores de metales que jamás amortizarán). Fue en una playa en donde Charles Marlow se despidió de la civilización para penetrar, luego, en el corazón del horror. En otra, el personaje de Burt Lancaster se dió un revolcón con el de Deborah Kerr, inimitable por más veces que lo ensayes.

En las playas se sueña. Se sueña en mundos mejores, en novelas largas, en novelas breves de ciencia ficción, en proyectos fascinantes e imposibles, en amores fascinantes e imposibles. En las playas se escriben poemas, se miran cuerpos semidesnudos y ensoñados, se pregunta: "oye, ¿tienes fuego?". En las playas se solloza para adentro y se ríe para afuera. O del revés.

En una playa de Badalona me leí, del tirón y en 2003,  "El puente de San Luis rey", la novela brillante de un tal Thornton Wilder, de Madison (Wisconsin), que murió en diciembre del 75 cuando yo acababa de cumplir los 11 años. En una de Cádiz -no recuerdo el año-, un librito de poemas de Georg Trakl. En una de Portugal, cerca de Lisboa, una novelita de Mário Zambujal, nacido en Moura.

Todo el mundo tiene su playa. Los que viven en regiones interiores conocen una playa, quizás sin nombre, gracias a una postal, o vislumbrada en la tele, el cine o un sueño. Dicen que la vida del primer animal terrestre empezó por uno marino que emergió. Y solo se puede emerger bien en una playa. En una de sus mejores pesadillas convertidas en cuento, H.P. Lovecraft imaginó a una especie batracia que emergía del mar y andaba por las playas a la búsqueda de mujeres humanas, para procrear a un nuevo ser, medio marino y medio terrestre. Con fortuna discutible, Albert Sánchez Piñol plagió el cuento de Lovecraft en "La piel fría", su novela más aclamada, cuyo escenario es una playa con un faro en lo alto.

Hay playas para el público en general. Hay playas para nudistas, para nudistas tolerantes con los "textiles" y para "textiles" tolerantes con los otros. Playas para familias enteras y bien entendidas, para homosexuales, para gente que acude con perro. Hay quienes protestan por la existencia de esas playas sectorializadas pero se olvidan de que hay playas peores: playas prohibidas porqué son terreno militar, o privadas para uso exclusivo de clientes de buenos hoteles.

Hay playas con chiringuitos ruidosos, con chiringuitos chill out y mojitos, con chiringuitos ruidosos pero con pescaíto frito y mejillones a la marinera. Hay playas, cerca de los aeropuertos, en las que el vientre de los aviones roza la cúspide de los parasoles y escupe en la arena el fuel sobrante de los depósitos de combustible. Hay playas solitarias en un sueño, y en el mito que solo mantienen ciertas agencias de viaje sinvergüenzas. Hay escenas de playa fabulosas en algunas cintas de cine. Hay playas en las que se oye a Mahler o a Chambao depende de como orientes tus soplillos, haylas blancas y negras, sucias y limpias, de piedras o de arena tan fina como polvo de mármol, con barquitos de pesca a modo de atrezzo, con chavales negros que ejecutan esculturas de arena, con niños que buscan conchas como tesoros.

Hay ciudades con playas sobre las que el ayuntamiento ha escrito ordenanzas municipales para pretender creer (¡vaya perífrasis verbal me salió!) que sus playas pertenecen al mundo civilizado. Hay playas en las que los anarquistas desafían dichas ordenanzas, porqué en el corazón de las gentes anida todavía la idea de que la playa es de todos y de nadie, y de que es un lugar que, como la negrura del espacio vacío, la nostalgia, el amor o lo que hay después de la muerte, así como la intimidad del retrete, no admite legislaciones vigentes.

Y luego están las playas de Cataluña (o de una parte de ella), que son un capítulo aparte. De esas playas no me apetece hablar por la pena, la desazón y el dolor que me producen. Por eso puse la foto que encabeza el texto, para que cada uno piense, si lo cree oportuno, en lo que para si mismo son las playas.

26 de maig 2018

Un editor barcelonés

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Hace cinco días me llegó un correo. En él, el director de una editorial de Barcelona que desconocía por completo me pregunta si quiero seguir recibiendo información de sus novedades. Cuenta algo sobre una nueva normativa europea sobre protección de datos y bla bla bla. La verdad es que ni me sonaba el nombre de la editorial ni soy consciente de haberle pedido nunca información alguna. Por consiguiente, no respondí.

A los dos días llegó otro correo del mismo editor. El tono era menos amable. Aunque el texto no se salía de la corrección educada, alguna frase indicaba un cierto reproche por no haber respondido al primero. Pensé que quizás mi mala memoria me la estaba jugando. Así que visité la página web de la editorial, por si acaso se me refrescaba (la memoria). Todo el mundo sabe que, a partir de cierta década de la vida -la que empieza por el 5, es frecuente el olvido y la laguna.

Pero la visión de la web de la editorial me confirmó que jamás tuve relación alguna con el editor. Sus títulos caen muy lejos de mis intereses. Tiene un montón de material referido a la guerra de 1714 y a otros hechos de la historia de Cataluña, tratados con una perspectiva más que evidente: solo hay que ver los subtítulos y las banderas estampadas en las cubiertas para comprender. Así que, de nuevo, no respondí al correo.

Pasaron dos días más y llegó el tercero. ¿Será el definitivo o habrá una cuarta misiva?. En este, el editor abandona toda esperanza de corrección y me recrimina. Y yo, de nuevo, vuelvo a la web de la editorial para hacer un estudio más profundo. Dentro de mi pecho asoma, de nuevo, la posibilidad del error y la culpa. En esta ocasión me leo la presentación de la editorial, que está en la pestaña "Qui som" (Quienes somos). Me informo entonces de que la editorial la fundó un conocido prócer del catalanismo, que no llega a padre de la patria pero podría aspirar a primo. En las apenas 12 líneas que forman el texto de presentación en donde se expresa la filosofía de la empresa, la palabra "Catalunya" solo aparece una vez, pero lo hace tres veces "país": "el nostre país", "el servei al país" y "país" a secas. Cabe destacar también la expresión "el fet identitari català" en lugar destacado.

Me pasé un rato meditando: el editor contumaz en sus correos actúa tal como lo hacen los independentistas más furibundos. Una vez han descubierto que su causa no obtiene bastantes adhesiones por parte de la ciudadanía catalana, han decidido que es necesario "ampliar las bases" del secesionismo. Pero en ese empeño se han olvidado de empolvarse la patita del lobo con harina para engañar a los cabritillos, y su táctica es esa: o te adhieres o eres un malnacido. Y así les va. Es más o menos la estrategia del señor Torra: pretende ganar adeptos (o incluso pedir diálogo con el adversario) después de tratarle a palos. A no ser que crean en la eficacia de la amenaza, su planteamiento parece un mal planteamiento. Malo, por lo menos, para hacer amigos.

En 1938, en las trincheras de Aragón, des de la trinchera franquista mandaban mensajes a la trinchera republicana prometiéndoles, a los posibles tránsfugas, un buen sueldo, comida abundante y tabaco gratis. Era una estrategia pueril, si se quiere, pero parece que contenía algo más de inteligencia que la del insulto. Luego les mandaban bombas, claro está, y lo digo porqué hay que decirlo todo.

Como todo el mundo que haya publicado (o lo haya intentado) sabe, la relación con el editor no es un camino de rosas. Ni de vino. Así que, si un editor quiere ganar adeptos a su causa, podría prometer la publicación de algo cuando le escribe a un autor que no está en sus filas. Y Torra, podría, por ejemplo, prometer algún carguillo a los españolistas que se pasen a su bando. Digo yo. A veces eso ha funcionado, y no voy a dar ejemplos, porqué son de sobra conocidos. Creo que eso sería más eficaz que mandar insultos.

Ayer, una editorial de Madrid de la que soy cliente me mandó un correo para recabar mi adhesión a su publicidad. El tono era divertido, desenfadado. Su propuesta era: si quieres seguir recibiendo nuestras noticias responde a ese correo con un: sí, quiero. Lo hice sin dudar.

24 de maig 2018

Bon cop de falç

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Jamás he cantado ningún himno. Ni tan solo el del Rayo Vallecano. Una vez me llevé una reprimenda pública por ello. Trabajé en una escuela que disponía de himno (aunque escaseaba de personal docente y de buena armonía) y tres veces a lo largo del curso bajaron los niños al patio, los dispusieron en formación y les hicieron cantar el himno de marras. La primera vez medio perdonaron mi mutismo selectivo porqué era nuevo en el centro. Pero en las ocasiones siguientes ya no: una de las autoridades del colegio me amonestó.

Cuando era jovencito, tras la muerte de Franco y en los albores de la democracia con sus reivindicaciones, asistí a muchos actos que terminaban con el canto de "Els Segadors". No conseguí aprendérmelo. Y, además, me parece una canción trasnochada, belicosa, con una melodía que deja mucho que desear. Recuerdo que miraba a mi alrededor y me fascinaba el ardor que veía en los ojos, el gesto solemne y trascendente, la rigidez, el enrojecimiento de la cara y el ensanchamiento de las venas del cuello. No pude comprender porqué generaba tanta emoción aquella letra más bien zafia y brutota, tan poco civilizada, tan ruralista, acompañada por una música repetitiva y cansina.

Con el paso de los años descubrí que "Els Segadors" tiene su origen en una canción tavernera cuyo tema es erótico (lo llamo "erótico" por pudor). No hay que ser muy avispado: donde ahora se canta "bon cop de falç" antes se decía "bon cop de...". El asunto es curioso pero no extraño: al fin y al cabo, de la testosterona excitada al patriotismo hay pocos centímetros y todo el mundo sabe que la patria y el patriarcado comparten raíz etimológica. (Si el asunto le interesa a alguien, es fácil encontrar información sobre el origen de "Els Segadors" a través de Mr. Google).

A lo largo de la vida uno se da cuenta de que las letras de los himnos, del país que sea, son malas y ridículas, y que sueltan tal cantidad de sandeces que parece imposible su pervivencia. Yo, por mi talante ingenuo, pensaba hasta hace poco que los himnos estaban en decadencia. Tengo mis motivos para la hipótesis, pero ahora no los voy a exponer. Más que nada porqué la hipótesis se ha demostrado incorrecta.

En Cataluña se habla a menudo del himno: de quien lo canta y quien no, y se sueltan barbaridades a propósito de eso, y se insulta, y se apela a grandes emociones e incluso a obligaciones de carácter sagrado. También se habla del himno español, ya que hay miles de personas dispuestas a viajar para reunirse y pagar cientos de euros para acceder a un campo de fútbol con la determinación firme de silbar el himno del "enemigo". Fascinante. Yo pensaba que "Braveheart" era una peli muy mala de Mel Gibson y resulta que es la peli preferida de muchos de mis congéneres.

El otro día leí que el señor Torra cree que los españoles sufrimos una fractura en la cadena del ADN. ¡Toma! Igual eso explica el déficit de concentración que me impide aprender himnos. A ver si, al final, lo que yo consideraba una opción consciente solo es una discapacidad mental...

Casi no pasa día en que no lea algo sobre himnos. Lo último es la pretensión de ponerle letra al himno de España, sin poner en valor lo bien que está sin letra, todo lo que se ahorran. Leí que el señor Albert Rivera anda empeñado en la letra del himno y, si yo pudiera, le diría: ¡Albert! ¡No lo hagas, por lo que más quieras!.

Creo que es mala idea combatir a un himno con otro. Cuanto más se cante uno, más se cantará el otro. Si lo que pretende Rivera es rebajar el nacionalismo agresivo catalán, que no se le ocurra azuzar el nacionalismo español, porqué nos la vamos a pegar nosotros. Los que, como yo, no cantamos himnos: creo que seremos los primeros en recibir, y quizás por duplicado. Es decir, por ambos lados, en ambas mejillas, como cristianos ejemplares. Ni canto himnos ni soy cristiano, y por eso le temo tanto a ser mártir de causas que me importan un bledo.

Puestos a buscar canciones que agraden a todo el mundo y que apelen a un sentimiento de fraternidad o por lo menos a cualquier sentimiento bueno, yo me inclinaría por buscar entre las canciones de Joan Manuel Serrat, que es un clásico inmortal. Y, además, Serrat no ofende a nadie y encima tiene melodías magníficas. El otro día repasé el "álbum" dedicado a Antonio Machado y encontré varias piezas a tener en consideración. Pero... ¡ay! cuando me disponía a escribir a mis autoridades con esa sugerencia, me acordé de que el independentismo furibundo considera que Machado forma parte de la horda de colonizadores, y le acusan de españolista y proponen borrar su nombre del callejero catalán. ¡Vaya!

Tanto pensar en el himno y total para nada. Por eso estoy tan harto y tan aburrido con el nacionalismo: porqué solo sirve para perder el tiempo, enfadarse y terminar recibiendo palos. Esos son los beneficios de la dieta nacionalista. Me voy a cantar un Virolai y luego me acuesto.


22 de maig 2018

El sexo de los ángeles catalanes

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Uno de los problemas que tenemos los catalanes vivos en 2018 es que Terenci Moix ya no está. Pero más allá de la nostalgia, eso se puede expresar con otras palabras: estamos huérfanos de intelectuales que nos ayuden a leer y a comprender el pan nuestro de cada día. Quizás es por ese vacío de intelectualidad que, a día de hoy, constan como intelectuales petimetres tales como Bernat de Déu, Empar Moliner o Pilar Rahola. Hay articulistas que se refieren al señor Torra como a "un intelectual". A falta de pan, buenas son tortas.

Terenci Moix tiene una novela, "El sexe dels àngels", reescrita en 1992 pero escrita por primera vez mucho antes, que contiene páginas maravillosas en las cuales, casi como por un milagro, se describe a la Cataluña de siempre. A la Cataluña de hoy. En una de ellas, su protagonista (un joven autor iconoclasta que triunfa en la literatura catalana), discute con un representante de la cultureta, un individuo siniestro que pertenece a la cúpula de Òrgan Cultural (léase Òmnium Cultural). El diálogo es soberbio, impagable. El joven autor le recrimina al nacionalista catalán que pongan tan difícil ser catalán por los muchos requisitos que se exigen con tal de obtener tan elevado título.

El joven autor se queja de que, en Cataluña, debamos aceptar que cualquier cosa es algo más que cualquier cosa por el mero hecho de ser una cosa catalana: el Barça es más que un club de fútbol, la Moreneta es más que una virgen, Montserrat más que una montaña y Banca Catalana más que un banco.

El drama catalán es, entre otras cosas, que esa supremacía de las cosas catalanas ha ido engordando su nómina: Rodoreda es más que una escritora y Pedrolo, también. El pueblo es más que un pueblo. Una urna es más que una urna, aunque se la hayan comprado de oferta en la China. Tv3 es más que un canal de televisión autonómico. La escuela catalana es más que una escuela (aunque las autoridades catalanas la hayan sumido en la miseria). Mossèn Ballarín es más que un cura retrógrado, Puigdemont más que un expresidente, Pujol mucho más que un expoliador, la CUP más que una asamblea de niños bien, Guardiola más que un entrenador. Y la butifarra amb seques más que un plato indigesto. Hay muchos más casos, pero vamos a dejarlo aquí para no aburrir a los unos y enervar a los otros, que ya están bastante enervados.

En el sentido opuesto, Pla es más que un traidor, Marsé más que un renegado, Iceta más que un botifler, Boadella más que un maldito, l'Hospitalet de Llobregat más que un error, Montilla más que un charnego desagradecido, Cornellá más que una pandilla de colonizadores.

Se echa de menos a los intelectuales que ya no están. No me refiero con eso a personas como Lluís Llach, que ya no están -y tampoco son intelectuales. [Pero por cierto... ¿donde está Llach?] Me refiero a personas cuyo pensamiento y cuya escritura nos ayudaron, pero que están en el otro lado del espejo. Es imposible saber qué cosas dirían hoy, cuando nadie relevante nos ilustra y ni tan solo nos acompaña. La biología nos ha dejado huérfanos ante el "procés", ese runrún tedioso e interminable que nos acongoja y nos asusta porqué amenaza la convivencia pacífica entre las personas.

Creo que va llegando la hora de rebajar el tono. Cataluña (sea una comunidad autónoma, una región o una república) no es más que nada. Ni los catalanes más que nadie. Sus habitantes solo somos ciudadanos bastante perplejos, la mayoría pobres y algunos ricos. Hace siglos que la cultura catalana no destaca en ningún campo de las ciencias ni de las artes. Solo está Messi, que no es catalán si no argentino, el que chuta una pelota. Los catalanes deberíamos preguntarnos a qué nos ha llevado querer "fer país" en vez de querer hacer cultura, arte, cine o ciencia. Hacer país en vez de hacer arte, cultura o ciencia nos ha llevado a la irrelevancia más escandalosa de los últimos siglos. De tanto hacer país solo hemos hecho el ridículo.

En Cataluña hay un montón de pobres. De gentes que pasan hambre. De personas que sufren, que están en las interminables listas de espera de la sanidad pública. Hay emigrantes que se largan a buscarse el pan a otros países. Hay hambre y pobreza. Y hay quienes acusan a los que que pasan hambre y viven en la pobreza de tener un sentimiento catalanista demasiado escaso. Es decir: hay cínicos. Y cobardes. Y racistas. Los falangistas de los años 40 distinguían a la población entre afectos al régimen, tibios y desafectos. Los nacionalistas catalanes distinguen entre "los nuestros", los "españolistas o traidores", y los equidistantes. Cielo, infierno y purgatorio: no nos olvidemos del fondo ultracatólico agazapado tras el nacionalismo.

Creo que la labor de un intelectual catalán, en 2018, sería la de abordar el asunto desde una perspectiva nueva, pero que en realidad ya estaba escrita. No somos más que nadie ni mejores que nadie. Incluso podríamos ser peores que la media. Debemos remontar ese mal momento. De lo contrario, nos veremos pronto en la nada. De no corregir ese error, los catalanes del futuro van a leer que existió una Cataluña ridícula al lado del relato de Liliput debido a Jonathan Swift, en viejos textos de fantasías medio grotescas, medio metafóricas.

Creo que nos merecemos algo menos malo. Y espero que estemos a tiempo. Por la parte que me afecta, y porqué deseo una convivencia mejor.


20 de maig 2018

Carta a la señora Carolina Miró



Señora,

Hace un par de días leí un reportaje sobre usted que se publicó en La Vanguardia. Me decidió a escribirle el descubrimiento de que es usted maestra de primaria, como yo. Pensé: de maestra a maestro casi seguro que podemos hablar y, quien lo sabe, quizás llegamos a entendernos. Por lo que tenemos en común, aunque solo sea la profesión a la que nos dedicamos. Esa es mi esperanza.

Debo pedir perdón por algo: parte de lo que le cuento se lo diría a su marido, pero me temo que él andará demasiado ocupado como para dedicarle cuatro minutos a leer la carta de un maestro de primaria catalán que no es independentista. Usted, por la influencia que debe tener sobre el señor Torra, quizás le pueda transmitir alguna de mis inquietudes, si le parece oportuno. Espero no haber incurrido, con esa estrategia mía, en una falta de respeto hacia la cuestión del género.

Lo que quiero exponerle es la preocupación que siento hacia ciertas ideas del señor Torra. Debo precisar eso: no me preocupa lo que piensa, si no que alguien que piensa como él sea el presidente de una comunidad autónoma tan diversa, tan plural y tan compleja.

Como usted es maestra de primaria, entenderá lo que le cuento: los maestros de primaria no solo nos ocupamos de los conocimientos que deben adquirir nuestro alumnos, si no también (y a veces pesa mucho más que lo anterior) de las cuestiones de la convivencia, el respeto hacia el diferente, la inclusión, la cohesión social, la tolerancia y el diálogo, que son la base sobre la que sustenta el andamio educativo. Usted lo sabe tan bien o mejor que yo: sin un clima de paz, de buen entendimiento y de respeto es imposible dar una clase de matemáticas. O de catalán, o de castellano, o de plástica. Esa construcción tan delicada y tan frágil que llamamos "sociedad" solo funciona cuando nos tratamos bien entre todos, cuando nos respetamos y cuando nos consideramos iguales.

Debo contarle algo: aparte de maestro de primaria, soy muy lector de todo tipo de textos. Incluso he publicado algunas cosas en papel. Esta faceta mía me llevó, hace algunos pocos años, a comprar (y a leer) varios libros de la editorial A Contra Vent, que dirigía su marido el señor Torra. Algunos de los títulos de aquella editorial figuran entre mis lecturas favoritas de los ultimos años. El libro de Francisco Madrid, por ejemplo, el de Domènec de Bellmunt o el de Josep Maria Plana. La verdad sea dicha: A Contra Vent publicó un buen número de textos relevantes, recuperados de ese olvido, tan catalán como cruel, que soslaya a grandes autores.

Por entonces, deduje que el señor Torra era persona cultivada y sensible, y por eso me sorprendió y me decepcionó tanto saber lo que he sabido ahora a través de los artículos y los "tuits" que escribió, de los que se infiere que el señor Torra no cree en que todos seamos iguales, o que existen diferencias profundas e insalvables entre los que nacieron en un rincón del planeta o en otro. Me gustaría contarle algo. Mis dos apellidos son catalanes, pero yo me siento catalán y español, y en esa doble identidad no percibo conflicto alguno. Al contrario: estoy satisfecho de pertenecer a la cultura de Ruyra y a la de Delibes, a la de Marsé y a la de Rodoreda, a la de Ana María Matute y a la de Pla, a la de Moncada y a la de Chirbes, la de Casamitjana y la de Casavella, a la de Espriu y a la de Sastre. Por no hablar de la enorme lista de grandísimos autores latinoamericanos, que amo y siento muy próximos. A mi me explicaron mejor Cataluña Juan Marsé y Antonio Soler (que es malagueño) que Rodoreda o Porcel, aunque todos ellos me aportaron algo, sin duda alguna.

Creo que el buen gobernante es el que procura lo mejor para la mayoría. Y la mayoría prefiere, antes que nada, antes que muchas otras cosas, la convivencia en paz entre los diferentes. Eso también sirve para los maestros de primaria ¿no lo cree usted? Todos queremos vivir en paz con los demás. Nadie quiere vivir en Sarajevo.

Gracias al reportaje que sobre usted publicó La Vanguardia, leí que es usted maestra de una escuela cuyos alumnos son de nivel socioeconómico alto o muy alto. Yo trabajo en un centro escolar cuyos alumnos son de clase baja o muy baja. Pero, sin embargo, estoy convencido de que transmitimos valores muy parecidos cuando no idénticos. Porqué el mundo es una pequeña bola de roca que gira enloquecida en la frialdad vacía del espacio sideral y eso es lo que tenemos, ese breve lapso de tiempo incierto y compartido encima de esa esfera. Y el mundo no es más de unos que de otros. En realidad, el mundo no es de nadie ni existen legitimidades de ninguna clase, aquí. Nada bueno saldría de buscar conflictos o enfrentamientos, disputas territoriales o legitimidades trasnochadas, ni hablar de destinos patrios en este siglo XXI.

Para despedirme (no quisiera robarle más tiempo) le contaré algo que me dijo un padre de la escuela en donde trabajo, en la que deposito muchas horas, mucha energía vital y mucha dedicación. Este padre es un señor que emigró des de Marruecos a Cataluña con un objetivo principal: darles a sus hijos una buena educación, en Europa, para ofrecerles un futuro mejor. Para ello abandonó su tierra y sus parientes y se instaló en un barrio marginal, pobre, sucio, dejado de la mano de Dios. Su viaje es una renuncia, generosa, en favor de sus descendientes. Este hombre me dijo:
-Lo importante es tener un techo. Y luego, comida. Después vendrá lo demás.

Su techo se cae a pedazos y la comida escasea tanto que, muchos días, sus hijos no comen tres veces y lo que comen es muy insuficiente. Ese hombre vive en Cataluña, y sus hijos nacieron aquí, son tan catalanes como usted, como yo. Es para ellos para quienes trabajamos usted, yo, y su marido. Nosotros trabajamos para su bien y nunca jamás es del revés.

Por la presente, le invito, si a usted le parece bien y le apetece, a visitar este barrio y esta escuela. Estaría encantado de acompañarla en esta visita. Se que usted sacará muchas conclusiones interesantes de una visita que no le llevará demasiado tiempo. Y confío de veras en que usted, que es una de las personas más próximas al señor Torra le contará a él lo que ha visto y lo que ha sentido.

Como dijo el señor Rousseau, los príncipes, aunque lo sean de un país pequeño, son más pequeños que el país. Por eso, tanto príncipes como maestros tenemos la obligación de trabajar todo lo posible y para todos, para compensar nuestra terrible pequeñez. Los príncipes y los maestros debemos ser ejemplares en nuestro quehacer y en las ideas que expresamos, porqué nos debemos a los demás, que es nuestra forma de decirles a los ciudadanos que les valoramos y les respetamos. A todos por igual. Piensen lo que piensen, sean del origen que sea. Ya que ellos confían en nosotros.

De los impuestos que pagan, muchas veces con esfuerzo desigual e inversamente proporcional a sus ingresos, salen nuestros salarios.

Atentamente, un maestro de escuela de barrio pobre.