28 de gen. 2018

Cataluña y la espiral del silencio

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Eso que se llama Cataluña sigue sumido en la espiral del silencio. Lo denunciaron algunos, pero el asunto cayó en el olvido. El silencio de los unos durante el ruido de los otros. Sin saberse cuando van a disminuir los unos su ruido para que los otros podamos hablar, también. De nada sirve votar si después de votar prosigue el silencio. No se puede convivir callando.¿Como se puede abordar el asunto de la convivencia entre diferentes, cuando una parte está deliberadamente silenciada? Algo que aprendí en la docencia es que, para empezar a hablar, hay que esperar a que el auditorio esté escuchando. Mientras todos hablan (o gritan, o vociferan), es mejor callarse. Y esperar.

El partido político "Ciudadanos" ganó las elecciones catalanas del 21 de diciembre de 2017. Eso es una realidad objetiva. No es posible contar el resultado de las elecciones empezando con otra frase. El dato es muy importante, y es un dato histórico, porqué jamás, en Cataluña, un partido de corte explícito no-nacionalista había ganado unas elecciones. Ha pasado algo que es muy importante. Es un cambio. Es una realidad nueva a la que hay que prestarle atención. Cuando un elefante entra un tu casa puedes simular que no ha entrado nadie, claro está, y puedes mirar hacia otro lado y hablar de bloques de la república y de bloques del 155, pero el elefante está ahí. El elefante está andando en medio de tu comedor, y es muy probable que te rompa los muebles aunque los creías eternos porqué eran de Muebles Pujol e Hijos y Sucesores.

Cuando un elefante entra un tu salón puedes reaccionar de muchos modos. Lo más manido es hacerte el loco, o el ciego, o el miope: simular que no ves al elefante, o contar que el elefante es, en realidad, un ratoncito. Algo así es la opción de nuestro hombre en Bruselas, el presidente que se marchó al frío y pretende volver en efigie. Pero hay más opciones.

Otra alternativa es, aprovechando el advenimiento de las "redes sociales", insultar al elefante. Los niños, cuando perciben que un espectro monstruoso anda por su habitación, se cubren la cabeza con la sábana. Y hay niños, más osados que, además de cubrirse la cabeza, lanzan improperios al intruso espectral: "¡vete, espantajo, no te temo!". Esa suerte de conjuros tienen mucha predicación en los tratados new age.

Pero tienes más opciones todavía. Puedes adoptar un soslayo etnicista y proclamar que el elefante es ilegítimo porqué viene de fuera, y que ese elefante no solo es un elefante charnego si no que también es de clase baja, que fue un quinqui, de joven, y que debemos unirnos para echarle. Algo así escribe Pau Vidal en Vilaweb, uno de los inspiradores del Manifiesto Koiné (manifiesto del cual se olvidaron incluso sus promotores), quien insinua que unos quinquis pobres, marginales y muy cutres han entrado en nuestro Parlament, tal como hizo Marta Ferrusola, la del dinerito en Andorra, cuando proclamó, en 2003, que "nos han echado de casa" porqué el tripartito desplazó a Convergència del poder autonómico.

Pau Vidal, más allá de su clasismo, parece que no comprende el sentido de la democracia y recurre al odio de clase y de etnia para explicar una realidad que no le gusta. Bienvenido al dolor, Pau: yo llevo décadas dolido por la realidad catalana pero no se me había ocurrido refugiarme en el odio para apaciguar mi dolor. La realidad es lo que es: odiarla no la cambia y, desde luego, el odio no la mejora. Te lo aseguro. Y no lo afirmo porqué sea muy listo ni más listo que tu, ni porqué disponga de más diplomas ni más méritos que tu, porque eso es falso: lo digo solo porqué llevo algo más de 50 años dando vueltas al Sol en el mismo planeta que tu y sigo vivo, y sigo vivo porqué trato de comprender, que no es fácil, y porqué trato de negociar con todo el mundo. Creo que el mundo es de todos y para todos, y solo por eso tiene sentido.

Me preocupa y me entristece la opción de Vidal (un traductor excelente), un hombre al que conocí hace unos años y entonces me pareció simpático, dicharachero, muy bromista. Pensé que alguien así debe ser buena persona y no solo eso: pensé que una persona como él debe acordarse del asunto de las clases sociales, de la pobreza y de sus consecuencias en la sociología, del conflicto entre clases y de las expresiones, muy complejas, de ese conflicto. ¿Conocerá las ciencias sociales, Pau Vidal? Me apena que analice así los resultados electorales y que pretenda reducir los "otros" a una categoría de quinquis o de ex-quinquis, porqué creo que va bastante extraviado en su análisis.

Cuando el independentismo tiene un arrebato de lucidez, suele decir que el proyecto es inviable mientras no consiga unas cuotas mucho más amplias de aceptación social, de apoyos. Hablan de ampliar "la base social" del independentismo, lo cual es una referencia velada a la aceptación de lo anterior, del conflicto de clases. Entonces: ¿se puede ampliar esa base social tratando a los que no son independentistas de "quinquis", marginados y seres despreciables?

¿Quieren ampliar la base social o pretenden una confrontación sin fin? ¿Su lucha es contra "España"  o contra la mitad (algo más de la mitad) de los catalanes que no les bailamos el agua? Creo que ese es uno de los debates que deberían afrontar. Lo malo de todo eso es que no hay ninguna propuesta más allá del encastillamiento, del empecinamiento.

Hace un par de meses escribí un artículo sobre las Cup en este blog, pero tuve que retirarlo porqué no me gusta recibir tantos insultos, algunos de los cuales olían a amenaza ("dentro de poco te vas a enterar", me dijo alguien bajo pseudónimo).  Opté por el silencio y retiré el artículo: no me gusta la violencia y no me quiero dejar seducir por el insulto, que no es ningún arte.

Sea como sea, el silencio impera en Cataluña. El silencio de quienes no aceptan la realidad de las elecciones. El silencio de quienes no solo nos callamos si no que retiramos nuestras publicaciones por miedo. El silencio de quienes no contamos qué votamos el 21D. El silencio de los medios que silencian el ganador de las elecciones. El silencio. El silencio ante las algaradas supremacistas de los pseudointelectuales mediáticos.

Trabajo en un medio en el que el silencio es algo respetable, pero no algo deseable. En un medio de diálogo constructivo y de democracia deliberativa, el silencio no es lo mejor. Y es por eso que me apena la situación de eso que algunos llaman un "país" pero parece un cortijo, en el que los señoritos hablan y los demás nos callamos, en el que los señoritos se disfrazan de minoría oprimida para acallar la discrepancia.

Hace unas semanas pensé que la espiral de silencio llegaba a su fin, por fin. Pero estaba equivocado. Una vez más.

24 de gen. 2018

El sacrificio del ciervo y el lacito amarillo

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Hace pocos días, en una librería, estuve hojeando un libro por la razón de que, en la portada, hay un ciervo. Desconozco la obra y la autora, y solo retengo eso, los datos escuetos: "El dia del cèrvol" (El día del ciervo), Marina Espasa, l'Altra Editorial, 2016. Hojear un libro no daña a nadie, aunque algunos elementos de la novela me echaron atrás: la protagonista es una filóloga catalana, y este tipo de personaje me provoca mucha prevención. No se porqué será pero tengo la impresión de que, en los dos o tres últimos años, en catalán, solo se publican novelas de autores militantes en el sector llamado "independentista". Hay excepciones, claro está: hay que saber buscarlas y luego encontrarlas. No es nada malo: ese nuevo paradigma editorial me ha llevado a leer, más que nunca, grandes novelas españolas y traducciones de otras, extranjeras.

Unos días atrás, en la calle Carders, (por detrás del mercado de Santa Catalina de Barcelona, que es el barrio en donde nací) pasé ante una tiendecita que exhibía camisetas con ciervos estampados, siluetas de cérvidos. Alguna de las siluetas era humana, pero adornada con cuernos de ciervo. Me acordé entonces, como golpeado por el relámpago de la memoria, de una historia que leí siendo muy joven, publicada por Arrebato, de Valencia, esa editorial a la que tantos le debemos tanto (creo que le debo algo parecido a la salvación). Se trata de "El carnaval de los ciervos" (1984), una historia de Max, oscura y truculenta, aunque diáfana, y que me remite a las mejores historias del género fantástico. Es una publicación que, si no estuviese agotada, se la mandaría con gusto a Thomas Ligotti.

Hace pocas semanas vi "El sacrificio de un ciervo sagrado", la última película estrenada en España de ese director griego y escalofriante, Yorgos Lanthimos. La cinta es otro intento (bastante logrado, creo yo) de regenerar y de actualizar el cine de terror, sacarlo del tópico y recargarlo de inteligencia, mala leche y crítica, durísima, hacia todo: la esencia humana, la sociedad, nuestras relaciones. El director de esa cinta cinta es un Hanecke más joven y quizás más salvaje. Lanthimos se permite incluir referencias a la mitología, y es así como fui a parar a mi querido Diccionario de símbolos, del añorado Juan Eduardo Cirlot, para descubrir que, en la antigüedad, el ciervo simboliza la renovación de la vida, es decir, el empujón del joven para desplazar al viejo y asegurar la regeneración.

El protagonista de "El sacrificio de un ciervo sagrado" es un jovencito imberbe y algo zafio que se venga de quien mató a su padre mediante una de las venganzas más atroces jamás filmadas. Aunque no "jamás contadas": la literatura antigua, muy dada al asunto de la venganza, tiene relatos de una crueldad infinita. Tanto en la mitología griega como en el Antiguo Testamento, hay relatos de este tema que superan a la más atrevida novela negra clásica y contemporánea, y es por ello que muchos autores de nuestros días siguen remitiéndose a los textos antiguos para simular que cuentan algo nuevo.

Mientras andaba pensando porqué se presentan, de repente, tantos ciervos en mi cosa cotidiana, me di cuenta de que quizás vivimos, en este desdichado lugar llamado Cataluña (llámelo país, región o comunidad autónoma según sus preferencias: yo le llamo Chtulhuña) bajo el signo del ciervo. La lucha por el poder en Cataluña tiene mucho del simbolismo del ciervo: solo hay que ver la liquidación, tan metódica como espeluznante, de la vieja oligarquía que ha ostentado el poder político catalán para sustituirla por una generación más joven, aunque la juventud sea la única diferencia observable. Una generación joven, sí, pero en la que asoma un sistema de valores de un conservadurismo tremendo, incluso en una organización como la Cup, que exhibe un populismo ramplón sin manías y sin propuestas interesantes.

¿Estamos asistiendo, atónitos, a un proceso de renovación generacional disfrazado de nacionalismo? Me fijo en los ciervos de la calle tanto como en las personas que andan por ella con un lacito amarillo en la solapa. (Bueno, y en otras muchas cosas, claro). Descubro que los del lacito amarillo suelen ser de edad avanzada, cuando no provecta. No he visto, hasta el momento, a nadie menor de 40 años con este símbolo en su abrigo. Estoy hablando de los barrios y los lugares por donde me muevo, por supuesto: eso no es un estudio científico. ¿Es el carnaval de los ciervos?

Algo me dice que Puigdemont se resiste a ser la próxima víctima de los ciervos jóvenes, aunque, si hubiera leído "El carnaval de los ciervos" sabría qué le depara el futuro.

Por mi parte voy a seguir atento a los ciervos. Estoy seguro de que me voy a tropezar con más ejemplares de esos seres, en los días próximos. Es lo mismo que me sucede cuando me levanto con la frase "hoy es martes", procedente del sueño, y la primera noticia que leo habla de la exploración de Marte, y poco después veo el anuncio de Ryanair en la cristalera de la agencia de viajes de mi calle que recupera, guasón y oportunista, el viejo eslógan: "Si hoy es martes, esto es Bélgica".

22 de gen. 2018

¿Este país siempre será nuestro?

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Las palabras que he transcrito en el título (sin el interrogante, que es mío) las pronunció el diputado Ernest Maragall en el Parlamento catalán. La frase aconteció durante un discurso quizás demasiado encendido para la ocasión, y enmedio de una carga terrible contra el estado. Ese estado del cual el señor Maragall lleva toda la vida viviendo. Siempre me ha sorprendido la actitud de quien muerde la mano que le da de comer (los que nacimos en una casa pobre sabemos que eso es un error), pero el señor Maragall es bastante adulto (y bastante rico y de buena familia) como para saber lo que se hace. Y yo no soy nadie para discutírselo. ¿O si?

Si hubiese podido preguntarle, le habría preguntado a Maragall qué debería entender por ese enigmático "nuestro": ¿quienes son esos nosotros? ¿Los señores y señoras diputados y diputadas a quienes se dirigía? ¿Su partido? ¿Un selecto grupo de catalanes de quien no sabemos la lista? No se me ocurren otras opciones, ya que si Maragall hubiese querido decir que "este país siempre será de sus ciudadanos" lo habría dicho así, tal cual, sin ambivalencias. Pero no habló de los ciudadanos de Cataluña, si no de un misterioso "nosotros".

Llevo un tiempo trabajando en una escuela que funciona como Comunidad de Aprendizaje. Nos basamos en el aprendizaje dialógico y nos remitimos muchas veces a la democracia deliberativa porqué nos parece la mejor forma de democracia. En la democracia deliberativa nos evitamos las votaciones: las decisiones finales se toman por consenso después de un largo debate en el que todo el mundo participa: alumnos, familias, los voluntarios que acuden a colaborar, los maestros. ¿Porqué lo hacemos así? Porqué cuando se trata de aprobar un cambio o una norma de convivencia, de nada sirve ganar por un voto: quienes hayan "perdido" la votación nunca la van a sentir como algo propio, justo o bueno.

Escuchando al señor Maragall pienso: ¡qué lejos están, este hombre (que fue Consejero de Educación) y su discurso del modelo de escuela que defendemos, por el que luchamos con mucho esfuerzo...!

A eso iba: ¿no sería mejor abordar el asunto del independentismo des de una política dialógica, en la que nadie pretende imponerse al otro por un puñado de votos de diferencia?

A mi me gustaría que un independentista me contara porqué cree que la independencia catalana nos interesa a todos. Digo "a todos" con toda la intención. Ya se que la independencia es su opción preferida, así que no pregunto porqué le gusta esa opción: lo que pregunto es porqué cree que es mejor para todos, ya que nos la quieren imponer a los demás.

También le preguntaría si esa finalidad (la independencia del territorio que considera "distinto") justifica el daño que se pueda infligir al conjunto de la sociedad. Porqué se puede ser más o menos dramático, y más o menos demagógico, pero todo el mundo sabe que la fractura social, en Cataluña, no solo es tremenda y nos divide por la mitad si no que muestra un aspecto, muy preocupante, de escalada de tensión. Nadie sabe adonde pueden llevarnos estas escaladas, pero pretender aumentar la tensión social es de una gran irresponsabilidad.

Me encantaría tener un debate en estos términos, aunque acepto las modificaciones que se me sugieran. Pero creo que son los independentistas los que, más allá de sacar dos o tres diputados más que "los otros", deberían hacer el esfuerzo de explicarse.

Pido que sea un debate de ideas y de argumentos razonados. Que se me aporten datos objetivos. Que no se apele a los sentimientos ni a las emociones encendidas. Creo que es mejor no meter en el debate los mitos ni los tópicos que algún día fueron eslóganes: ni 1714, ni derecho a decidir, ni España ens roba, ni gobierno en el exilio ni dignidad nacional.

El debate que propongo no debe ser televisado. Es un debate de personas afectadas. Hay una parte de la ciudadanía que quiere cambiarnos el DNI y el pasaporte a los demás, y eso es algo que no se puede hacer por el mero hecho (o el mero derecho) de haber sacado unos cuantos votos más, o unos cuantos diputados más, aunque con menor número de votos. Un debate dialogado y que pretenda llegar a la democracia deliberativa me parece una buena solución. O por lo menos un método para acercarse a una solución.

No se lo propongo a ningún político "profesional" porqué algo me hace sospechar que eso no les interesa. Lo propongo y ya está. Como ciudadano de este país, que no es mío porqué jamás se me ocurriría reivindicar la propiedad de un territorio en el que viven más de 7 millones de personas con sus líos, sus ideas, sus quehaceres, sus esperanzas, sus pesares.


15 de gen. 2018

Carlos el legítimo


El rey que le dió nombre al carlismo se llamaba Carlos, como su nombre indica. Era Carlos María Isidro de Borbón, autoproclamado Carlos V. Autoproclamado Carlos, "el legítimo". Eso es histórico, es decir, científico. El carlismo fue la expresión del tradicionalismo más recalcitrante, se opuso al liberalismo y de ello resultaron tres guerras sucesivas. Las guerras son siempre cruentas y estúpidas y esta, con sus tres partes repartidas a lo largo del siglo XIX, no podía serlo menos.

Cuentan los historiadores que el carlismo no era un bloque bien definido, sino que parece más bien la suma de varias violencias distintas, unidas débilmente por algunos intereses compartidos y por la conveniencia oportunista, más táctica que ideológica. En Cataluña, el carlismo fue especialmente virulento y se parece a lo que hoy señalaríamos como una guerra de "señores de la guerra", pequeños cabecillas locales, caudillos de pueblo fascinados por la violencia extrema, tipos que son poco más que caricaturas, pero unas caricaturas letales, muy dañinas para la convivencia y, en definitiva, para vida.

Los carlistas se circunscribían a determinadas zonas profundas, rurales, católicas y tradicionalistas, la Cataluña más caciquil, a saber: Berga, Olot, Besalú, Solsona, buena parte de Gerona, Igualada, Ripoll. Las zonas liberales eran la gran urbe (Barcelona) y sus aledaños. ¿Les suena de algo ese mapa? Si, lo han intuído ustedes bien: el mapa del carlismo es, hoy, el mapa del secesionismo. O de Tabarnia, claro, depende del ánimo con el que se mire. Los centros neurálgicos del carlismo, los más rampantes, son los mismos ayer y hoy. ¿Nos encontramos ante una broma macabra de la historia?

Llegados hasta aquí, no es nada raro que el representante del secesionismo catalán más beligerante se llame Carlos y se autoproclame "el legítimo", tal como lo hizo su antecesor Carlos María Isidro de Borbón. Parece una broma. Y creo que lo es, pero es una broma trágica, de las que se ríen mostrando los colmillos. Al actual Carlos el legítimo le veo cada día más apegado al léxico bélico, y eso me inquieta (ahora habla de los que antes llamó "presos políticos" como de "rehenes", término de la semántica de la guerra, lo cual es muy preocupante). A uno le da la impresión de que algo debe andar muy mal en este rincón del mundo para que el carlismo resurja de este modo, repitiendo incluso el nombre y el epíteto de su líder. ¿Hemos entrado en un bucle diabólico? ¿Hemos viajado en el tiempo para caer en un círculo patético?

Mi admirado Joan Perucho, escritor excelente y hombre sabio, juez de profesión, muy de derechas, tiene uno de sus mejores textos dedicado al carlismo: "Les històries naturals", en el que el conflicto es en parte el paisaje y en parte el protagonista. En esta historia (una de las mejores novelas catalanas del XX) aparecen carlistas y liberales, el general Cabrera, Félix Lichnowsky, un montón de seres fantásticos, monstruos de pesadilla, idealistas y naturalistas vagando por la Cataluña interior, un ejemplo de novela de caminos y de caminar (en Hollywood lo llamarían "road movie") por la que transita, sobretodo, un sentido peculiar de la nostalgia y de la ironía. Fueron, aquellos tiempos, unos tiempos de científicos visionarios, de nostálgicos del cristianismo medieval que se resistían a admitir el ocaso, de gérmen de los movimientos sociales que estallarían al cabo de poco, aunque en otras partes de Europa. Parece como si España fuese el lugar en donde un dios experimental (aprendiz de Dios y de brujo) ensaya lo que luego sacudirá el mundo con bombas y con una orgía de muerte y de miseria. Lo mismo podría decirse de la guerra civil española, que tiene todo el aspecto de ser un ensayo de la guerra que, justo después de la nuestra, asolaría el mundo. Con la salvedad de que aquí ganaron los fascistas y allí los demócratas (y eso es algo que todavía estamos pagando, con mucho dolor: nacionalismos, violencia machista, catolicismo retrógrada, predominio de la ignorancia, etc). En Cataluña, a día de hoy, también se está ensayando una guerra entre los legitimistas de Carlos (el populismo postdemocrático) y los demócratas que creen en el estado de derecho.

Me temo que cuando Carlos el legítimo (el de nuestros días) habla de "legitimidad", usa el término "legítimo" como eufemismo de "vitalicio", o de "por la Gracia de Dios", porqué ese es su oscuro deseo. Y si no, al tiempo: ese tío siente que alberga a un rey dentro de su cuerpo. El que fue alcalde de pueblo de rebote, y presidentet de pura churra, de republicano no tiene nada: lo que quiere es fundar una dinastía.

En 2017, el año que acaba de fenecer, se publicó "Els estranys", una novela breve y brillante debida a un autor valiente y a la vez irónico, trágico, magnífico en las descripciones de paisajes y ambientes, que trata sobre la primera guerra carlina en la ciudad de Solsona, la lejana y mitrada Solsona. Su autor, un joven Raül Garrigasait, establece un juego de espejos entre la primera guerra carlina y la situación actual de Cataluña, y lo hace con virtuosismo y con inteligencia aguda, ya que la novela habla del paralelismo histórico como si nada, como sin querer. Tanto es así que, estoy seguro de ello, más de un secesionista catalán podría leerla sin sentirse ni molesto ni retratado. Aunque Garrigasait no se ahorra comentarios sobre los carlistas: son una berruga de ignorancia, dice. El carlismo de entonces tenía mucho de eso, puede ser leído como la resistencia de la ignorancia ante el auge de la ciencia y del estado moderno, racionalista, organizado.

Nuestro moderno Carlos el legítimo me huele a literatura para el futuro. Porque Carlos el legítimo tiene un aire de héroe folletinesco y desgarbado, algo muy español, cervantino e incluso buñueliano. ¿Podría ser berlanguiano?. Estoy convencido de que, en un tiempo no muy lejano, este Carlos inspirará a buenos autores y se convertirá en personaje de novelas divertidísimas cuando, dentro de 100 o 200 años este periodo actual se vea en la distancia necesaria para ser tratado con humor, con sarcasmo y con la dulce indulgencia que merece todo lo humano, todo lo de tierno y ridículo que tienen las cosas humanas y esos personajillos ególatras y pendencieros, con sus ocurrencias patrióticas y sus astucias que mueven primero a la perplejidad (o a la indignación) para volver, luego y por fin, a la compasión que se siente por los aventureros irresponsables y los caudillos folloneros.

12 de gen. 2018

El caso de Vilaweb (¿el ocaso de Vilaweb?)

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Lo reconozco: hay días en los que mi curiosidad me oprime el alma y no consigo recuperar la paz hasta que no entro en la página de Vilaweb, ese órgano de prensa digital que, desde siempre, ha mantenido la postura más inflexible y beligerante en favor del secesionismo catalán. Hay que reconocerles no solo el valor, sino esa persistencia tan española: impasible el ademán es su ademán.

A partir del 27 de octubre, las editoriales y muchas de las crónicas de Vilaweb iniciaron la senda hacia el corazón de las tinieblas republicanas (de la fantasiosa república catalana) y, durante más de 60 días, mantuvieron que Cataluña es una república, tan verdadera como las de Kosovo y/o Transnistria. Y que todo va bien, y que todo va según el plan previsto. ¡La república catalana va bien!

El editor de Vilaweb, un hombre que me deja perplejo desde hace años, se dedicó durante algo más de 60 días a elaborar una compleja labor de exégesis: la república está viva y su presidente ejerce des de Bruselas pero con buen tino y salud mental envidiable, el gobierno republicano gobierna con solvencia y eficacia sin parangón (los unos en la sombra fresca de Estremera y los otros en la neblina gélida de los belgas), y las declaraciones ante el juez de Forcadell, de Junqueras, de Mundó, de Rull y de Turull no dicen lo que parece que dicen (¡creer que dicen lo que dicen es una caída en el pecado mortal de confiar en la propaganda unionista!), si no todo lo contrario: todo confirma que vamos directos al éxito. El editorialista se permitió dejar, por escrito y por consiguiente para la posteridad, este argumento: si Donald Tusk niega la independencia catalana, en realidad la reconoce, ya que nadie niega algo que no existe. Creo que Wittgenstein dijo algo sobre la imposibilidad de negar lo que tampoco se puede afirmar, pero ahora me metería en un berenjenal. Lo de Wittgenstein era más o menos: no se puede negar la existencia de Dios, porqué no se puede afirmar. [El prófugo que reside en Bruselas se preguntará: ¿quién coño es Wittgenstein? del mismo modo que Jordi P. se preguntó: ¿qué coño es la Udef?].

El Señor de las Editoriales de Vilaweb inició una senda oscura, no solo de hermeneuta (nos dejó títulos como "¿Qué debemos entender cuando nos dicen que Forcadell niega la validez legal de la DUI?")  si no también de inquisidor entregado a combatir la tibieza y las dudas con el ahínco de un moderno Torquemada, amenazando a los posibles herejes y a los que se dejasen arrastrar por las dudas. Decía por entonces: "Ya se que algunos se preguntan ¿ha sido proclamada de veras la república catalana? ¡Ay de aquel que lo ponga en duda!, -les respondía (se respondía)- porqué las llamas del botiflerismo no le soltarán en toda la eternidad". Lo vociferaba día tras día, con un verbo atronador, henchido de patriotismo febril y poseído por la fe que mueve montañas (la de Montserrat, en concreto, con su Moreneta eterna en la cúspide, el Virolai vivent).

Durante más de 60 días, el editor mantuvo que la duda es una cobardía -en contra del pensamiento de Sócrates y de los últimos 200 años de filosofía, por lo menos-, y cada día, inflexible e iluminado, aseguraba que la república va p'alante, que el viento sopla de popa. Debemos permanecer todos activos (o hiperactivos) y unidos en la fe, decía el hombre, y si alguno duda que le den mil azotes en el infierno de los malos catalanes, que es el peor de los infiernos posibles, tal como lo explica Dante en la Divina Comedia, y en bell llemosí -como todo el mundo sabe.

Poco a poco y a cada día que pasaba, sus editoriales se alejaban más y más de la realidad con un tesón airado, de profeta loco, de visionario de visiones que, día tras día, inclinaban a este sufrido lector que soy yo a temer por una severa disonancia cognitiva en la mente del editor.

Pero en los últimos días ha sucedido algo. Hay un cambio.

Ha habido un quiebro insoslayable hacia la razón. Una grieta, un indicio de luz. Se lo comento a un amigo sarcástico y este me quiere resolver el enigma así: "El editor de Vilaweb no ha entrado en razón, me dice, lo único que le pasa es que sabe que en 2018 es posible que no cobre las millonarias subvenciones de las que lleva viviendo -y viviendo muy bien- en las últimas décadas. Ya sabes lo de la intervención de las cuentas autonómicas y todo eso...". Es posible, pienso yo. A veces los asuntos catalanes más raros se resuelven cuando uno comprende el asunto de la pasta y su incidencia en el patriotismo de cobro debido. El amigo sarcástico me recuerda que el editor de Vilaweb era conocido en el gremio del periodismo catalán como "Míster Subvenció". Tu ya me entiendes.

De acuerdo, me digo. Esa explicación es plausible. Pero tiene que haber algo más, me digo yo, incapaz de admitir que todo era un asunto de dinero. De dinero y nada más. Un asunto feo, por lo tanto. Llámeme ingenuo. O burro, si lo prefiere. Pero me resisto a creer que tanta fe, y tan inquebrantable, y tanta impasibilidad en el ademán obedecían, tan solo, a satisfacer al que paga y a la genuflexión que este le imponía al beneficiario. Y del mismo modo, me resisto a creer que ese indicio de conversión no es nada más que eso. Quiero pensar que el cambio puede ser un acto de razonamiento, de admisión de lo que es evidente: la realidad es. Y la realidad es que, hoy, los Jordis le han confesado a un juez español que tanto el referéndum del 1 de octubre como la proclamación de la república del 27 del mismo mes solo fueron actos simbólicos, sin valor jurídico ni legal, sin consecuencias en el mundo real.

Y, sigo, como don Erre que erre, pensando que no puede ser solo la pasta, si no que hay un cambio que podría ser sincero. Algo que va más allá de los euros. ¿Se cayó del caballo, el editor, al fin? ¿Le descabalgó un relámpago de realismo?¿Ha encontrado un agujero de gusano que le ha devuelto a un indicio de realidad? El día 11 de enero, Santa Hortensia, el titular que abre el medio digital cuenta que Jordi Sánchez y Jordi Cuixart le han dicho al juez que la vía de la independencia unilateral es inviable, que ellos no querían, que la república era simbólica y que el 1 de octubre mandaron a unas urnas (y a unos solemnes porrazos) a una gente incauta que no sabían que iban a un acto simbólico, a un jueguecito más de los suyos, a una camama. A mi me cuesta creer que los supuestos 1000 damnificados por los porrazos del 1 de octubre se quedarán tan panchos y sin ánimo de venganza para con los Jordis, en cuanto lean esto. ¿Los tractoristas que acudieron a defender las urnas simbólicas con sus artefactos de labranza les van a reclamar el gasto de gasoil, nada simbólico, que hicieron el día de autos? De Nelson Mandela solo hubo uno. Y Cataluña nunca fué tierra de Nélsones Mandelas. Yo tampoco quiero la cárcel para mi, por más heroica que sea.

Hoy, por primera vez, he conseguido empatizar con los Jordis al leer sus declaraciones ante el juez. Por fin entiendo algo. El heroísmo es como lo de los principios a ultranza: da gusto verlo, pero en los demás y nunca en carne propia.

La edición de Vilaweb del día 11 de enero cuenta las declaraciones de los Jordis con fidelidad a los hechos -a sus declaraciones ante el juez-. Eso es muy novedoso en este medio. Y el texto de la editorial que escribe el editor es para leérselo con calma y más de una vez, si que quiere llegar a un acercamiento al significado último de esas líneas: es un texto críptico, casi esotérico, una divagación cuasi incomprensible sobre la represión y su acatamiento, algo turbio, oscuro. ¿Qué le ha sucedido al periodista almogávar?

*

Debo decir algunas cosas más sobre Vilaweb, cosas que algunos tildarán de contradictorias por mi parte. Bueno, no pasa nada: la contradicción es uno de mis signos, tal como como la confusión es el epitafio de mis admirados King Crimson. Vilaweb publica reseñas de libros y entrevistas y artículos sobre cultura que no solo no están nada mal, si no que son muy recomendables. Y lo digo de veras. Sin maldad alguna, de corazón. Escriben en este medio personas por las que siento no solo admiración si no aprecio, y de las que se de su compromiso sincero con la cultura. Han publicado artículos y entrevistas que no se cortan nada cuando hablan del declive cultural en Cataluña, textos que cuestionaban severamente algunas de las tesis de la tribu, sin pudor y sin censura.

Quizás deberíamos esperar que la dirección del medio digital siga por ahí, ofreciendo algo más que identitarismo descoyuntado, y que confíen en los redactores de la cosa cultural (redactores freelance, por supuesto) que han obrado el milagro de que alguien como yo, tan botifler, siga sus artículos incluso durante el período más tenebroso y más falaz del secesionismo, ese Movimiento que ahora periclita. El optimismo no es mi fuerte, pero incluso para un pesimista metódico como yo hay indicios de algo bueno en la deriva de estos últimos días, que algunos interpretarán como un declive en Vilaweb. O que lo leerán como una táctica provisional, una sumisión hipócrita a los nuevos administradores de la pasta de la subvención. Mientras no llegan tiempos mejores, unos tiempos que parecen muy lejanos a día de hoy.

Jesucristo, ruega por nosotros.

Hay que empezar a tender puentes hacia algo que huela a reconciliación.