28 de jul. 2017

El triste fin de Policarpo Puigdemont


Por lo visto, el señor Puigdemont ha decidido emplear el verano de 2017 en la tarea de convertirse en un Lluís Companys versión derechona. Derechona catalana, claro está. Quiere ser el último mártir de una patria improbable, de un país que jamás existió. Y, a ser posible, que se noten los genes carlistas más o menos disimulados tras la gesta. Ha puesto todo su empeño en ello. Bueno, digamos que por una vez aceptaremos un principio liberal y diremos que cada cual es libre de escoger la forma de hacer el rídículo (o el déspota ridículo) que más le convenga. Al fin y al cabo, la posibilidad de convertirse en un pequeño Tirano Banderas está al alcance de casi todos, incluídos los presidentes regionales como Puigdemont.

El señor Puigdemont, de todos modos, haría bien en tomarse algún descanso de vez en cuando, y dedicar una parte del tiempo a otros quehaceres. A relajarse. Eso lo digo en beneficio del común, pero también, incluso en el suyo propio. No hablo tan solo de la paella en Cadaqués, que debe estar al caer. Hablo de la lectura bajo una sombrilla o una vulgar sombrita. Si por lo que fuese cambia de idea y se inclina por el ocio en la literatura, que es una de las ocupaciones mayoritarias entre trabajadores (ya sé que leer es de pobres) le recomiendo una novela de Alfonso Henriques de Lima Barreto, el autor brasileño que escribió "El triste fin de Policarpo Quaresma", por allá en 1911. Lo acaba de publicar en catalán una editorial cuyo nombre no le ofenderá nada al señor Puigdemont: Adesiara (Martorell, 2017).

La novela cuenta los árduos trabajos y las desventuras de un funcionario brasileño gris y cincuentón (como usted, señor Puigdemont) que un buen día decide dedicarse en cuerpo y alma al servicio de la patria, asumiendo todos los riesgos y en estado de conciencia plena. Policarpo Quaresma ha llegado a una conclusión que le obliga a dar un paso al frente: ha descubierto que su patria es la más importante del mundo pero que eso debe mostrarlo sin ambages. Policarpo lleva muchos años leyendo tan solo literatura brasileña, comiendo solo comida brasileña y vistiendo ropas manufacturadas en Brasil. Y está aprendiendo a tocar la guitarra (como usted, de nuevo) para poder cantar las canciones más genuínas de la patria.

Policarpo jamás habla de otro tema: solo de la grandeza del país. De la supremacía cultural de la patria, de los principales hechos históricos patrios, grandes batallas, grandes derrotas, etc.

Policarpo no se detiene nunca en su labor redentora, y es así como un día descubre algo verdaderamente ignominioso: su país se expresa en la lengua de un país extanjero, de un país invasor. Debe hacer algo para paliarlo de inmediato y eleva esta propuesta al parlamento del país: deben abandonar la lengua portuguesa y proclamar que la lengua oficial de la patria es el guaraní. Porqué el guaraní no solo es la lengua verdadera de esta patria, si no también la lengua más bella.

Fiel a su empeño e irreductible el ademán (como usted otra vez) Policarpo Quaresma decide entregar su vida y su salud mental a convencer a todos que la razón está de su parte. Los argumentos son simples: él lleva toda la vida trabajando para la patria y los demás no. Él ha pensado mucho sobre el asunto. Muchísimo. De modo que si alguien osa llevarle la contraria la respuesta será simple y demoledora: usted no piensa tanto ni tan bien como yo.

La novela de Lima Barreto es una obra maestra de las letras brasileñas (¿o serán portuguesas?) y se inscribe, junto a la obra de Machado de Asís y la del infinito Eça de Queiroz entre los grandes textos que, en lengua brasileña-portuguesa nos explican de donde venimos los hombrecitos del siglo XXI.

Leída en Cataluña 100 años más tarde de haber sido escrito, "El triste fin de Policarpo Barreto" es un texto de actualidad. De rabiosa actualidad, como diría un periodista al uso. Ya que uno reconoce gran cantidad de las contundentes afirmaciones nacionalistas que proclama su protagonista: las estamos leyendo día tras día en la prensa, y las estamos escuchando día tras día en boca de los comensales de la paella de Cadaqués así como de otros varios políticos, periodistas (de Tv3 y de el Punt/Avui) y etcétera.

Una de las virtudes de la novela, aparte del estilo depurado, la ironía desternillante y la agudez en el retrato psicológico del hombre gris, es que el título nos anticipa el fin de la aventura y así el lector puede leer desasosegado. Lo digo porqué al señor Puigdemont no le imagino muy leído ni muy dado al placer civilizado de la lectura: si acaso decide no leer la novela de Lima Barreto, retenga su título.

Y lo repito, aún sin ninguna fe: le recomiendo al señor Puigdemont que se tranquilice y se siente a leer. Porqué entre que desarrolla con ímpetu su vocación martirológica y mientras no llega a su triste fin, ese hombre nos está poniendo la vida más difícil -si cabe- a los catalanes. Ya nos puso la vida bastante difícil su predecesor en el cargo, pero lo suyo supera lo imaginable en un interino. Nosotros los sufridores nos merecemos que eso termine pronto, que el señor Puigdemont acceda por fin a su triste fin cuanto antes. Pero creo que es de persona recomendarle pausa, paz espiritual, sosiego. Policarpo tuvo que ser ingresado en un sanatorio mental para calmar su bravura patriótica, y no tengo ni idea de en donde terminará ingresado usted.

Pero se que muchos de nosotros estamos al borde del hastío, de la desesperación, de la emigración. Cálmese y lea. Bajo una palmera o bajo el árbol que más le plazca. Hágalo por los ciudadanos de su patria que, aparte de ser mayoría, no queremos saber nada más de patrias y además nos merecemos vivir en paz y ocupándonos de nuestras cosas, que no so baladíes. Ya hemos sufrido bastante con la ristra de los patriotas iluminados precedentes en su cargo ¿no lo cree, señor Puigdemont?

17 de jul. 2017

Fermín 2017


Hasta ayer, justo hasta ayer, había vivido en un mundo de certezas apacibles. La dehesa, las hembras, las crías. La comida es abundante y el cobijo, digno. Los días se suceden plácidamente. Primavera, verano, otoño. Invierno y vuelta a empezar. De vez en cuando una tormenta imprevista, o una helada demasiado intensa. Pero eso es todo. Es fuerte, está bien pertrechado para afrontar las inclemencias del clima y, al fin y al cabo, en esas latitudes el clima es benigno.

Sabe que una vez al año aparece el señor y se lleva a unos cuantos adultos, siempre machos. Lo sabe pero no le preocupa, porqué a él no le han llevado nunca y eso le permite suponer que es algo que les sucede a los demás, jamás a él. La experiencia le ha enseñado que las cosas malas solo les pasan a los demás. Los que se llevaron quizás habían hecho algo malo, quién sabe, quizás habían cometido alguna falta, un desliz, quizás eran desobedientes con las normas, o díscolos.

No tiene sentido preocuparse por eso. A él no se lo han llevado jamás y además obedecer es fácil. Y luego hay otra cosa: el que se llevó a los machos es el mismo señor que provee de comida, de bebida y de techo. El señor se preocupa por su salud, vela para que no caigan enfermos, celebra con alegría el nacimiento de cada nuevo retoño, lamenta la muerte de los viejos y les llora. Y les llora con un sentimiento real, nada fingido. ¿Cómo podrías dudar de la bondad del señor?

Sin embargo, hoy, todo se ha roto. Las certezas se han evaporado con las primeras luces del alba. Se lo llevaron en un camión junto a otros de su quinta. Les dejaron en un patio estrecho. Los muros son altísimos. Algunos se han puesto nerviosos y le han contagiado la duda. Algo va mal. En una de las paredes hay un ventanuco por el que todo el día asoman rostros que miran. Hay algo inquietante en esas mirada. No hay duda: algo feo flota en el aire, pero ¿qué?. Un atisbo de muerte, se va dando cuenta de que debe ser eso. Eso es la antesala de la muerte, una antesala de hormigón y acero. Eso es lo que cuentan esos ojos que miran tras el cristal. Esos ojos contemplan al que va a morir, miran la muerte inminente del otro, como si le preguntasen algo grave. Quien te mira así debe estar interrogándose sobre su muerte, intenta descifrar algo oscuro, es una mirada de ida y vuelta. Cuando uno mira al que va a morir lo hace con una mirada única que solo sirve para mirar al reo condenado a muerte. ¿Cuándo me tocará a mi? ¿Como será?

Ahora ya es tarde para rebelarse contra el señor. El mundo se derrumba, solo queda la incerteza de saber cuando, como. Hoy o mañana, a espada o de un tiro en cabeza. El día en que vinieron a por él ya era tarde. Mañana liturgia y luego nada.

8 de jul. 2017

En la fortaleza de la muerte


El cerro domina la ciudad, que se empequeñece vista des de lo alto. Un rey ordenó la edificación del fuerte, en tiempos de las guerras carlinas. Uno no sabe si lo construyeron para defender la ciudad o para bombardearla en caso de necesidad. Aquel rey, bisabuelo del actual, hizo construir esta catedral militar, oscura y subterránea, ese templo de la muerte.

Las dimensiones del fuerte son tan fabulosas que incluso se adentran en la leyenda. Alguien cuenta que hay pasadizos subterráneos y secretos, y se sabe a ciencia cierta que excavaron cuatro plantas de galerías hacia abajo, hacia adentro del vientre de la tierra, pasillos con celdas, un laberinto lúgubre, la guarida del gusano.

Durante esa guerra interminable que estalló por enésima vez en 1936, la fortaleza se convirtió en prisión, y en ella albergaron a los prisioneros enfermos de tuberculosis. Con el avance de la guerra, alojaron allí a todo tipo de prisioneros, de modo que las miasmas contagiaron a todos y quienes ingresaron sanos devinieron enfermos y al fin la muerte los llevó a todos. A todos. En esa fortaleza se sucedió la fuga más masiva de la historia: 300 presos huyeron con lo puesto, algunos descalzos, en dirección a la frontera, que está cercana. Ni uno solo logró cruzarla, les cazaron a todos. A todos. La muerte que habitaba el fuerte se expandió en dirección al norte como un aliento de aire frío. El día en que subí al Fuerte de San Cristóbal, una niebla gris se abatió de repente en la cima y la ropa se empapó de humedad glacial. Era el 2 de julio, a cinco días del chupinazo que inaugura las fiestas abajo, en la ciudad de los vivos y los que recuerdan y los que olvidan, los que callan, los que prefieren el olvido. Cuentan que había monjas buenas que se compadecían de los presos, y cuentan que había médicos castrenses que experimentaban con los presos enfermos, con la misma frialdad en el corazón con la que hoy experimentan con ratones colorados.

Lo de experimentar con drogas en el cuerpo de los presos no se inventó en los campos nazis. Lo hicimos antes que los alemanes nosotros, los españolitos, embarrados en nuestra guerra civil de españolitos contra españolitos.

Un poco más abajo del fuerte, por la ladera del norte, hay un caminito de arcilla embarrada que desciende, resbaladizo, hasta el cementerio de las botellas, que no era un cementerio si no una fosa común. Allí dejaban los cuerpos de los muertos con una botellita al lado, en donde metían sus papeles. Es casi una deferencia. Se lo quitaron todo pero no el nombre. Aunque eso no lo hicieron con todos.

Perdido enmedio del bosque, algo más abajo, en un recodo de la carretera, está el monumento discreto que conmemora la fuga de los presos. Lo destrozaron entre los unos y los otros, da pena verlo.

El paseo por el fuerte de San Cristóbal es árduo, uno camina por entre la niebla y la tristeza que lo invade todo y siente un peso en los hombros, el peso de los muertos, el peso de todo ese dolor y de tanta muerte que quedó impune. El escalofrío ante la evidencia de la impunidad de los asesinos, que vivieron felices con su crimen a cuestas. Durante el paseo los ojos buscan el agujero por donde penetrar en el interior del fuerte pero hay algo que estremece la piel, quizás no quiero verlo, quizás no quiero saber nada de eso y a la vez me atrae, como el abismo atrae a quién se le asoma. Es el vértigo.

Y durante el paseo por la fortaleza de los muertos, también, los pies avanzan entre la hierba verde y fresca, tan mojada que me empapa los zapatos hasta los calcetines -a la vuelta voy a tener que comprar otros calcetines, porqué me estoy arriesgando a una pulmonía. Y uno descubre, maravillado, que sin embargo la vida no se para nunca, y saco fotos de bichos, babosas y mariposas ateridas de frío y empapadas, con las antenas y las alas goteando, y saltamontes, mariquitas, arañas minúsculas, y unos caracoles dorados tan veloces que se me escapan, aunque finalmente puedo fotografiar a uno porqué está muerto y solo es un caparazón brillante que da testimonio de una vida.

22 de juny 2017

La línea de la sombra



Hoy, la dirección de la escuela en donde he trabajado a lo largo de este curso me ha comunicado que no cuenta conmigo para el próximo. No ha sido una reunión tensa ni ha habido disgustos. Estaba cantado. Puestos a elegir, elijo cambiar, así que estamos de acuerdo y no hay objeciones ni despecho ni reproches. Cuando me marchaba para casa he recordado el primer día en este colegio. A primeros de septiembre también hacía un calor bochornoso. Mi primer recuerdo es la reflexión que me hice sobre el aspecto de búnker que presenta la arquitectura de la escuela. Como otras muchas. Muchísimas, por desgracia.

El centro está enclavado en el centro de un barrio con mucha inmigración, sobretodo magrebí. Aunque también hay niños y niñas de procedencia latina y alrededor de un 30% de autóctonos, todos castellanoparlantes. El barrio fué conocido años atrás por ser el epicentro de unos conflictos étnicos que dieron mucho que hablar en la prensa, y a día de hoy es uno de los colegios de primaria que se merecen el calificativo de "centro de alta complejidad" que otorga el estado. Por fortuna, si hay tensión étnica en el barrio está bastante dulcificada. No es fácil la convivencia entre humanos pero ahí estamos.

Soy maestro de primaria y mi condición laboral es la de "interino", como en la vida. El maestro interino es un trabajador de la educación que ejerce en calidad de grumete, contratado para una travesía y luego ya veremos. Eso tiene ventajas y desventajas que ahora no voy a precisar. Para vivirlo en paz solo hay que ser consciente de ello, y recordar que esa fué nuestra elección. En no querer ser funcionarios, elegimos la incertidumbre. O la incertidumbre nos eligió a nosotros, qué más da. Lo que me gusta de ésta profesión es todo lo que aprendo cada nuevo curso. Me lo enseñan ellos, esos niños y niñas que van a ser adultos dentro de un tiempo, que aprenden a serlo a veces incluso a pesar de sus maestros. Quizás alguno de ellos será mi médico del seguro dentro de unos años, o mi asistente social o mi cuidador de viejecitos. O el poli que me riñe, o el mangante que me atraca o el revisor del gas que me llama cada cinco años. O el tipo que malvive con su Pirmi y se la gasta en cañas sentado en un una terracita soleada. Y en cualquier caso los ciudadanos del futuro, el futuro de España está en sus manos. Pero, por ahora, en este presente contínuo del adulto, aprendo de su curiosidad, de su buena fe, de su confianza, de su inocencia, de su mala leche embrionaria, de su intuición.

Y de sus sentidos. Cuando encuentro una prenda de ropa extraviada, ellos la huelen y dicen: huele a Francisco. Y es de Francisco. Y si dicen huele a Salma, es de Salma. Eso me fascina y me pregunto: ¿cuándo se pierde esa facultad? ¿Porqué se pierde? ¿Qué otras facultades perdidas me pueden enseñar?

Es gratificante trabajar así, aunque sea a salto de mata y de escuela en escuela. Hay que aprender el significado real y profundo del término "desapego" y hay que trabajarlo en el aula: esos niños y niñas que he querido tanto durante este curso deberán vivir la pérdida de su maestro cuando vuelvan en septiembre y yo debo aprender a vivir mi propia pérdida, la de esas 25 personas de seis y siete años, con quienes tan bien lo hemos pasado juntos. Jugando, charlando, festejando e incluso aprendiendo como se dibuja el trazo de las letras o la descomposición de la decena. Eso no es nada fácil, pero la vida es así y esa va a ser mi última "lección". Aunque a mi el rollo magistral no me gusta nada.

El sujeto de la educación es el niño. No es el método ni es el maestro. No es nada más que el niño. Es el niño el protagonista de su aprendizaje, y yo he tenido el placer de acompañarles durante un curso en su viaje por el mundo. Quizás por esa perspectiva mía, tan privada como pensada pero también, quizás, tan personal, no he encajado bien en un colegio cuyo principal interés -después de cosechar buenos resultados académicos, hay que decirlo- es el asunto de la disciplina y el orden. Que los niños permanezcan sentados y en silencio, que solo hablen cuando el maestro les obsequia, arbitrariamente, con el derecho a hacerlo, y que cuando hablen lo hagan sobre el tema que toca. Parece muy difícil pedir todo eso a un ser humano de seis años. Incluso parece una pretensión contraria a la naturaleza, no solo a la del niño de seis años si no a la propia naturaleza humana. A mi no me parece que se deba respetar la idiosincracia del niño, si no la de la persona. Eso me parece "educación". Cuando la educación incluye la prevención, el respeto, la acogida incondicional del otro tal como es.

Cuando vi la silueta sobria de la escuela en la que he vivido un año pensé lo del búnker. Y ahora, cuando se termina, pienso que es un búnker. En muchos aspectos que no son arquitectónicos, si no de arquitectura mental. En cierto sentido lo he vivido como un fuerte, una posición avanzada en el linde del territorio enemigo: me duele que una escuela que podría ser un laboratorio de convivencia entre etnias y culturas actúe como un fortín numantino. Hay un día en que se celebra "el día de las lenguas maternas" y las familias de otras culturas entran en las aulas para explicar algunas cosas. Pero el resto, los 174 días restantes (el curso dura 175 días), son "los 174 días de la lengua catalana, que nunca es la materna". Hemos decorado los pasillos y las aulas, pero jamás hemos decorado esa fachada austera, murallesca, impenetrable. La fachada siempre muestra ese aspecto de empalizada. A lo largo del curso he pensado mucho en Foucault, pero también en la novela que más me ha gustado de Coetzee, "Esperando a los bárbaros".

Y sin embargo hoy no pienso ni en Foucault ni en Coetzee. Pienso en Malak, que empezó el curso sabiendo escribir apenas su nombre y lo terminó escribiendo un cuento casi dadaísta sobre ratones con nombres humanos que ocupa doce páginas, y pienso en Salma, que no hablaba con cristianos y ahora me cuenta su vida, y en Yahya, que lo suspende casi todo pero lo sabe todo, en Rosa, cuya vida es un via crucis y sin embargo se ríe y se ríe, en Omar, tan entusiasta que pretende ser astronauta, en Jan, que combate su déficit de atención con la valentía del héroe, en Francisco, que carga con las dificultades de la vida con una sonrisa, en Oscar, que se evade cual Philip K. Dick en sus mundos de fantasía, en Assía, que se despide de mi regalándome la receta de una tortilla marroquí y exquisita escrita de su puño y letra, en Marcos, que se ensaya de superviviente en un barrio complejo, en Daira, que sueña con princesas imposibles y buenas, en Steven, que sueña callado en los paisajes peruanos, en Maybelyn, que a veces me suelta una palabra en guaraní, y en la otra Malak, cuando me cuenta como es su casa en el pueblo de Marruecos, y en Rayan, que no se puede contener sus ganas de vivir, en Ada, que quiere saber como es el mundo, en Emily, ensoñada y bailonga, en Alfonso, que por fin se soltó y me dió su alegría infinita con esas carcajadas anchas, tan de negro africano, en Mohamed El Amin, que quiere saberlo todo de los meteoritos, y en la tercera Malak (perdóname el ordinal), que cuenta los pasteles fabulosos que hace su padre pastelero, en Douaae y sus silencios llenos de palabras y de anhelos, en Anás, tan discreto y tan listo, en Ismael, que me enseñó a ser paciente y confiado, en Marc Anthony, que me abraza cuando le reconozco su esfuerzo. Y en Dunya, que se preocupa y lucha para que todo salga bien, para que todos estén contentos, la que siempre pregunta: ¿a quién debo ayudar? (pero en realidad ya lo sabe).

A todos ellos no les deseo que sean felices, porqué eso es otro asunto. Espero que sean buenas personas y ciudadanos que sepan defender sus derechos. En el mundo más bien hostil que les espera. ¡Suerte y persistencia, muchachos!



Nota: El título del texto es una paráfrasis de una de las mejores novelas de mi admirado Joseph Conrad, "La línea de sombra" (The Shadow Line), novela sobre el tránsito de la edad joven a la adulta, el peso de las decisiones, la metáfora constante del viaje (siempre hacia lo incierto).

21 de juny 2017

Socialistas de Lérida y de Terrasa

Resultat d'imatges de angel ros

El alcalde de Lérida, Àngel Ros (PSC), ha comunicado que no prestará los locales municipales para el -llamémosle- referéndum de Puigdemont. El alcalde de Terrasa, Jordi Ballart (PSC), ha expresado que él no es nadie para impedir que la gente vote, de modo que, elípticamente, admite que cederá los locales para la consulta.

Creo que ambos alcaldes se precipitan o sobreactúan, ya que ese referéndum del que hablan no está convocado oficialmente: no hay ninguna disposición legal, ningún decreto que lo convoque de veras. En realidad, la fecha y la pregunta son parte de uno de esos actos tristes y solemnes cuya ejecución es la única ocupación de nuestros diputados de Junts pel Sï y la Cup. De modo que uno se puede preguntar: ¿son las palabras de Ros y de Ballart fragmentos de una zarzuela? Fíjense en que alcaldes tan soberanamente soberanistas como los de Berga o Vic no han dicho ni pío sobre el asunto: ¿será porqué ellos ya saben que no habrá referéndum?

Me llama la atención que los dos alcaldes, Ballart y Ros, pertenezcan al mismo partido (un partido que a veces se sitúa en la izquierda y otras en la socialdemocracia) y sin embargo mantengan actitudes opuestas frente al referéndum de Puigdemont, aunque entiendo y celebro la heterodoxia y eso que llaman "diversidad", e incluso entiendo mejor la pluriculturalidad que la interculturalidad. Izquierda y nacionalismo son términos excluyentes no solo por dogma, si no por sentido común. La lucha de clases y la lucha territorial se repelen, y no hay que ser Einstein para comprenderlo.

Por azares de la vida, he vivido en la Lérida de Ros y en la Terrasa de Ballart. Son dos estilos distintos, aunque a veces la diferencia está en lo formal, en la apariencia. Ros es un tipo con aspecto de tecnócrata gris, con un perfil de gestor esforzado más que de político. Pienso en un personaje de Gógol cuando veo a Àngel Ros: el protagonista de "El abrigo". Ros tiene un aire de registrador de la propiedad de provincias, o quizás de inspector de hacienda destinado a una zona inhóspita como castigo por su poca maña. En una campaña electoral, años atrás, aseguró tener ofertas de la empresa privada mucho más suculentas que el puesto de alcalde leridano. Lo soltó para demostrar -con un argumento indemostrable- que lo suyo es la inquebrantable "voluntad de servicio" al ciudadano. Recuerdo que asistí a un par de actos electorales de Ros porqué caí en su encerrona: el hombre se presentaba en una fiesta mayor de barrio y soltaba su discurso. En el centro, pronunció sus palabras en catalán y habló de valores cívicos, ciudadanía, cultura. En La Mariola -en donde yo trabajaba- lo hizo en buen castellano y habló de justicia social, de las conquistas del pueblo y etc. Sin embargo, la Mariola es un barrio de gitanos e inmigrantes con graves problemas de todo tipo: sociales, estructurales, de servicios, de seguridad... a los cuales el ayuntamiento socialista apenas ha aplicado bálsamos (y una brevísima política de subvenciones que se llamó "Ley de barrios" que Artur Mas se encargó de cepillarse nomás llegar al poder. Lo suyo era la gran política bussiness friendly.

A Ros no le silbaron en La Mariola, pero una señora del barrio que estaba a mi lado dijo: "Ahí está Marianico el corto". Pero los tiempos han cambiado y las personas están más hartas.Si hoy fuese allí Puigdemont no solo le lloverían silbidos: apuesto a que también habría tomates y huevos podridos apuntando hacia ese peinado de niñato de buena casa.

En las últimas elecciones, Ros perdió la mayoría absoluta en la que dormitaba plácidamente y pactó con Ciudadanos para formar gobierno. Años atrás hablaba mucho de Cataluña y del "catalanismo político", y si no me equivoco llegó a aproximarse al fantástico "derecho a decidir". Hoy se enfrenta al referéndum.

En Terrasa está Jordi Ballart, joven y algo más convincente, con una prosa que diría cercana a la del segundo Pedro Sánchez, el que descubrió una cosa llamada "izquierda". Ballart está lleno de buenos propósitos y lleva un par de años como alcalde y funambulista bastante competente, ya que también el PSC perdió la mayoría absoluta y pactó, in extremis, con... Convergència! A la vez (y por eso lo del funambulismo), Ballart lanza campañas de civismo buenrollista que uno diría inspiradas someramente en Podemos -o incluso en la Cup-. Podemos estuvo a pocos votos de arrebatarle la alcaldía -y presumo que se la quitará en la próxima contienda. Ballart afilió a Terrasa a los "municipios para la independencia" y lo hizo sin referendo alguno: espero que algún día deba dar cuentas de semejante estupidez.

Ballart hace sus mítines en catalán vallesano en el centro de Terrasa y en castellano (casi andaluz) en Can Boada. El mítin de Can Boada lo escuché entero y en directo: solo tuve que abrir la ventana y dejar que penetrase su voz algo impostada. Aquí también largó sobre luchas sociales y, en algún momento, puso la misma pasión euforizada en sus palabras que hubiese puesto en caso de dirigir su palabra a una acampada del 15M. Hubo una ocasión en que me preocupé por él: temí que le hubiera poseído el espíritu del Subcomandante Marcos (esos indios de Chiapas, con sus chamanes y su magia empática, son capaces de cualquier cosa). No hace falta contar que Can Boada registra una de las cifras más elevadas de paro de la comarca, y que en la plaza, los moros en chilaba estaban sentados en sus bancos de cada día y observándole de perfil y le prestaban la atención que se le presta a un documental de La 2 sobre especies exóticas de la selva de Madagascar.

Hay quien dice que la actitud de ambos alcaldes socialistas ante el asunto del referéndum de Puigdemont se explica mirando con quién ha pactado cada uno. Decididamente: Cataluña no es país de valientes. Pero yo me pregunto ¿se trata tan solo de estrategia de partido? ¿Se trata de mantener contento al socio que te permite seguir sentado en el trono? ¿De veras la dignidad personal ya no cuenta para nada?

Tanto Ros como Ballart proceden de esa parte del PSC que de vez en cuando usa el término "catalanismo" y que, según mi parecer, les ha perjudicado más que nada. Quiénes alguna vez confiamos en el socialismo catalán dejamos de hacerlo justamente por ese hilo musical "catalanista". Ese hilo musical que me lleva a recordar una y otra vez el párrafo de Juan Marsé en "Últimas tardes con Teresa":
¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.